jueves, 17 de noviembre de 2016

17 DE NOVIEMBRE: DÍA MUNDIAL DEL ESTUDIANTE - FOLIOS DE LA UTOPÍA: ESTALLAN TODAS LAS FLORES - POR DANILO SÁNCHEZ LIHÓN


 


CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA
Construcción y forja de la utopía andina
 
2016 AÑO
CONSTRUCCIÓN DE CONCIENCIA
Y CONCRECIÓN DE SOLUCIONES
 
NOVIEMBRE, MES DE LA GESTA
DE TUPAC AMARU; LOS DERECHOS
DEL NIÑO; VIDA Y EJEMPLO DE
J.M. ARGUEDAS Y MANUEL SCORZA
 
CAPULÍ ES
PODER CHUCO


SANTIAGO DE CHUCO
CAPITAL DE LA POESÍA
Y LA CONCIENCIA SOCIAL

 
*****
 
17 DE NOVIEMBRE


DÍA MUNDIAL
DEL
ESTUDIANTE


 FOLIOS
DE LA
UTOPÍA

 
ESTALLAN
TODAS
LAS FLORES
 
 
Danilo Sánchez Lihón
 
 
Quien le dijo que yo
andaba buscándola.
Felipe Arias Larreta
 
1. Primero
sé bueno
 
– ¡Silvia! ¡Silvia! ¡Qué linda eres, amor mío!
Repite Wilfredo mirándonos provocativamente a los ojos.
Él ha llegado de Trujillo, ha conseguido matrícula en el Sexto grado de Primaria en nuestra escuela. Es el más vivo, quien se atreve a muchas cosas, el que puede abordar a una chica en la calle, pero con Silvia se intimida y no se atreve.
– ¡Siempre el que no puede se consuela hablando! ¡A Silvia no le importas y hasta ni te conoce! –Le encara César.
– Pero un día será mía. Mañana es el desfile, y de repente me enfermo para verla pasar desde la tribuna, mientras ustedes serranitos sudan marchando.
– ¡Oye, a ti nunca te hará caso! Es demasiado para ti. Ni pienses en ella. –Le dice Antuco.
– Seré ingeniero algún día, entonces vendré y me casaré con ella.
– Entonces primero estudia, saca buenas notas y logra que no te aplacen en los exámenes. Después pretende mirarla.
 
2. Ensayar
en la Banda de Guerra
 
Alfredo le ha dicho eso, atrevidamente y con riesgo a que le pegue. Nosotros lo miramos sorprendidos.
– ¿Y tú, por qué hablas tanto, ah? ¡De repente también estás enamorado de ella!
– ¿Y quién no? –Interviene quien casi nunca opina–. Aquí todos están enamorados de ella, solo que nadie se atreve a hablarle.
– Yo conozco a uno que no dice nada, pero su corazoncito late a cien por hora, con fuertes golpes por dentro.
– ¡Y, ese eres tú, poeta! –Dice Lucho empujándome con el hombro, y sonriendo.
– ¡Ya, ya! No se metan conmigo que yo estoy callado y nada digo. –Replico tratando de defenderme.
– ¿Vamos a verla? ¡De repente pasa! –Sugieren.
– ¡Si ella nunca sale, salvo a la escuela! Solo querrás mirar el portón y el ventanal de su casa. –Añade Antuco.
– Algo es algo.
– A veces sale a comprar. –Dice otro–. ¡Vamos, por si acaso!
– Yo tengo que ensayar en la Banda de Guerra. ¡Adiós! –Me despido.
 
3. Una
estrella
 
Esta tarde, próxima al desfile, vamos a ensayar con redoblantes y cornetas de la nueva Banda de Guerra, comprada en Francia por los hijos de Santiago de Chuco residentes en Trujillo y Lima.
Una tarola mayor, cinco tambores de aros rojiblancos, seis cornetas fulgurantes y un clarín.
La tarola mayor, aquella que dará la orden para iniciar o callar a la banda, es delgada y reluciente, toda plateada, con el brillo sereno de un lucero, con el cuero liso y resonante, que no puede ser sino de un animal divino.
El profesor, después de una arenga y nosotros con el rostro hacia el frente y sin mirarle a él sino a un horizonte imaginario, nos asigna los instrumentos.
Nadie sabe si le tocará alguno de los nuevos que han llegado, o de los viejos. Abre la faja de cuero, avanza y se detiene delante de mí. Con la banda abierta la cruza sobre mis hombros y mi pecho.
– ¡La tarola mayor la tocarás tú! –Dice
Para mí es como si recibiese una estrella.
– ¡Gracias! –Balbuceo.
 
4. Las cornetas
con sus notas
 
Tocar la tarola es como entrar en el fragor de una batalla. Es hacerse cargo de un destacamento de combatientes que arremeten y entran al ataque con pasos guerreros.
Oyéndola, las tejas de los techos resbalan hacia abajo y las paredes de las casas se abomban de emoción y de miedo.
Silvia es Brigadier General de la Escuela de Mujeres. ¡Cómo late el corazón al verla pasar, alta y seria con su blusa blanca y su falda de pliegues perfectos!
Hoy día por la mañana, a primera hora, la Escuela en pleno está lista para iniciar el desfile. En columnas de a tres formadas las secciones.
– ¡Compañías! ¡Atención!
– ¡Marchen! –Atruena la voz del director.
Dejamos caer las baquetas en los redoblantes al mismo tiempo que las cornetas atruenan el espacio con sus notas puntiagudas. Todos damos el primer paso y al unísono las tres cuadras de estudiantes, marchan para tomar el emplazamiento en la Plaza de Armas.
 
5. Se tensan
los cuerpos
 
La gente se arremolina para vernos pasar con los estandartes en alto.
– ¡Así muchachos! ¡Así!
– ¡Así se marcha! ¡Así!
Detrás, nuestros compañeros de la escolta asientan firme el paso en las piedras disparejas.
Terminada la misa y los discursos, somos los primeros en avanzar por la vía del jirón donde están las tiendas de comercio. Damos la vuelta e ingresamos por la calle principal rumbo a la Plaza de Armas. Frente al Municipio está la tribuna oficial con las autoridades en pleno.
Dos cuadras antes la multitud espera abarrotada, con los ojos brillantes de entusiasmo, con escarapelas en el pecho y banderas en la mano.
Antes de entrar a la bocacalle de la plaza se hacen las últimas arengas.
– ¡Banda de Guerra! ¡Listos!
Todos los que tocan tambores tensan sus cuerpos con los brazos en alto. Los que tocan cornetas las levantan y las hacen girar tres veces con la mano revolviendo los banderines y acercando la boquilla a los labios que se los enjugan y los carrillos se inflan.
 
6. Dora el sol
del mediodía
 
– ¡Paso de desfile!
– ¡Marchen!
Las cornetas estallan mientras el parlante se desgañita diciendo:
“¡Inicia el desfile la Banda de Guerra de la Escuela de Varones 271, ¡el glorioso Centro Viejo de Santiago de Chuco, la escuela donde estudió César Vallejo, Carlos Miñano Mendocilla, héroe de Zarumilla, Luis Felipe de la Puente Uceda caído en Mesa Pelada! Banda de Guerra que tomará su emplazamiento al lado de la tribuna principal.
Los nervios se tiemplan, las miradas se fijan al frente, los sentidos se crispan.
Mientras tomamos nuestro emplazamiento el parlante anuncia:
– ¡Ya se divisa el estandarte de la escuela de varones 271, el Centro Educativo que ha dado tantos hijos ilustres a la patria!
Se alza una nube de polvo que dora el sol del mediodía y en medio aparece la escolta. Seis muchachos espigados como juncos mirando a lo alto.
A la primera línea blanca, pintada sobre el suelo, la voz de quien lleva la bandera se oye como trueno y los otros levantan el pie más arriba de la altura de sus cabezas con un sonido parejo.
– ¡Esa es mi escuela! –Grita alguien desde lejos–. ¡Esa es mi escuela!
 
7. Giran
las cornetas
 
Detrás viene el brigadier. Con una voz que llega hasta las últimas filas, exclama:
– ¡Paso de vencedores…! ¡Marchen!
El suelo donde estamos parados, se estremece. De la tribuna, hombres y mujeres con los ojos iluminados, aplauden entre el fragor de las cornetas. De los balcones caen nubes de flores.
Los estudiantes van marchando con paso victorioso. Cada pie cayendo en el suelo coincide con el golpe que damos en el redoblante y el latido de nuestros corazones.
Detrás vienen las secciones en columnas de alumnos que desfilan con paso metálico y parejo, mientras la gente se arremolina a los costados.
Terminado el desfile de nuestro plantel, a una cuadra de distancia enfila la escolta de la Escuela de Mujeres 272.
“Y ahora hará su paso otro emblema de nuestra provincia donde se forma lo mejor de nuestra niñez y juventud femenina”.
Seis alumnas vestidas con uniforme azul y guantes blancos avanzan con el Pabellón Nacional. Giran las cornetas haciendo sonar sus acordes.
La escolta acompasa sus pisadas, y en la primera línea blanca marchan con un movimiento parejo y cadencioso, la cadera y el busto tirados hacia adelante.
 
8. Los tambores
trastabillan
 
– ¡Bravo! –Gritan desde las tribunas–. ¡Bravo!
Hacia el fondo el polvo es una niebla transparente que deja ver filas perfectas de brazos que se alzan regularmente.
Adelante va la Brigadier General. El rostro erguido, la boina levemente echada para un lado, los guantes y el bastón deslumbrantes.
¡Es ella, Silvia! Avanza solitaria. En la primera línea de tierra blanca levanta el bastón hacia lo alto.
Nosotros reventamos los redoblantes marcando el compás también con los pies y elevando las rodillas a la altura de la cadera, sin movernos de nuestro sitio.
Al tiempo que baja su bastón, tendiéndolo hacia un costado, voltea el rostro enérgico.
Allí siento sus ojos en mis ojos.
El corazón me palpita intensamente, pierdo el compás y los tambores trastabillan.
A los golpes alocados de mi pecho y mi tarola los redoblantes también caen en falso y se produce un desbarajuste.
El maestro voltea rápidamente y mirándome marca con su varita el compás, alzando los brazos y recuperando el ritmo y el paso marcial de la Brigadier de la Escuela de Mujeres.
 
9. Alero
que se quiebra
 
Levemente puedo ver en aquel rostro hermoso un mohín de sonrisa.
Terminado el desfile y bajo el sol de julio caminamos por las calles empedradas con los tambores ya en silencio.
Tengo una sensación de culpa, por un lado, y por otro una emoción profunda embargando mi pecho.
– ¿Qué pasó con el compás? –alcanza a decirme el maestro.
– Creo que tuve un desvanecimiento –consigo decirle.
En el salón donde guardamos los instrumentos desenfundo la correa que me atraviesa el hombro, aflojo las mariposas de la tarola a fin de destemplarla. Acaricio los aros plateados.
Salgo entre los últimos, cuando las calles están desiertas…
Camino cabizbajo y absorto.
Al voltear la esquina de la botica distingo a lo lejos a Silvia. Está en el pórtico de su casa.
Yo camino por la vereda de enfrente e impulsado por una fuerza que no entiendo, paso a la vereda pegada a su casa, donde está ella.
Estando ya cerca, nos miramos. Ella serena, pero pálida como un alero que se quiebra.
 
10. Estallan
todas las flores
 
– ¡Hola Silvia! –digo, deteniéndome. Ella sonríe, creo que al oír pronunciar su nombre como yo lo he pronunciado.
– ¡Hola! –Responde. Silencio. Las miradas aletean prisioneras sin poder moverse ni abrir sus alas.
– Ustedes marcharon muy bien esta mañana. –Prosigo.
– ¡Ah! Y, ¿por qué dejaron de tocar cuando pasamos?
– Fue culpa mía, digo sin dejar de mirarla–. Me equivoqué en dar los compases.
– ¿Siempre te distraes? –Dice traviesa.
– No me había ocurrido antes. Ni volverá a ocurrir, porque no volveré a tocar en la Banda de Guerra. –Ella se apena.
– ¿Qué pasó?
– Yo mismo lo he decidido.
Sus ojos se ponen serios e inmensos. Nos quedamos largo rato mirándonos.
– ¿No crees que también ha sido culpa mía? –Dice.
No sé cuánto tiempo estuvimos con los ojos de uno, empozados en los ojos del otro.
– ¡Te quiero! –Balbucea.
Y echa a correr, desapareciendo tras las rosas, las hortensias y limoneros del patio de su casa. Y luego veo su sombra cruzar como un hálito y desaparecer por su corredor, dejándome solo, mirando desde afuera aquel patio inmenso, con un jardín donde estallan todas las flores.
 
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