Danilo Sánchez Lihón
En el principio creó Dios
el cielo y la tierra.
Génesis 1.1
1. Entre
piedra y piedra
Los
perros han cesado de aullar de forma lastimera y mejor han buscado
cobijo, silenciosos y con la cola encogida en algún sitio escondido.
Las
gallinas, estáticas en sus corrales, apenas parpadean y algunas se han
acurrucado como si fuera el atardecer y la hora de dormir temiendo no
estar totalmente defendidas en sus nidos.
Los gatos tienen sumergido el pecho en atroces augurios y pensamientos que son temibles presagios.
– ¡Dios Santo, parece que el cielo se va a romper! ¡Cómo zapatea el agua en el suelo!
– Ya rebasó el brocal del pozo y está mojando el cimiento del horno.
– ¡Y hasta humo sale de las rendijas que hay entre piedra y piedra!
2. Así es
el mundo
– ¡De juro hasta las almas se asustan con esta tormenta!
Mi padre cruza presuroso, de uno a otro corredor, con una manta en la espalda:
– Ayúdame hijo, vamos a ver las goteras.
– ¡Cómo van a subir con estos rayos y estos truenos! –Se asusta mi madre.
– ¡No hijito, no suban! ¡Es peligroso! –Se interpone mi abuela, implorándole a su hijo que es mi padre.
–
Se está mojando la bóveda, mamá. Hay que subir y arreglar las tejas
desde abajo. No hay otro modo, porque los baldes ya no alcanzan.
Y
pienso: Así es el mundo: el rol de las mujeres es proteger y el de los
varones explorar. Pero aquí está también el rol del cielo y de la tierra
que a ratos pareciera de pugna y confrontación.
3. El chorro
de la teja
– Esperen un rato que la lluvia escampe. ¿Qué tal si les atraviesa un rayo?
– No suban todavía hijitos. No nos vaya a pasar una desgracia, –ruega mi abuela.
– Porque al final, ¿qué son las tejas y la casa? ¡Tierra! ¡Sólo tierra! ¿Pero ustedes? –Argumenta mi mamá.
– También somos tierra. –Replico entrometido y haciéndome el filósofo y sabiondo.
– Eso dicen, pero no es así.
– Tierra eres y en tierra te convertirás. –Cito.
–Si fuéramos tierra ya nos hubiera disuelto y arrastrado esta tempestad. –Reflexiona mamá, con sentido más práctico.
El chorro de la teja canal se ha impulsado tanto que cae en el centro del patio.
4. Al
mar
Y azota con su cola a ratos de luces multicolores y a ratos de plata labrada, salpicando todo el contorno de la casa.
Mientras mi madre y mi abuela encienden el fogón mi padre me susurra
– ¡Vamos! ¡Justo es el momento de ver si hay además otras goteras!
Y subimos, agachándonos por los terrados.
El rumor, que abajo en el corredor da miedo, aquí es un estruendo y un abismo invertido hacia arriba.
Los rayos retumban y se arrojan bocanadas de agua sobre nuestras pobres y nimias existencias terrenales.
– Papá, ¿y tanta agua, adónde va a parar?
– Al mar.
– Y, ¿está lejos?
5. ¡Oh,
prodigio!
– Sí. Pero una gota de agua como el océano, la tempestad como la calma, está en el fondo de nosotros mismos.
Y advierto entonces de dónde me viene a mí esa manía de hacer del lenguaje retruécanos.
La tempestad ha cesado de modo repentino.
El
cielo encapotado se rasga y aparece un manantial de luz azulina en la
bóveda oscurecida de nubes que se arremolinan despavoridas.
Es
por esa breve abertura de azul por donde el sol abruptamente lanza sus
dardos de oro y diamante sobre la vasta extensión del mundo.
¡Oh, prodigio!
Todo de repente se ilumina. El verde de las colinas fulge en lontananza.
6. El sol
ya bruñido
Y no todo son colores sino más bien sonidos: piidos, rebuznos, ladridos.
Son tinyas, timbales y clarines los que ahora se imponen y esclarecen definitivamente atronando la mañana.
Y
me pregunto en dónde en realidad habitamos y existimos. ¿Qué es esto?
¡Hace un momento el agua y la sombra del invierno lo abarcaba todo, y
ahora es el sol y la claridad más deslumbrante!
Las lanzas y espadas del sol rozan las cumbres de las montañas y la encienden de oros, amatistas y gualdas.
Y pronto relumbra ya en los techos humedecidos de las casas que exhalan hondos suspiros de alivio.
Y el sol ya bruñido llega hasta la pared enjalbegada del horno.
Se posa en las bancas del corredor y agujerea los resquicios de las tejas.
7. Siempre
el mundo sobrevive
Y
tiende sus lámparas oblicuas que enrollan y desenrollan el humo que
expenden las leñas del fogón donde se afanan mi madre y mi abuela.
Hacia el poniente dos arco iris translúcidos de colores estallantes y nítidos invaden el mundo.
El
estallido de balidos, cacareos, cloqueos cesan. Los jardines y los
huertos enderezan sus pistilos y corolas y a la luz del sol emiten sus
fragancias.
– ¡Ha salido el sol! –Repiten mi madre y mi abuela al unísono con una sonrisa de dulzura en la comisura de sus ojos.
Y se sirve el desayuno de leche espumante, con fritura de cecina y yuca encebollada.
Siempre el mundo sobrevive, renace y amanece esplendoroso después de toda tormenta.
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