viernes, 29 de abril de 2016

29 DE ABRIL: DÍA MUNDIAL DE LA DANZA - POR DANILO SÁNCHEZ LIHÓN



CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA
Construcción y forja de la utopía andina
 
2016 AÑO
CONSTRUCCIÓN DE CONCIENCIA
Y CONCRECIÓN DE SOLUCIONES
 
ABRIL, MES DE LA PALABRA,
LA CREATIVIDAD LITERARIA E
INMORTALIDAD DE CÉSAR VALLEJO
 
CAPULÍ ES
PODER CHUCO

 
SANTIAGO DE CHUCO
CAPITAL DE LA POESÍA
Y LA CONCIENCIA SOCIAL
 
*****
 
PRÓXIMA ACTIVIDAD
DE CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA
 
VALLEJO EN EL ALMA
 
HOMENAJE
A MAX SILVA TUESTA

 
PONENTES:
 
JORGE KISHIMOTO
DANILO SÁNCHEZ LIHÓN
OSWALDO VÁSQUEZ CERNA
MANUEL VELÁSQUEZ ROJAS
 
CONDUCCIÓN
RAMÓN NORIEGA TORERO
SÁBADO 30 DE ABRIL. 5 PM.
INSTITUTO RAÚL PORRAS BARRENECHEA
UNIVERSIDAD NACIONAL MAYOR DE SAN MARCOS
COLINA 398. MIRAFLORES. LIMA, PERÚ.
 
INGRESO LIBRE. SE AGRADECE
SU GENTIL ASISTENCIA
 
*****
 
EL CRISTO DE LA POESÍA
A César Vallejo
hermano herido
Hay poetas que llenan los espacios
De magia   de belleza
Pero hay otros muy pocos cuyos versos
Son templos donde las almas caen de rodillas
Se entregan
Y el amor las crucifica
LUIS RAFAEL GÁLVEZ
*****
 
EXPERIENCIA EXTRAORDINARIA
ES CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA
 
Asistir al XVI Encuentro Internacional Itinerante Capulí, Vallejo y su Tierra, que se realizó en Lima, Trujillo, Huamachuco en mayo del presente año, fue para mí una experiencia extraordinaria en diferentes  aspectos: personal, profesional, familiar, amical. Como docente de Ciencia, Tecnología y Ambiente, me impactó cómo la minería va modificando el paisaje cuando remueve toneladas y toneladas de tierra y va dejando espacios marrones o de un color negro brillante que contrastan con el verdor de la vegetación y estos espacios tienen cercos de metal con mallas que en la parte superior rematan con alambres de púas enrolladas que se extienden kilómetros y kilómetros perdiéndose en el horizonte; este espectáculo lo asocié con los campos de concentración de los nazis. Vi una laguna con relaves y  espumas amarillentas, cuando las lagunas por las alturas son como espejos que reflejan el color del cielo.
Si a mí me daba tristeza, entonces ¿cómo no comprender el sufrimiento de nuestro poeta César Vallejo, al ver su terruño maltratado y a sus hermanos trabajando en esos ambientes en condiciones infrahumanas y sin mejorar su calidad de vida? Este sentimiento se ve plasmado en sus poemas, que enfocan las cosas simples de la vida, pero que dan escalofríos ante la profundidad de sus reflexiones. Ahora me pregunto: ¿Quiere Vallejo que lo recordemos solamente leyéndolo o que hagamos algo para dar felicidad a nuestros hermanos del mundo? Ahora, Capulí, Vallejo y su tierra, dirigido por el destacado poeta Danilo Sánchez Lihón tiene la misión de abrir el camino para que nuestro gran poeta descanse en paz al ver sus sueños hecho realidad.
 
AMPARO DAZA CHICANA
Profesora de la Institución Educativa
“Antenor Orrego Espinoza”

 
*****
 
29 DE ABRIL
 
 
DÍA
DE
LA DANZA
 
 

FOLIOS
DE LA
UTOPÍA
 
ALA
CON
ALA
 

Danilo Sánchez Lihón
 
1. Un aire
secretamente altivo
 
Los maestros integrantes de la orquesta de cuerdas empiezan a llegar a la sala de la casa cuando soy llamado por mi padre para tocar la batería.
Los instrumentos hace días que se afinaban y los ensayos se han hecho continuos para una velada literario-musical, organizada por los planteles educativos.
– Esta noche viene al ensayo el hacendado de Tulpo, –informa mi padre.
Hemos interpretado ya algunas piezas cuando llega un señor alto y jovial, de ademanes desenvueltos, de barba y bigotes castaños, de hablar fuerte y risueño.
Saluda a mi padre con cariño y a todos les tiende la mano, poniendo sobre la mesa una botella de pisco "del bueno", "para abrigarnos", dice con una amplia sonrisa.
Junto a él han ingresado dos niñas, casi señoritas, que permanecen de pie y a quienes yo nunca he visto antes. Tienen un aire secretamente altivo, de rasgos hermosos por la firmeza de sus gestos y lo profundo de sus ojos.
 
2. Crepitación
de latidos
 
Mientras el hacendado ya en su asiento ríe y sirve, alargando sus rodillas y estirando sus brazos, expresa:
– Estas son mis hijas, don Pascual Danilo. Veremos si acompasan en el baile.
Tienen ambas un gran parecido, pero la mayor posee una belleza acaramelada, ojos vivaces y rasgos muy definidos. La menor de grandes ojos negros. Y el color capulí en su rostro es de un brillo tornasolado.
Después de los brindis, mi padre dirigiendo una mirada a la orquesta indica:
Vírgenes del sol.
Marcando el compás con un leve movimiento de cabeza y hundiendo luego su brazo para levantar el arco del violín, da la orden de empezar.
Unos bordones profundos de guitarra, de mandolinas y violines resuenen en la sala. Yo, con el bombo, sigo los acordes del fox incaico que, como una crepitación de latidos, desciende hasta los abismos y luego se eleva hasta los picachos más empinados.
 
3. Notas que yo jamás
había escuchado
 
Las dos muchachas salen hacia adelante, haciendo primero una honda inflexión y luego siguiendo la danza con un compás libre y ungido a la vez.
Avanzan con una actitud agraciada y ceremonial; con una faja de arco iris que cogen con una mano y, en la otra, un pañuelo que agitan en el aire.
Ambas tienen faldas negras con flecos de colores, cosidos a los bordes. Sus pantorrillas, al hacer los giros, se ven límpidas y perfectas.
Es tan hermoso el ritual, los pasos, los movimientos de sus brazos y el revuelo de sus faldas, que su padre las mira orgulloso.
Alzando su vaso en silencio el señor brinda con los maestros-músicos que tocando siguen la escena.
Todos están sorprendidos, fascinados, arrancando de sus instrumentos notas que antes yo jamás he escuchado.
A mi padre muy pocos hechos y asuntos llegan a satisfacerle plenamente. Cuando algo verdaderamente le conmueve, abstrae su mirada hacia el cielo raso de la sala, sin dejar de tocar y sin decir una sola palabra.
 
4. Se afinan
las mandolinas
 
Pero, yo le conozco bien, cuando algo le hace gozar muy en lo recóndito de su alma: se le acentúa un haz de arruguitas en torno a las sienes, que es para mí su sonrisa íntima, señal de que ocurre algo extraordinario dentro de él.
En dichos momentos la mirada se le va a las nubes, como si estuviese en un espacio y en un tiempo inalcanzable.
Esta vez cuando termina la pieza hay un silencio de arrobamiento.
– Bailan precioso las niñas, –se atreve a decir don Panchito Miñano, rompiendo el encantamiento.
– Nunca había sentido tan bella esta danza –acota, con la dulzura en sus ojos, y visiblemente entusiasmado, don Luchito Donet, que abraza a su mandolina.
Mientras los maestros se sirven y afinan otra vez sus mandolinas y guitarras, las dos hermanas han tomado asiento con los rostros arrebolados y siempre con el embrujo de sus ojos de ensueño mirando a lo alto.
Es hermosa la altivez de ambas, como vicuñas que erguidas otean el horizonte desde las cumbres intactas.
 
5. Sobre
los abismos
 
¡La pampa y la puna!
Dice con énfasis mi padre. Noto en su voz una inusitada agitación, rara dentro de su talante calmado y severo. ¡Tan inusitado es en él que deje trasparentar una emoción!
Nuevamente los instrumentos arremeten con fuerza, pero esta vez con una cadencia y profundidad que oprime el pecho. Desde la batería yo comprendo que todos somos arrollados por las aguas de un río turbulento y recóndito, por un destino solemne e inextricable.
Otra vez las hermanas avanzan al centro, bailando con un compás de mujeres que afrontan su designio; enlazándose y separándose con el ritmo de sus pasos.
Envolviendo la faja en sus cinturas, colgándola levemente en el extremo de sus hombros, juntando con ella sus caderas y dando ágiles vueltas, como si sortearan peligrosos remolinos.
Son dos flores y espigas de luces y colores primorosos pendiendo sobre los abismos.
– ¡Maravilloso! –musita esta vez don Julio Geldres, distendiendo su gesto adusto y retraído y a quien hasta ahora nunca lo había oído decir "ésta boca es mía".
 
6. Loco
y hechizado
 
– ¡Viva el Perú, carajo! –Se exalta con toda justeza el hacendado–. ¡Es grandioso nuestro pueblo! ¡Es único! –voltea a decirme convencido.
A mi padre se le han puesto los ojos como unos manantiales. Cuando para la música, al recibir su copa, la levanta verticalmente y vacía el licor directo a su garganta haciendo un ruido áspero y pleno.
Nunca lo había visto hacer eso. Pasa el puño por los labios mientras ordena:
India bella.
Trinan las mandolinas. Se hacen elevaciones y descensos en los diapasones de las guitarras. Los dedos vibran en las cuerdas de los violines, ¡y yo atrueno en el redoblante y en los platillos!
Me he puesto casi de pie para golpear el pedal del bombo, tamborilear hasta con los dedos de mis manos en el redoblante. Golpeo la madera de los aros de la tarola hasta con los codos.
Y con el envés de las baquetas hago volar los platillos, extrayendo sonidos de clarines y en otros momentos vagidos susurrantes. Definitivamente estoy loco y hechizado.
 
7. Mirar tan hondo
a la vida
 
La faja que ahora ellas levantan en el aire es de mil colores. Y las hermanas la cogen en lo alto, con las dos manos. Se empinan alzándola más arriba de sus cabezas. Ora dan saltos en fuga, ora son lentos y maternales; a ratos con la cabeza erguida, a ratos profundamente inclinadas hacia sus senos y vientres.
¿De qué oquedades aflora esa gracia y ese genio bravío? ¿Cómo es posible que surja repentina tanta belleza absolutamente perfecta?
He podido mirar en ese momento tan hondo a la vida, sentir su pulso y su talle. Y estos rostros de almendra, como frutos supremos de nuestros árboles, de nuestros campos y de nuestras peñas, ¿cómo es que han brotado?
¿Y al fondo, detrás, al infinito, el cielo que vuelve a crearse en una conflagración de ventarrones, truenos y arcos iris?
– ¿Este chico es su hijo, don Pascual? ¡Qué bien marca el compás y hace maravillas con la batería! ¡Es de oro puro, oiga usted!
 
8. Sus latidos
con mis latidos
 
Eso dice el hacendado con un talante cordial y transparente, mirándome orgulloso.
Es ese instante que siento como un fulminante esos ojos negros y lentos de la hija menor, que atraviesan mi pobre corazón totalmente inerme.
Desprevenido e ignorante yo de que pudieran haber relámpagos más intensos y enceguecedores que los que caen en las tempestades de febrero y de marzo.
– ¡El cóndor pasa! ¡El cóndor pasa!
Clama literalmente, esta vez sí obsesionado, mi padre.
Todos los instrumentos juntos se elevan como un viento huracanado, y ellas entonces sólo son alas y pañuelos en el firmamento, más allá de las paredes estremecidas de la sala de mi casa y más allá del cielo infinito.
He podido morir en ese vendaval, porque se pierde la tierra bajo mis pies. Todo se vuelve eternidad y el instante se convierte en una torcaza envuelta en miles de colores, que baila rozando sus alas con mis alas, sus latidos fundiéndose con mis latidos, su destino con mi destino, en el espacio infinito y en el relámpago crucial.
 
9. Bajo
la bóveda sideral
 
Cuando termina la música estamos exhaustos. Un silencio imponente nos embarga, pasmado más aún por el estallido de los instrumentos que han cesado tajantes.
Solo los rostros de las hermanas permanecen fulgurantes y diáfanos.
Y los ojos de la menor detenidos para siempre dentro de mis ojos, como si hubiera un misterio que me perteneciera desde el principio y el final del tiempo.
Los maestros tienen aún la mirada arrobada y húmeda de emoción cuando alzando nuevamente las copas el hacendado dice gravemente:
– ¡Brindemos!... ¡Por el Perú!
– ¡Por el Perú eterno! –dicen todos a una voz.
Terminados los saludos de despedida, el padre y sus hijas, que se echan unos pañolones a sus hombros, salen al frío y a la oscuridad de la calle empedrada bajo la bóveda sideral.
 
10. Encontré
esos ojos
 
Esta noche al irme a dormir, me sorprendo encontrarme vivo. Me lacera tanta felicidad. Siento ser dueño de algo inconmensurable que jamás he soñado ni imaginado que existiera en el mundo. Es una emoción profunda, mezcla de hondo dolor y de un gozo sin límites.
Aún escucho en mis tímpanos los sonidos agudos de los violines y el ritmo de esos pasos como cruzando precipicios. Como si la ternura se atreviera a retar y vencer lo aciago de la vida, del destino y de la muerte.
Hoy amaneció radiante y he salido a mirar largamente los balcones de recios balaustres de la casa grande y vetusta que tiene la hacienda Tulpo en el pueblo de Santiago de Chuco.
Varias veces paso delante de sus ventanales y cuando me decido a regresar, al voltear la esquina y alzar la mirada, en uno de ellos encuentro esos ojos negros en ese rostro encantado.
Es ella, envuelta en un pañolón verde oscuro que hacen su frente y sus mejillas más encendidas todavía, con un mechón de su cabello que cae hacia un costado.
 
11. Nunca
acaban
 
– ¡Hola! –digo, ahogándome.
– ¡Hola! –contesta sonriente. Y después de unos segundos interminables pregunta–. ¿Cómo estás?
– Bien. Y tú, ¿siempre vienes a Santiago de Chuco?
– Siempre. Pero mañana ya nos vamos.
– ¿Y volverán pronto por aquí?
– Ya no. Y a mí me da pena. –Y se queda en silencio mirándome. Y yo mirando no sé qué, quizá lo simple y fatal.
Hay vértigos y precipicios en que el ave venturosa del destino aletea sobre nuestras cabezas, pero no tiene dónde posarte, porque debajo hay un torrente incontenible que todo lo envuelve y sepulta.
Sobre ellos se erigen soplos, alientos, temblores o quietudes que son una eternidad, de una lentitud inacabable en la tarde silente y lluviosa.
O miradas que nunca acaban, ni con el fin del mundo.
 
12. Inabarcable
camino
 
Esta noche hasta altas horas de la madrugada está encendida mi lámpara. Y he escrito una carta de amor ferviente y exaltado. Cada detalle que veo o sonido que escucho a esta hora, es nítido y sublime.
Tengo ganas de despertar y abrazar a todos, de ser bueno y generoso con la crisálida que a esa hora se posa en el vidrio de mi ventana, con la herida en la pared que deja ver el adobe carcomido.
Ser bueno con el gusano que horada la madera de la mesa donde escribo, con las estrellas de la noche hacia donde me asomo tratando de entender algo de la inmensidad del universo.
He vislumbrado lo bello y lo cierto. Sus ojos son mi largo e inabarcable camino. Su rebozo y su falda son mi abrigo bienhechor y mi defensa perfecta.
Hoy día es sábado y a mediodía salimos del colegio por la calle del campanario. Nos hemos detenido a conversar un grupo de amigos en esta esquina de la Plaza de Armas, frente al local del Municipio.
– ¡Mira, es la camioneta del hacendado de Tulpo! –dice Octavio.
 
13. El
relámpago
 
Disimulo como puedo mi sobresalto.
– Está viajando con sus hijas a Estados Unidos, ¿sabes? No quiere que estudien aquí. –Acota Tito.
El vehículo se detiene frente al correo. Baja el hacendado y con pasos largos entra a la oficina.
¡Luego baja ella y avanza a la vereda que contornea la plaza! Y, pronto, la sigue la hermana mayor.
– ¡Mira! ¡Qué bonitas son! –Dice Isidro embelesado.
– Parecen vicuñas. –Acota tímidamente César.
Visten casacas y faldas ceñidas y unos pañuelos de colores intensos se mecen en sus cuellos.
Pronto vuelve el padre introduciendo en sus bolsillos unos papeles. Arranca el motor de la camioneta y antes que ella entre por última vez el relámpago atroz y lento de esos ojos negros se eternizan para siempre en mis ojos.
 
14. Prontos
a desbordar
 
– ¡Oye, has visto cómo te ha mirado hasta aquí esa chiquilla! Acaso, ¿te conoce?
Yo me despido casi sin hablar, por el nudo que me oprime la garganta.
Al subir hacia mi casa avanzando por la esquina del Convento me encuentro con Alberto quien me pidió que le escribiera una carta de amor para Estela, de quien está enamorado. Ahora otra vez me insiste.
– ¿Y, por qué crees que yo podré escribirla? –interrogo abstraído y aún mirando las aguas feroces y turbulentas de ese río que es el destino.
– Porque tú eres poeta pues.
– Mira. –Le digo, para que no siga hablando­–. Aquí está, ya la tengo hecha.
– ¡Ya ves! –Y, asombrado pregunta– Y, ¿desde cuándo la tenías escrita?
No le respondo por los manantiales prontos a desbordar en que se han convertido mis ojos.
 
15. El temblor
de mis latidos
 
Días después me habla:
– Gracias hermanito. Tu carta ha sido decisiva y ya la convenció. Pero primero me ha preguntado si yo la había escrito y le he dicho: ¿Y quién más puede sentir tanto amor y cariño como yo hacia ti? ¡Bueno!, me contestó, si tu cariño es así entonces te acepto. Ahí sentí que el cielo se me abría grande y luminoso y mi pensamiento corrió hacia a ti, poeta, para agradecerte por haberme escrito esa carta.
Alberto y Estela con el tiempo se casaron en Santiago de Chuco y formaron un lindo hogar. Me hicieron padrino de su primer hijo y ella me preguntó un día:
– ¿Alberto escribía en el Colegio? ¡Porque fue con una carta que conservo cómo él me conquistó! Esa carta la releo siempre. ¡Qué hermosa es! ¿Quieres leerla?
– No, Estela. –Le dije–. ¡No!
– ¿Por qué? –Me acosa mirándome a los ojos–. ¿Esa carta es tuya, no es cierto? ¿Para quién la escribiste?
Ella sabe, por lo menos, que esa carta estuvo en el bolsillo de mi pecho, donde la tuve guardada.
Debe ella haber sentido que se agita en ella aún el desvelo de mi corazón y todo el temblor de mis latidos.

29 DE ABRIL
 
DÍA DE LA DANZA
 
 
LA DANZA
DEL QUISHPI
CÓNDOR
 
 
FOLIOS
DE LA
UTOPÍA
 
HAY EN ELLA
UN DIOS
ESCONDIDO
 
 
Danilo Sánchez Lihón
 
 
1. Simulaba
intentar volar
 
Porque solo aparecía en dos ocasiones, como eran: la procesión del Corpus Christi, en el mes de junio. O para confundir los pasos del Apóstol Santiago en el mes de julio. De allí que preguntaba:
– ¿Qué representa el Quishpi Cóndor, papá?
– Es una danza ritual del antiguo Perú.
– Pero ¿qué significa?
– Es el lucero del alba que renace y vuelve a surgir.–Sentencia.
Esta afirmación era peor que no me dijeran nada. ¿Era el lucero del alba? Porque ninguna expresión más distinta y opuesta al lucero del alba, luminoso y espléndido, comparado a la vestimenta y la apariencia llena de andrajos de toda esta comparsa.
Al final, no le hacíamos caso porque su aspecto y coreografía eran deslucidos y deplorables: un hombre con un traje de plumas polvorientas y ya gastadas. Y, encima de él, un cóndor, disecado con su cabeza y pico largos y huesudos. Y cuyas alas estaban atadas a los brazos del danzante que simulaba intentar volar.
 
2. Mucho
de misterio
 
Eso sí, su acompañante, hacía rodar una bola o un ovillo de lana, envuelta de trapos viejos y cuerdas enrolladas que yo no alcanzaba a asimilar qué podría significar. ¡Decíamos en aquel entonces que hacía rodar al mundo! En verdad no comprendía nada.
Pero Igual me ocurrió la primera vez con la procesión del Corpus Christi, que un día pasó con toda solemnidad y boato por la puerta de mi casa. Y yo casi me aloco porque era una procesión para nada, ni para nadie, según mi manera de entender las cosas en aquel entonces.
Puesto que no era para ningún santo, sino sólo para un espejo al que se le prodigaba atenciones, respeto y adoración. ¿Por qué? ¿Qué es esto? –Me preguntaba.
Pero, aun así, con ser aquella danza lamentable, abatida y pordiosera, sin embargo tenía mucho de misterio y desafío; porque, en primer, lugar procedía de las tierras altas ariscas e indescifrables.
 
3. ¿A qué
venía?
 
En segundo término: llegaba por su propia cuenta. Tercero, venía sola. Cuarto, ¿qué hacía el danzante? ¡Nada! Solo saltaba sorteando la cuerda, nada más.
Pero ¿qué significaba eso? En el fondo los chiquillos queríamos que hiciera algún número acrobático y espectacular, por lo menos que se cayera. E hiciera reír o llorar a la gente. ¡Y, nada!
Pero allí está, con toda su monotonía a cuestas. Avanzando con su canción entristecida por las calles.
Debía haber una razón para que se haga presente en una fiesta, donde todo es lujo, boato y ostentación. Y esta razón que ahora recién la comprendo era absolutamente subversiva.
Veamos, ¿a qué venía? A enredar los pasos del Dios cristiano. Por eso el ovillo o la bola, o el mundo como la llamaban, ya delatándola.
 
4. Pueblo
de origen
 
Las otras mojigangas sabíamos quiénes las contrataban, casi siempre era de parte de alguien conocido. Con un prioste que los atendía.
O bien era una familia o de una comunidad, que se hacía presente como un acto de gratitud o una ofrenda al Patrón Santiago El Mayor.
Pero de esta otra danza no sabíamos nada. Más bien nos daba lástima y pena. Eso sí, su tonada entraba por los oídos, se clavaba en los tímpanos y penetraba en el alma.
Su melodía tocada por uno o más cajeros, era lo que más nos conturbaba. La repetíamos inconscientemente todo el día. Más en la calma, más en el retiro, y más en el silencio.
Yo hasta he tarareado estos compases muchos años después de haber salido de mi tierra y vagabundeado inconsciente por las calles de la Lima virreinal y del mundo, melancólico, añorante e identificado con mí pueblo de origen.
 
5. enredarle
los pies
 
La tonada entonces se la ha ideado con ese fin: horadar el espíritu, penetrar y allí quedarse, en nuestra sangre, cambiándonos por dentro.
¡Pobre Quishpi Cóndor!, dejándose despreciar, causándonos conmiseración en aquellas fiestas displicentes; y en aquellas calles empedradas de presunción, ostentamiento y vanagloria.
Porque todas las otras danzas eran orondas, elegantes, presumidas. Y las entendíamos de repente por qué eran así, menos a esta.
Las otras eran vistosas, galanas y hasta regias. Su esplendor se medía también por el número de sus integrantes, criterio que aplicábamos a los batallones del desfile y a las bandas de músicos que iban detrás del anda del Señor.
La danza del Quishpi Cóndor apenas son dos personajes: el danzante, de un lado, que lleva al cóndor en su cabeza y, de otro, el brujo que va haciendo rodar su ovillo.
El primero salta, intentando volar.  El otro trata de enredarle los pies y hacerlo caer.
 
6. Mundo
que rueda
 
Pero, ¿cuál era la razón para que esa ave grandiosa, como es el cóndor, baile titubeante desarrapada, desahuciada y finalmente maltrecha en plena procesión? Además, ¿con las plumas viejas y carcomidas? ¿Qué relación hay aquí con la divinidad?
¡Mucha! Lo sabemos ahora gracias a la investigación de Luis Flores Prado en su libro El Quishpi Cóndor, danza milenaria, editado por el Instituto del Libro y la Lectura del Perú, en el cual se nos revela que en ella hay un dios escondido. ¡Oh, prodigio!
Que hay en ella una divinidad emboscada, clandestina y antiquísima. Que pasa de incógnita; pero que el Quishpi Cóndor contiene, detiene y se convierte en su escondrijo, en su aliento y en su rebeldía.
En el fondo somos nosotros mismos quienes nos escondemos tras de él. Siendo así, el Quishpi Cóndor es un subterfugio, un tesoro escondido, el retazo esencial del alma nuestra. Como es en síntesis todo el Perú.
¡Grandiosa raigambre ésta, que nos ofrece intacta su moral y su hermosura!
 
7. Hemos
jurado cumplir
 
¿Te das cuenta de todo esto? ¡Es algo atroz! Esconder a un dios. Y que éste vaya detrás de otro dios, como actitud cultural es espeluznante.
Como gesto anímico es estremecedor. Que vaya triste, compungido y andrajoso es tremebundo. Más desconcertante aún, y peor, es que vaya bailando.
¡Qué manera ésta de persistir así nuestra cultura resistiendo el acoso y al avasallamiento! Aunque sea llagada, herida y con remiendos, pero siempre luchando por pervivir y mirando el futuro con esperanza.
Con ganas de ser resarcida, de ser indestructible, el alma indígena en este mundo de oprobio, aunque sea hecha trizas, danzando bajo la lluvia su sonsonete melancólico.
– Y el ovillo, ¿por qué?
– Es un arma secreta: como la boleadora. A su vez, es el símbolo del mundo que rueda, pero con hilos que enredan. Simboliza también, cuando esos hilos se empiezan a desenredar, la construcción y forja de la utopía andina que Capulí, Vallejo y su Tierra preconiza, alienta y hemos jurado cumplir.
 

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