lunes, 9 de enero de 2017

“EL OJO Y LA PLUMA", PALABRAS (I) RACIONALES: UNA DOLOROSA PÉRDIDA - POR MELACIO CASTRO

Melacio Castro y José Ramos en Frankfurt

“EL OJO Y LA PLUMA", PALABRAS (I) RACIONALES: UNA DOLOROSA PÉRDIDA

Por Melacio Castro

En enero 9, 2017

Desde que a comienzos de la década de 1990, recién en Essen (Alemania) entramos en contacto directo, a José Dámaso Ramos Bosmediano se me ocurrió llamarle «Sangama». «¿Por qué?», me preguntó. «Porque tus discursos», respondí, «familiares a mis oídos desde los primeros años de la década de 1980, suenan a historia, a sueños y a utopías. Si el protagonista de la novela Sangama es un andino que  actúa en la selva, tú eres el Sangama selvático que atravesó la sierra, desposó a una andina y desde la costa decidió actuar por el bien del Perú».

Llegó a Düsseldorf en vuelo aéreo que pasó por Amsterdam y apenas puso pie en tierra, expresó: «¡Qué bruto aeropuertazos que tienen Holanda y Alemania».

Desde julio de 1980, el primer secretario general del Sindicato Unitario de la Educación del Perú (SUTEP), Horacio Zeballos Gámez, me encargó la función de «representante del SUTEP para Europa», y el viaje a Alemania de José Dámaso Ramos Bosmediano en su condición de secretario general del SUTEP, estuvo coordinado desde Essen por mí. De idéntica manera que Horacio Zeballos Gámez, «Pepe» Ramos y yo creíamos necesario el intercambio de experiencias y el fortalecimiento de las relaciones del SUTEP con el Sindicato de Educación y Ciencia (GEW), gremio que integra a amplios sectores del magisterio y de las ciencias de Alemania.

El sindicato GEW tenía, y sigue teniendo, su sede central en Frankfurt del Meno. José Dámaso Ramos Bosmediano nunca lo entendió. Para él las centrales sindicales, o sedes de las organizaciones más importantes de Perú, se encontraban en la capital, Lima, y Frankfurt era, para él, unas veces Bonn, la entonces todavía capital de la República Federal de Alemania, y otras veces Berlín, la histórica, y actual, capital de Alemania.

«Alemania es una selva», apreciaba José Ramos cuando, a causa de tanto edificio de cemento y de vidrios «de nunca acabar» (palabras suyas), se desorientaba. Él, original de uno de los pueblos selváticos que una u otra vez fue barrido por las aguas, consideraba una barbaridad la «desaparición de los parques urbanos por los mazazos del cemento».

–Ahora que confundes la «selva» que significa Frankfurt con Bonn y Berlín y al mismo tiempo puedes atestiguar de paso cómo la naturaleza, transformada por el avance industrial, tal cual nuestra selva, muy a pesar de todos los «Sangamas», no escapa de ser destruida ni en Alemania, ya estás en condiciones de entender por qué tú para mí constituyes casi otro Sangama.

–Sí, ¿di? –concedió.

«Pepe», recuerdo haber agregado, «en diciembre de 1969, durante el sepelio de José María Arguedas, entre los escritores, músicos y otros artistas que en la calle se dieron encuentro, conocí al general, abogado y escritor Arturo Hernández del Águila». «¡El genial autor de la novela Sangama!», me interrumpió.

«Dos o tres días después del acto fúnebre dedicado a Arguedas –continué–, Arturo Hernández del Águila tuvo la amabilidad de reunirse conmigo en la Plaza San Martín. ¡Para mí, un privilegio! En su compañía, fui a una cafetería a disfrutar de un café y después de que le confesé haber leído Sangama, su maravilloso libro, le di a leer unos versos míos. “Son versos”, le expliqué, “con los cuales, leyéndolos de plaza en plaza al público, como lo hago ya apenas caídas las noches en la plaza San Martín, espero ganarme las propinas necesarias que me permitan hacer caja de modo que pueda comprar mis pasajes y mis alimentos entre Perú y México».

–¡Explícame eso! –exigió el general y escritor.

–Sucede que carezco del dinero que me exigen los estudios a los cuales me gané el derecho en la Universidad Nacional de Trujillo y, por lo demás, envuelto en un drama amoroso, me metí en un lío policial. Necesito abandonar «la patria» –sinteticé.

–¿De dónde eres? –consultó Arturo Hernández.

–De Caín, un caserío costeño de La Libertad, fuente y mano de obra cajamarquina de las haciendas del valle Jequetepeque. Mis padres, analfabetos como casi el noventaicinco por ciento de la población de Caín, son andinos de los campos de San Gregorio, distrito de la provincia de San Miguel –confesé.

«Sin pelos en la lengua, describí a Arturo Hernández –expliqué a José Dámaso Ramos Bosmediano– la miseria de mi pueblo y de mi situación, y las intenciones de mis propósitos de dejar el Perú».

–Tus orígenes familiares y las condiciones de vida de los andinos de los campos de San Gregorio y de Caín, son algo similares a mis orígenes familiares, sociales y culturales –declaró el escritor.

Su pueblo, confesó, se llamaba Sintico, situado en los campos de Requena.

«Sintico», declaré a José Ramos, «me sonó y me sigue sonando a poesía».

–¿Hiciste ese viaje? –consultó «Sangama».

–«¿Lo lograré?», pregunté a Arturo Hernández del Águila, y nuestro literato, un hombre que llegó a ser soldado de casualidad, se rebeló con las armas en la mano para exigir del gobierno de entonces mejorías sociales, económicas y culturales para el departamento de Loreto, opinó: –«Si no das marcha atrás, lo que te espera es una selva de experiencias y yo siempre he pensado que vivir mucho es la base fundamental para inventar menos y para escribir más, y mejor».

¡Para mí, aquellas palabras fueron un gran aliento! Auxiliado, en efecto, por la enana economía que me aportaban las lecturas de mis versos, a las cuales en Canadá, Estados Unidos de América y España agregué algunas ocupaciones manuales, viajé por cuarentaiocho países. Después de tres años volví a Perú, reinicié mis estudios universitarios en nuestra UNT (Universidad Nacional de Trujillo) y al término de los mismos, nuevos líos, de carácter político, me obligaron a dejar por segunda vez el Perú. En Alemania, sin embargo, las luchas de los pueblos latinoamericanos siempre me tuvieron practicando la solidaridad con sus reivindicaciones.

–¡Tienes que escribir tus experiencias! –exigió José Dámaso Ramos Bosmediano.

La práctica de la solidaridad con los pueblos, aprendí, enfurece a los déspotas. Durante la época de Alberto Fujimori, muchos peruanos fuimos castigados por asumir, entre otras cosas, la defensa de los derechos humanos, con la pérdida de nuestra nacionalidad. Walter Lingán Ramírez tuvo el raro «privilegio» de encabezar la lista de los despojados de nuestro documento de identidad nacional, leída por el propio déspota para la entonces servil televisión peruana. A aquella primera lista le sucedió una segunda, en la cual estuve incluido yo. Al enterarse del hecho, José Dámaso Ramos Bosmediano, pleno de indignación, preguntó: «El asiático Fujimori, ¿acaso es peruano?».

Parte del trabajo de solidaridad con las luchas populares de Perú constituía la organización de conciertos musicales. Manuel Prado Alarcón, «Manuelcha», el brujo de la guitarra andina, invitado por mí a  un concierto en uno de los teatros de Frankfurt del Meno, la tierra oriunda de Johann Wolfgang von Goethe, devino, junto a José Dámaso Ramos Bosmediano, en testigo de cómo, a escasas cuadras de la casa-museo del autor de «Fausto», una familia que acababa de mudarse había depuesto sobre la vereda de una calle, entre otros, muebles, ollas, tazas, cucharas y cuchillos en perfecto estado de utilidad.

–Si ustedes desean –anuncié a «Pepe» y a «Manuelcha»–, pueden llevarse estos «roches».

La sonora risa ante semejante ocurrencia contribuyó a que cada cual se animara y tomara algo de lo que creyó oportuno.

–¿Serán la vajilla que usó Goethe? –preguntó Pepe.

– Debe ser más bien –opiné– la vajilla de que se sirvió Mefistófeles.

Calmados los ánimos, José Dámaso Ramos Bosmediano preguntó:

–¿Por qué aquí, en Bonn, no vamos a ver algún Pueblo Joven?

– Estamos en Frankfurt del Meno, Pepe –respondí– y tanto aquí como en Bonn, y en Alemania en general, los Pueblos Jóvenes no existen.

–La riqueza y el bienestar de los países desarrollados –agregó él– se basa en la pobreza y en la ignorancia de nuestros países, ¿di? Antes de ser llanta, lo que mueve a los autos era caucho y el caucho es de origen selvático, y antes de ser cuchara de plata, «el roche» que he recogido fue metal bruto traído de algunas de nuestras minas.

Apelar a la historia llevaba a José Dámaso Ramos Bosmediano a explicarse las causas de nuestros «atrasos» económicos, sociales y culturales. A partir de aquella explicación forjaba él sus fascinantes «sueños» y sus «utopías».

–La selva, hermano –me dijo en una de sus agradables conversaciones– no solo ve perder, en favor de los monopolios, sus recursos naturales sino, algo de que a mí más me duele: sus lenguas y sus culturas originales.

–La política oficial peruana –agregué– concibe a la selva como a su colonia. De cuando en cuando, el Estado peruano manda a poner orden allí a sus «corregidores» y a sus «inquisidores». Por ello mismo, sin las luchas populares por la justicia que se dan en la sierra y en la costa, la selva no puede ser alzada ni a la libertad ni a la paz con cultura y justicia social –sugerí.

–Hermano, ¿estuviste en la selva? –preguntó.

Un tanto avergonzado, le confesé que no. «Todavía no», subrayé esperanzado de poder, algún día, subsanar una de mis deficiencias.

Me miró, me abrazó, dijo comprenderme y me invitó a visitar, entre otros, Contamana e Iquitos.

– Pepe, ¿por qué no escribes acerca de los sucesos relacionados con la selva que a ti más te duelen?

–Cuando cumpla los setenta años voy a sentarme a escribir el libro que hace años llevo ya en la cabeza–,me prometió al despedirnos.

Cuando supe que acababa de ser hospitalizado, lo llamé por teléfono. Deseaba alentarlo. Se negó a hablar de sus males. Me preguntó, más bien: «¿Terminaste de escribir tu novela El hombre de Rupak Tanta?». Le dije que sí y él, exigente, me pidió le enviara el texto. «Será tu mejor aliento y, de paso, me permitirá pensar en otras cosas que no sean mis males. Oye, tienes que publicarla. ¡No, no sigas escribiendo para el cajón! ¡Mándame el manuscrito: escribiré unas palabras para la contratapa!», exigió. Por respeto a la gravedad de su situación, y esperanzado en que la superaría, obvié su súplica. «El hombre de Rupak Tanta», mi segunda novela según mi calendario, fue publicada en España en abril del 2015, con una contratapa del médico y escritor Walter Lingán.

La muerte nos arrebató a José Dámaso Ramos Bosmediano el 24 de diciembre del 2012. Para mí, una dolorosa pérdida.
 
Fuente: 
 
Link tomado de ViceVersa Magazibn, Minessota, USA, 09/01/ 2017:
 

Por cortesía del escritor Ángel Gavidia Ruiz

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