miércoles, 12 de octubre de 2016

12 DE OCTUBRE: DÍA DE LA RESISTENCIA A LA COLONIZACIÓN - FOLIOS DE LA UTOPÍA: Y HAREMOS DE NUEVO LOS ANDENES - POR DANILO SÁNCHEZ LIHÓN


 

CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA
Construcción y forja de la utopía andina
 
2016 AÑO
CONSTRUCCIÓN DE CONCIENCIA
Y CONCRECIÓN DE SOLUCIONES
 
OCTUBRE, MES DE LA SALUD,
LA ALIMENTACIÓN, LA GESTA
DE ANGAMOS; VIDA Y EJEMPLO
DE MARIO FLORÍAN Y LUIS
DE LA PUENTE UCEDA
 
CAPULÍ ES
PODER CHUCO

 
SANTIAGO DE CHUCO
CAPITAL DE LA POESÍA
Y LA CONCIENCIA SOCIAL

 
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HOY 12 DE OCTUBRE ES DÍA
DE LA LENGUA CASTELLANA
Antes, cuando salía al exterior del país en donde se hablaban otras lenguas me esforzaba en hacerme entender chapuceando en esos idiomas. No sé cuándo ocurrió pero un día descubrí un hecho para mí sorprendente: que cuando uno habla perfecto castellano en el extranjero para personas que tienen otras lenguas, inmediatamente se rinden y terminan atendiéndonos devotos y admirados.
Por eso ahora, siempre que salgo hacia algún país en donde se habla otra lengua no me preocupo ni intento en lo mínimo hablar o hacerme entender en dicho idioma, sino al contrario: me pulo en hablar mucho mejor el español, con esmerada sintaxis y hasta musicalidad. El efecto es inmediato, las personas se quedan subyugadas, se deshacen en atenciones, me sonríen; y si no saben el español ellas mismas buscan alguien quien lo sepa y lo hable, y siempre hay alguien cerca. Y allí se quedan para seguir escuchando encandiladas.
Paseaba ya al atardecer por los Campos Elíseos en París y hay allí una frutería en donde lucen límpidas las uvas, las naranjas y duraznos y toda la fruta fresca y colorida. Ingresé y pregunté en perfecto castellano:
– ¿Alguien atiende aquí?
Desde el mostrador del fondo se levantó una cabeza. Era una señora de rasgos orientales que me habló en francés. Le retruqué sin inmutarme en conspicuo castellano, y dándole la mejor entonación posible:
– Quiero comprar fruta para mi merienda de esta noche. ¿Alguien puede atenderme en idioma español?
Entendió el mensaje y solícita me pidió que esperara un momentito. Llamó a su hijita, una niña de unos trece años de edad que justamente estudiaba español.
– Quiero manzanas, mandarinas, bananas y estas chirimoyas de mi tierra.
Estaban felices, mamá e hija, de atenderme y aprender algo de la hermosa lengua de Castilla que naciera en la ermita de los santos pues el primer vestigio de esta lengua es una glosa escrita por un monje que estaba haciendo anotaciones a un sermón de San Agustín en el Monasterio de San Millán de la Cogolla, algún año del siglo X, en donde dos líneas y media del texto en latín están traducidas a una nueva lengua salidas desde el fondo del alma de aquel hombre consagrado a Dios y que es el primer registro en la historia humana de lo que es hoy la divina lengua castellana.
DANILO SÁNCHEZ LIHÓN
 
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PRÓXIMAS ACTIVIDADES
 
OCTUBRE
VI JORNADA:
POR EL COMPROMISO
Y LA CONCIENCIA SOCIAL
 
“¡ABISA
A TODOS LOS COMPAÑEROS
PRONTO!”
 
CHEPÉN
VIERNES 21
 
TRUJILLO
VIERNES 21
 
SANTIAGO DE CHUCO
SÁBADO 22
 
SANTA CRUZ DE CHUCA
DOMINGO 23
 
PARTICIPACIONES
CONFIRMADAS
 
NARDA GARCÍA
EN MÚSICA
JAIME SÁNCHEZ LIHÓN
FOTOGRAFÍA
WILMER SICCHA
ORGANIZACIÓN
DANILO SÁNCHEZ LIHÓN
ORGANIZACIÓN
 
PANEL DE CONFERENCIAS:
“LA GESTA
DE LUIS FELIPE DE LA PUENTE”
 
“LA MÚSICA ANDINA
HIMNO DE VICTORIA”
NARDA GARCÍA
 
PRESENTACIÓN DEL LIBRO:
“SIMIENTE QUE BROTA
ES LUIS DE LA PUENTE”
DANILO SÁNCHEZ LIHÓN

 
EXPOSICIÓN FOTOGRÁFICA:
“TELÚRICA Y MAGNÉTICA
DE LA TIERRA DE CÉSAR VALLEJO”
JAIME SÁNCHEZ LIHÓN


 
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12 DE OCTUBRE
 
 

DÍA
DE LA RESISTENCIA
A LA COLONIZACIÓN
 
 
FOLIOS
DE LA
UTOPÍA

 
Y HAREMOS
DE NUEVO
LOS ANDENES
 
 
Danilo Sánchez Lihón
 
 
1. Cantando
y bailando
 
El día 12 de octubre de cada año el mundo occidental celebra el Descubrimiento de América. En cambio nosotros afirmamos nuestra identidad; y con convicción y entereza lo sentimos como un día de reivindicación y homenaje a nuestra cultura, y a lo que es el Perú como esencia.
Porque pertenecemos a una cultura que alcanzó a concretar aquí la utopía social de que no hubieran seres marginados, expulsados ni desheredados de los bienes terrenales.
Porque se construyó aquí un orden social de ayuda mutua, de reciprocidad y fraternidad humana.
Porque no hubo aquí un solo ser que un solo día del año se quedara de hambre, o sufriera abandono. O que no estuviera integrado al grupo social que producía bienes a través de la siembra y la cosecha mancomunada.
O que no se ocuparan en la construcción de templos y casas comunales de manera colectiva, así como era de ese modo que se construían caminos, puentes y andenes. Y todo lo hacían con regocijo, cantando y bailando.
 
2. ¿Dónde
están?
 
Porque aquí también hicimos los muya, o jardines de flores para contento y alegría de los sentidos, como los ojos y el olfato, como para fines alimenticios. Construimos en determinados espacios los waruwarus o camellones, para obtener y lograr allí productos de otras latitudes.
Hicimos las macamacas o chacras hundidas.
Las sojjas o chacras cercadas.
Las colcas o depósitos de alimentos.
Los reaccas o acequias de riego y filtración en los terrenos propicios.
Los occonales o bofedales.
Y, sobre todo, forjamos entre todos la solidaridad humana. Por eso, entre nosotros no hay rencor, insidia, mala intención. Desechamos el individualismo, la complacencia en el ocio y el desafecto. Concurrimos a todo sitio con ofrendas, a dar, a obsequiar. Somos tiernos, generosos, delicados. Y construimos los andenes como maravillas tecnológicas, pero más como un portento cultural, porque es la expresión máxima de nuestra cohesión comunal.
Pero cualquiera que viene aquí y ve lo desolado de nuestro suelo dice con toda razón: si era la característica principal de una organización como del Tahuantinsuyo, ¿dónde están los andenes, o los caminos del inca, o los tambos donde se guardaban alimentos?
 
3. de trecho
en trecho
 
– Han desaparecido. Solo quedan algunos vestigios en zonas muy alejadas.
– Y ¿cómo así?
– Se destruyeron por desidia, pero más porque eran obras a las cuales se les rendía culto.
Así, les contaré lo que a mí me ha ocurrido. Hace poco viajaba de Moquegua a Puno, con dirección a la ciudad de Desaguadero, para ingresar luego a Bolivia en donde tenía que concurrir a un certamen académico.
Después de recorrer el breve valle de Moquegua la carretera poco a poco empieza a ascender por terrenos adustos, áridos e inclementes, en donde no se registra ningún signo de vida. Las desérticas estridencias de esas cadenas de cerros se suceden interminables, opacas de cascajo, polvo y piedras esparcidas y diseminadas que parece un castigo de Dios o de la naturaleza.
Sin embargo, de trecho en trecho diviso unos letreros, de fondo blanco sobre una pared de ladrillo enlucido para soportar los rigores del ambiente, con letras pintadas de color azul, rojo y negro, donde se anuncia el nombre del lugar y luego en grandes caracteres muy visibles el aviso de: Zona Arqueológica.
 
4. ¿Dónde
un fruto?
 
Pasamos por lugares desolados que oprimen el corazón en donde hay varios de estos anuncios. Pensaba yo que a la vuelta de cada uno de aquellas colinas iba seguramente a encontrar poblados, cañadas donde corriera el agua, y allí estarían los lugares fértiles, vivibles y amenos, con campos verdecidos y bosques. Pero, ¡nada! Entonces, ¿por qué Zona Arqueológica? ¿Dónde y cómo vivían, sin agua ni alimentos?
Porque hacia donde se extendiera nuestra vista todo son páramos ariscos, resecos y pedregosos. Tierra parda, yerma y baldía. Entonces, me preguntaba ya más explícitamente: Si no hay nada por aquí que pudiera dar lugar a constituir grupos humanos, ¿dónde pudieron florecer aquellas poblaciones para que estos sean sitios arqueológicos? ¿Acaso son cementerios? Pero, ¿tantos cementerios para ninguna vida?
¿Quiénes eran los que antes aquí vivían? ¿Marcianos? ¿Máquinas? ¿Gente que no comía ni tomaba agua? ¿De qué se alimentaban? ¿Dónde corre el agua que aplaque su sed? ¿Dónde un fruto que alivie su hambre? Andaba en estas cavilaciones cuando otra vez, otro anuncio de Zona Arqueológica. Me enderecé en el asiento para descubrir algún vestigio, o donde pudiera ver volar un ave o impulsarse a un saltamontes, o cruzar una lagartija. Ya inquieto por mi propia pregunta, me dije: ¿pero de repente algo distinga en este páramo.
 
5. Permanecí
extasiado
 
Ya con esta ansiedad en el alma empecé a rastrear con la mirada lo cerca y lo lejos, tratando de distinguir siquiera alguna ruma de piedras. O siquiera viendo la huella de un camino.
En eso distingo, en los cerros de al frente unas hileras borrosas. Eran como renglones en algunos sitios, o como peldaños de una escalera que se sucedía desde la honda cañada hasta la cumbre de los cerros.
¿Serían andenes? O, ¿qué eran esos renglones deshechos! ¡Sí! ¡Eran viejos andenes! Mi exaltación en silencio no tuvo límites, como si volviera a sintonizar con la vida después de muchos siglos.
Permanecí extasiado y mirando un largo tiempo. Y cada vez descubría más y más vestigios. Ya no me cabían dudas. Sólo me faltaba una comprobación definitiva. Si había vestigios de andenes al frente, y por todos lados, indudablemente lo habría también aquí en el cerro por el cual la carretera ascendía y que atravesábamos en ese momento.
 
6. Un pueblo
henchido
 
Pedí al conductor que se detuviera un breve momento y yo podría comprobar en el mismo sitio si eran andenes esas hileras desmayadas de piedras de al frente.
Se detuvo el auto. Bajé y corrí ladera abajo un buen trecho, para tener una buena perspectiva. Manifiestamente, aunque erosionados pero ahí estaba la construcción de los andenes, en este paisaje de muerte, de abandono y de miseria.
Eran andenes antes de la conquista española que pude reconocer entre estas cárcavas, montículos y despojos inclementes. E imaginé en vez del espectáculo polvoriento y devastado de ahora, vergeles de cultivos de diferentes matices que habrían antes.
Y una explosión de vida invadió mi ánima estrujada; de cánticos de hombres y mujeres, de trinos de aves, de rumor de cascadas, de voces familiares, de vida feliz y exultante.
Imaginé un pueblo henchido, alegre, jubiloso, compartiendo las experiencias diarias del mundo cotidiano, del trabajo y de la vida.
 
7. Lo
restituiremos
 
Imaginé un paisaje inabarcable, tal y cual lo estaban viendo mis ojos, pero en vez del páramo gris, obscuro y cruel por lo inhóspito y desalmado, imaginé el colorido de las flores, los aromas de las plantas, la armonía de los sonidos que la vida natural e inocente concordaría en armonizar aquí.
Lo que tenía ahora eran los tinglados de líneas que se extendían en el horizonte y que la erosión todavía no había culminado de borrar totalmente. Imaginé cómo todo era antes fraternal y solidario. Cómo todo era cordial, amable y tierno. Imaginé los cariños, los afectos, la exaltación del alma. Imaginé, imaginé, imaginé. Solo que esta imaginación no es de algo futuro sino de lo que fue aquel mundo ideal y soñado.
De allí que Capulí, Vallejo y su Tierra instale su utopía no como algo irreal o imposible, tampoco como lo que recién haremos, sino como aquello que hemos sido, recuperando lo esencial de nuestro hermoso pasado. En cinco siglos de abandono todo aquello se ha secado. Se ha vuelto grava y desierto, montes pelados y escombros. Todo esto, entre todos juntos, ¡lo restituiremos!
 
 
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