domingo, 12 de febrero de 2017

EL SOL Y LA LUNA: MITO AMAZÓNICO - POR DANILO SÁNCHEZ LIHÓN


 
CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA
Construcción y forja de la utopía andina
 
 
CAPULÍ ES
PODER CHUCO
 

SANTIAGO DE CHUCO
CAPITAL DE LA POESÍA
Y LA CONCIENCIA SOCIAL
 

*****
 
SUS VERSOS
ME HAN PARECIDO
ADMIRABLES

Barranco, 15
de julio de 1917.
Señor César Vallejo
Sus versos me han parecido
admirables, por la riqueza musical
e imaginativa y por la profundidad dolorosa.
Conocía algunas composiciones de su pluma,
habiendo preguntado por usted, en más de una ocasión;
con el sentimiento de no haber practicado la prosa, pues
sus poesías se prestan para un estudio maestro.
En este vapor escribo a los redactores de la revista
"Renacimiento" de Guayaquil, y con palabras
elogiosas, por cierto bien merecidas, les prometo
sus poesías; pero, no deseando separarme
de los originales que me envió, le suplico que
mande otros a J. A. Falconí Villagómez,
director de "Renacimiento", Guayaquil,
casilla 639, "Renacimiento",
tiene agentes en todo América.
Y reciba el sincero aplauso
de su seguro servidor.

JOSÉ M. EGUREN
 
*****
 
12 DE FEBRERO
 
 
SE
DESCUBRE
EL RÍO
AMAZONAS
 
 

FOLIOS
DE LA
UTOPÍA
 
EL SOL
Y
LA LUNA
 
MITO
AMAZÓNICO
 
 
Danilo Sánchez Lihón
 
 
1. El olor
a la tierra
 
Iwa vivía bajo el agua, en un valle en donde no hay principio ni término, viendo su reflejo cada vez más hermoso en los espejos, sin sentir ni dicha ni pena, entrando por mil puertas y no saliendo por ninguna.
Pero un día pudo salir a la superficie del río y nadar plácidamente bajo la tenue claridad del alba.
Mientras alzaba la cabeza y la volvía a sumergir, escuchó el rumor de las hojas a lo lejos.
Aspiró el olor de la madera humedecida y la fruta madura que cae a la tierra, y el vaho de las plantas y su fragancia después de la lluvia.
Entonces se atrevió a acercarse a las orillas.
Vio la tierra llana y florecida. Sintió nostalgia. Y comprobó que lloraba
Y se acostumbró a salir cada tarde tomando la figura de un bufeo tornasolado.
Merodea las playas cercanas a su antigua cabaña, observando los quehaceres del Inca, su anterior compañero, pareja y marido.
 
2. Irás muy lejos
conmigo
 
Al anochecer seguía de lejos su canoa en donde aquel remaba vigilante y absorto.
Un día, acercándose con la mirada puesta en la nuca querida, pudo ver los cabellos crecidos que le caían detrás de las orejas, vio la tensa curva de su espalda, vio sus manos fuertes y encallecidas.
La sangre le golpeó con pasión las venas de su frente y sin poder resistir, alzando la cola volteó la canoa donde el Inca iba y abrazando su cuerpo bajo el agua trató de llevarlo a los espacios bajo el agua donde ella vivía.
Pero el Inca era enérgico, hábil, aguerrido; y luchando la hizo subir aprisionada a la superficie, sacándola hasta tierra. Y allí la poseyó con pasión y arrebato.
Ya en la calma, tendidos en la orilla la preguntó:
– ¡Quién eres!
– Tu esposa, –dijo ella.
Él reaccionando la abrazó emocionado, enternecido y suplicante.
 
3. Y salen
a buscarla
 
Y la convenció para internarse en la selva, otra vez juntos y para siempre.
– Irás muy lejos conmigo. Así nos apartaremos del río.
Y dejándolo todo se encaminaron selva adentro.
Anduvieron muchos días hasta dar con un lugar que les pareció distante y apacible.
Los espíritus del río esperaron vanamente el regreso de Iwa.
Cuando la dieron por perdida, sus pupilas que antes eran tranquilas y cristalinas se tornaron turbias y aciagas por la cólera.
Dijeron:
– ¡Vamos a traerla!
Las olas encolerizadas del Ucayali entonces fueron asolando y saliendo a la tierra estremecida. Y después fueron cubriendo palmo a palmo los lampos de arcilla colorada, las chacras y los sembríos.
 
4. El árbol
de lupuna
 
Lentamente iban cubriendo la selva. Llegaron al borde de las casas y luego entraban en ellas.
Al ingresar a las viviendas de los nativos y tocar los objetos, éstos se iban convirtiendo en distintos animales y peces que ahora habitan en las aguas.
Las canastas de pajilla se tornaron en tortugas, taricayas y motelos.
Las flechas se hicieron anguilas.
De las ollas y sartenes se desprendieron paiches, palometas y gamitanas.
De tambores y tinajas aparecían sachavacas y delfines.
De las canoas empezaron a mecerse los lagartos.
De las hamacas se deslizaron las boas anacondas alucinadas.
La gente que había en uno y otro sitio corría a treparse a los árboles. Pero el río se acercaba hasta ellos y de los pies los jalaba hundiéndolos en sus remolinos.
Cuando vio a las aguas asomarse el Inca ordenó:
 
5. La
ascensión
 
Subamos hacia el monte.
Allí crecía un árbol gigantesco de lupuna cuya copa no alcanza a ser vista desde la tierra y se pierde entre las nubes. A él se acercaron, pero pronto el río comenzó a lamer sus raíces.
Entonces decidieron subir. Primero lo hicieron a la rama más baja de donde vieron que el río se agitaba con más espanto y furia.
Llegadas las aguas hasta sus rodillas subieron a la rama siguiente. La lluvia tampoco cesaba de parar y la neblina cubría el horizonte.
Después de un tiempo las ramas de las cuales se cogían eran cada vez más y más delgadas.
Ya estaban en la copa, que se agita de un lado para otro.
Hasta que ya no hay rama de dónde sostenerse. Se paran por fin en una hoja que flotaba.
 
6. El sol
y la luna
 
El río los va cubriendo poco a poco.
Y cuando están a punto de ahogarse en sus aguas, alzan los brazos y descubren un bejuco que pende desde arriba.
A él se cogen fuertemente y por él suben, mientras escuchan el fragor producido por el tallo del cielo que cae separándose de su follaje.
Iwa y el Inca caminaron lo más que pueden.
Como no es posible permanecer juntos, porque el follaje del cielo con su peso es capaz de romperse, cada uno toma el sendero que le señala una rama.
Iwa se convierte en la luna, con manchas en la cara por la pintura de genipa con la cual pretendió ocultarse del río.
El Inca, que camina más lejos, se transformó en el sol que nos alumbra cada día.
 
7. Epílogo
tenaz
 
Así nos narran nuestros abuelos cuando les pedimos que nos hablen de nuestro origen y la vida de nuestros antepasados.
Nos explican que así sucedió en los primeros tiempos, por eso es que ahora hay tres mundos vivientes:
Hay el mundo de la tierra. Hay el mundo del agua. Y hay el mundo del cielo en donde habitan nuestros padres. Cada uno con sus trochas, sus bosques, sus caseríos y paisanos.
Nos enseñan que hay que temerle al bufeo colorado que se roba a nuestras mujeres, escogiéndolas entre las más bellas.
Y ahora comprendemos cómo el río no se olvida de Iwa, la luna, y cada año sale a buscarla, inundando los campos, entrando a las casas, arrasando las sementeras.
Pero se calma y baja la creciente cuando ella sale con sus velos plateados y se refleja tranquila en sus aguas, entre gasas y árboles, entre grecas y encajes.
Y el río le pone cintas de sueño, la oculta en sus raíces, la adora en su tranquila vigilia. Y en el bosque, donde Netún Batán tiene su morada.
 
 
*****
 
El texto anterior puede ser
reproducido, publicado y difundido
citando autor y fuente
 
Teléfonos: 420-3343 y 602-3988
 
dsanchezlihon@aol.com
danilosanchezlihon@gmail.com
 
Obras de Danilo Sánchez Lihón las puede solicitar a:
Editorial San Marcos: ventas@editorialsanmarcos.com
Editorial Papel de Viento: papeldevientoeditores@hotmail.com
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