martes, 9 de mayo de 2017

9 DE MAYO: DÍA DE LAS AVES MIGRATORIAS - FOLIOS DE LA UTOPÍA: SALUDO DE SOLDADOS AL NAUTA - POR DANILO SÁNCHEZ LIHÓN


 
CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA
Construcción y forja de la utopía andina
 

CAPULÍ ES
PODER CHUCO
 

SANTIAGO DE CHUCO
CAPITAL DE LA POESÍA
Y LA CONCIENCIA SOCIAL
 

*****
 
PERO AHORA, ¿DE DÓNDE
NOS VIENE TANTA ALEGRÍA?


Pero ahora, ¿de dónde nos viene tanta alegría? Es que llegó la fiesta de la poesía y del arte y la literatura: “Capulí, Vallejo y su tierra”. Dice el verso de Ida y retorno al mar:
¿Acaso el agua se descorazona
cuando no logra taladrar la piedra
al primer intento?
Y lo que empezó como sueno, entusiasmo y nostalgia, se ha hecho carne. Solo la terca persistencia de un grupo perteneciente a una generación egresada del Colegio Nacional César Vallejo podía inventar una segunda fiesta para su pueblo. Ahora, Santiago de Chuco tiene la Fiesta del Apóstol en julio y la Fiesta de la Poesía, el Arte y la Literatura en mayo: Capulí. Vallejo y su Tierra.
Cómo no estar orgullosos de una tierra con dos fiestas. El pueblo gana las calles, todo se vuelve color, florece un libro en el Quilla Jirca y de un verso nace una flor. Y es que en Santiago de Chuco ha nacido Vallejo, solo equivalente a Cervantes, Dante, Shakespeare.
El pueblo sale a las calles, baila un huayno con quenas, guitarras y cajón. Y es que ha venido toda América. Son XVII capulíes. Un collar de oro y de diamantes. ¡Viva la poesía! ¡Viva el pueblo de César Vallejo!

ALEJANDRO BENAVIDES
 
*****
 
9 DE MAYO
 
 
DÍA
DE LAS AVES
MIGRATORIAS
 
 

FOLIOS
DE LA
UTOPÍA
 
SALUDO
DE SOLDADOS
AL NAUTA
 
 

Danilo Sánchez Lihón
 
 
1. Camino
a la escuela
 
– Hasta luego, mamá.
– Hasta luego, hijo. Cuidado con los toros. Mira de lejos y si vienen volteas la esquina y mejor caminas por otra calle.
– Sí, mamá.
Así traspaso la portada de nuestra casa con sus rendijas, arrugas y orificios en la madera.
La conozco hasta el mínimo detalle, pues allí he perdido canicas, abalorios y objetos diversos y preciosos: pedazos de cuarzos, y un ala de mariposa de un roto cristal y que no la encuentro todavía.
La puerta me da paso a la calle empedrada, que la cierro desde afuera rumbo a la escuela.
El sol a las siete y treinta de la mañana dora los rastrojos de las tapias y trasluce en las hojas de las malvas, después de reventar en los cerros lejanos deja nítidas las montañas azuladas y oscuros los bajíos y quebradas.
Como todos los días, cruzo las sombras disparejas que dejan el perfil de las paredes y los techos, e ingreso a los pedazos de sol que se arrastran por la tierra apisonada y a ratos por las veredas de piedra aún heladas por la noche y sus estrellas.
 
2. Las notas
del Himno Nacional
 
En el camino encuentro a Javier, a Mañuco, a Juan. Con ellos nos acompañamos intercambiando tesoros, tejidos de serpentinas, papeles de celofán, figuras de lata.
Ya en la escuela tres campanadas nos reúnen en el patio donde se pasa revisión, para ver si portamos un pañuelo limpio en el bolsillo.
O para ver si tenemos recortadas las uñas. Y si es adecuado el corte de pelo, propio de un escolar que se respete y respete a los demás y a su escuela.
O para ver si tenemos bien amarrados los zapatos y limpios los orificios de la nariz. Y si tenemos pegados todos los botones de la camisa, del pantalón; y si están bien abrochados en sus ojales.
Alguien sale a declamar, otro a presentar una noticia, otro a dar las notas del himno nacional en lo alto y al centro del corredor que hace de tribuna.
 
3. El cielo añil
y sereno
 
Luego pasamos cantando a un salón humedecido por grandes ramalazos de agua dejados caer en la tierra lisa y recién barrida.
El maestro ingresa saludando y nosotros también saludamos poniéndonos de pie y hacemos sonar uno contra otro los tacos de los zapatos, como si nos cuadráramos, diciendo:
– ¡Buenos días, maestro!
– ¡Buenos días, niños! –Contesta él–. Muchas gracias. Tomen asiento.
Es casi al terminar la primera hora de la mañana cuando escuchamos un alboroto que viene desde el filo del corredor más cercano:
– ¡Es un cometa!
– ¡O quizá es un satélite ruso!
– ¡O quizás es norteamericano!
– ¡Es un Ovni!
El maestro se acerca a la ventana. Observa afuera y nos hace salir a todos en fila.
Al principio no divisamos nada en la inmensa esfera de un azul intenso y límpido. Pero luego se hace nítido un trazo minúsculo de luz, como una chispa bruñida en el cielo añil y sereno.
 
4. Al borde
de la inmensa esfera
 
Es el brillo extraño de la punta de un alfiler que refulge nítido con el sol esplendente de la mañana nacarada en la inmensidad del azur.
Está tan lejos que parece quieto y a ratos da la impresión de avanzar a una altura a la cual no llegan ni las águilas ni los cóndores.
– ¡Es un satélite de comunicaciones! –Murmura Villena, aficionado a leer los periódicos–. Los rusos acaban de lanzar uno al espacio.
– ¡Es un cometa de la órbita solar! ¡Quizá el Halley que está regresando y se puede chocar!
La noticia se esparce a las demás secciones que van saliendo y formando grupos en el patio.
– ¿Qué es? –Preguntamos ya ansiosos a nuestro maestro.
– ¡Es un ave! –Afirma.
– ¿Un ave a esa altura?
¿Y viniendo desde lejos? Porque el trazo que sigue es desde atrás del horizonte.
¿Y puede un ave dar la vuelta al mundo?
Desde el borde de la inmensa esfera del cielo se va acercando lentamente.
 
5. Es un ave
grande y fuerte
 
– ¡Sí! Es ave, y puede ser un pato, que son aves que se remontan a mucha altura para tener un vuelo largo y sostenido. –Se atreve a elucubrar Manuel, el más aplicado en aprender las lecciones.
– Hace poco se escapó uno de mi casa. –Agrega César.
– Pero un pato al volar sacude las alas, –corrige Francisco.
– O quizás es un cisne. –Arriesga el niño Porturas, aficionado a leer cuentos de hadas.
– Los cisnes despliegan muy largas sus alas. Y, además, nunca viajan solos sino en bandadas. –Señala Antuco, acomodando sus lentes de sabelotodo.
– Será entonces un cóndor. –Supone otro.
– Pero el cóndor siempre es negro y no brilla. –Aduce Gastañuadí que en la jalca de donde viene defiende a diario sus ovejas de los cóndores que las acosan.
Nuestro profesor, al centro del círculo, con las bastas del pantalón bien delineadas y con los zapatos que reflejan el sol y los aleros de la escuela, escruta aquel punto entrecerrando los ojos.
Y con las manos haciendo visera aumenta tres cualidades después de haber dicho que es un ave. Y luego a esas tres aumenta otra, diciendo:
 
6. La escarcha
en sus alas
 
– ¡Es un ave grande, fuerte y de glorioso destino! Calla un momento mirándola, para luego agregar–. ¡Y que viaja herida!
Esta aseveración nos conmueve, emociona y sobrecoge. ¿Tanto ve y sabe el maestro?
Como si presintieran algo extraño no revolotean las golondrinas que a diario tejen enredaderas en torno a la campana.
Los gorriones que saltan del jardín a los tejados han desparecido.
Han enmudecido también los ladridos de los perros, como el cacareo de las gallinas y el rebuzno lejano de los jumentos.
Todos los seres parecen hallarse sobrecogidos.
– ¡Entonces será un guanay! –Aduce César, que ha estado en Chimbote.
Pero todos recordarnos en nuestros libros el pico largo y el cuerpo enjuto del guanay.
– Pero, además, ¿cómo explicar el brillo de esas alas?
– Puede ser la escarcha del hielo por las noches heladas y que se han pegado en sus alas. ¡Y que las hacen brillar! –Agrega, como si delirara, hablando consigo mismo.
 
7. Viene
del mar
 
A mitad de la mañana aquel brillo está exactamente sobre nuestras cabezas, en el cenit del cielo.
Alguien ha traído un catalejo y es allí donde, pasándonos de mano en mano y por turnos, observamos con el aliento detenido en nuestros pechos.
Ciertamente es un ave, y tanto que podemos ver su vuelo trabajoso.
Podemos incluso ver que una de sus patas cuelga dificultosamente.
Pero aun así, lleva erguida la cabeza. Y su vuelo es parejo.
Los demás alumnos se acercan a nuestro grupo.
– ¿Qué es, profesor? –Preguntan ansiosos.
– ¡Es un albatros! –Dice por fin el maestro.
– ¿Un albatros? ¿Y de dónde viene?
– Viene del mar y va hacia el mar.
– ¿Viene del mar?  ¿Y va hacia el mar?
– ¿Y puede un pájaro llegar hasta aquí volando desde el mar?
 
8. Y va
hacia el mar
 
¿Del mar? ¿Del que solo alcanzamos a Imaginar que es una línea azul en un horizonte mágico? ¡Algo infinitamente grande y distante!
¿Con ciudades a sus orillas que sólo conocemos por las etiquetas de los productos que llegan a las tiendas?
¡Caramelos de menta! ¡Aceite de bacalao! ¡Gaseosas de Trujillo!
Enseres traídos por camiones que durante semanas se atascan en los caminos.
¿Y va hacia el mar? ¿Al Océano Pacífico, viniendo del Océano Atlántico?
¿Hacia esos confines tantas veces repasados en nuestros cuadernos de historia y geografía?
¡Los viajes de Colón dibujados con líneas, puntos y cruces! ¡Trazados de surcos, que ya jamás se cierran, señalando la ruta de las tres carabelas!
El último –¡oh infortunio!– cargado de grilletes y cadenas. Y cubierto de harapos e ignominia el Gran Almirante.
– Es un albatros que vuela herido. –Concluye el maestro.
 
9. Saludo
al nauta
 
– ¿Y desde cuándo está volando?
– Desde hace varias semanas. O tal vez meses.
– Quiere decir que: ¿No come? ¿No bebe agua? ¿No duerme?
– Y: ¿El hambre? Y, ¿la sed? Y, ¿el frío?
Una emoción profunda invade nuestros corazones.
Los cuerpos tensos, con los ojos entrecerrados por el sol implacable y nuestras pequeñas manos alzadas a la altura de nuestras frentes, las convertimos calladamente en un saludo de pequeños soldados al nauta portentoso.
¿Qué paisajes sus ojos divisan hacía abajo?
¿Qué roquedales de pavor y de miedo soporta al cruzar su pecho por los abismos?
¿Qué noches intrincadas soporta?
¿Qué soles inclementes?
Unas lágrimas de valor y coraje se deslizan por nuestras mejillas tersas, nuestros pómulos curtidos y nuestros mentones temblorosos vibran llenos de una emoción profunda.
 
10. Cruzar
el cielo de Santiago
 
Alguien alcanza a gritar su entusiasmo alentándolo y todos al unísono repetimos alcanzándole desde la tierra nuestro aliento unánime:
– ¡Vuela amigo!
– ¡Vuela!
– ¡No decaigas! ¡No te dejes vencer!
Y en nuestros corazones le musitamos:
¡Surca el aire! ¡Surca el cielo! ¡Vence el sueño! ¡No te arredre la tormenta, ni la tristeza, ni el dolor!
– ¡Llegarás al mar! –Grita uno.
– ¡Llegarás al mar! –Repetimos todos.
Al crepúsculo nuestros ojos apenas lo encuentran en el horizonte. Es un leve fulgor en la noche desalmada que cubre el universo.
Imaginamos su mirada vigilante, sus alas doblegando distancias, sus latidos golpeando intensamente la noche y rompiendo el cierzo de que se cubre el firmamento.
Al volver y cerrar la portada de nuestra casa, los goznes chirrían con una leve señal en las sombras.
Y en nuestros sueños el albatros vuelve a cruzar el cielo infinito de Santiago de Chuco.
 
 
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