martes, 13 de abril de 2021

ÉTICA Y REDUCCIÓN EIDÉTICA EN ÁNGEL LAVALLE DIOS - POR VÍCTOR RAÚL ARRUNÁTEGUI ALDANA


 

ÉTICA Y REDUCCIÓN EIDÉTICA EN ÁNGEL LAVALLE DIOS

Por Víctor Raúl Arrunátegui Aldana (*)

 

YO MI YO

Autor: Ángel Lavalle Dios

Sé y conozco

Que vibra cual fibra

Aquello que es no

Yo de mi yo

Si Lira entona

Con sentimiento y rasguea

El velo del ser que soy

Yo por mi yo

Gozo yo de contento

Nunca sabrán de lamentos

Siempre buenos hermanos

Yo con mi yo

Cada cual somos espejo

De nuestra propia verdad

Mi yo la canta en versos

Vivo yo cruda la realidad.

En su ficción, el poeta Lavalle, consciente o inconscientemente, nos sumerge en el mundo de la ética aristotélica, así como en el intrincado terreno de la filosofía fenomenológica que tiene en el filósofo Edmundo Husserl su más conspicuo representante.

En la primera parte de la poesía nos dice: “Sé y conozco”; aquí expresa una percepción interna, considerándose como evidente, adecuada e infalible. Esta percepción según Husserl es indubitable, adicionando a este proceso cognitivo el acto de la aprehensión como algo existente y real. En esta relación de vivencia el poeta nos dice: “Que vibra cual fibra”, manifestando su algarabía y éxtasis que emerge desde lo más hondo de su ser existencial, pero también nos afirma: “Aquello que es y no”; al respecto el filósofo B. Russell, que en su doctrina exhibe una marcada influencia fenomenológica, sostiene y explica que la aplicación del “No yo”, ”El yo y el no yo” como dice también el poeta, es posible lograrla mediante la contemplación o vida teorética, categoría filosófica

considerada por Aristóteles, quién sostiene: “Que esta forma de vida es en cierto sentido superior a la condición humana y sólo es posible en cuanto hay algo divino en el hombre”. Pues, evidentemente lo dicho por Aristóteles, son las capacidades, potencialidades y virtualidades inherentes en el ser humano. Estos atributos humanos - qué duda cabe-, nos permiten realizar hechos maravillosos y extraordinarios en el acontecer de nuestra vida. En efecto, en esta primera parte concluye el vate cantando: “Yo de mi yo”; que significa un acto de existencia, de afirmación, justificación e identidad a su individualidad, o para consigo mismo.

En la segunda parte nos declama ensimismado: “Si lira entona”, “Con sentimiento y rasguea”, “El velo del ser que soy”, “Yo por mi yo”. Nuestro poeta nos recita con cánticos mediante su lira el Ser que es, con un sentimiento de excelsitud y plenitud subliminal, pero a la vez cubriéndose o guarneciéndose con un manto, a fin de obviar las vivencias o realidades contingentes, mostrando su Yo puro como una pertenencia a un conocimiento universal, tan puramente contemplativo, cuando dice: “Yo por mi yo”. En esta misma perspectiva Husserl afirma que “estas vivencias resultan que son mías” extendiéndolo “a mi yo”. En este extremo advertimos que el ser humano es un sujeto psicofísico, Husserl ante este hecho reacciona y lo convierte en Ser inocuo, un Ser no histórico que solo le queda el “Yo puro”, “Un foco de haz”, son las “vivencias de la conciencia pura”. Luego el pensador da un paso más, elevando estas vivencias hacia las “esencias”. Este proceso se conoce en la filosofía fenomenológica, como Reducción Eidética.

En esta tercera parte el poeta Lavalle, manifiesta una vez más su felicidad cuando proclama: “Gozo yo de contento”, “nunca sabrán de lamentos”, aquí en estos versos advertimos una majestuosa armonía vivencial intrínseca, entre la ética aristotélica y la filosofía fenomenológica Husserliana, diríamos una especie de Eclecticismo. En la ética aristotélica “la felicidad es la plenitud de la realización activa del hombre, en lo que tiene de propiamente humano”. En esta encrucijada ética se adiciona la noción del Bien, que el estagirita lo define como “El fin último de las cosas y, por tanto, de las acciones humanas”, trascendiéndola a la jerarquía de Bien supremo, y esta doctrina del Bien es parte constitutiva de la felicidad. Luego en estos recintos de sueño y perfección que nos dignifican y solventan, viviendo otra vida más rica, más intensa, más libre, más imaginativa, de gran alborozo y plenitud no cabe el dolor, el lamento ni los gritos de horror como las almas en pena condenadas, en algún círculo del infierno que el poeta Dante Alighieri nos describe tan maravillosamente. En esta parte del poema continua declamando: “Siempre buenos hermanos”, significa una expresión de solidaridad y de adhesión incondicional a la dignidad de la persona humana. Además, el poeta nos dice en esta parte: “Yo con mi yo”; y, es, ahí donde se produce el enroque majestuoso armónico, llevándonos al campo fenomenológico al producirse una vez más, una aguda coincidencia con la ética

de Aristóteles que se traduce: -“Yo con mi yo”-, en la esencia de las vivencias a priori, vivencias de una conciencia que no es empírica, sino pura al describir objetos ideales. Se trata asimismo, que la imparcialidad de la contemplación no solo amplia los objetos de nuestro pensamiento, sino también los objetos de nuestras acciones y afecciones, es la liberación del vasallaje de las esperanzas y temores limitados.

En la parte final de la poesía nos espeta cuando dice: “Cada cual somos espejo”, “De nuestra propia verdad”. El vate establece una individualidad de carácter específico de la historicidad individual, en el sentido que cada cual, es lo que es, cada quién está dotado de una configuración única, luego continúa encantándonos: “Mi yo la canta en versos”, se refiere a la reafirmación de su “Yo” musicalmente cantado en versos. De otro modo, es el espíritu inmanente y trascendente del poeta. Su proyección intrínseca hacia la infinitud. Siguientemente en el último verso nos aflige: “Vivo yo cruda la realidad”, en este contexto se genera una contradicción, algo así, como el principio Hegeliano de la negación de la negación, ahí no expresa sentimientos de gozo, ni de satisfacción, tampoco ausencia de lamentos, contrario sensu nos grita el tragidrama existencial del hombre cuando nos canta, por un lado: “Gozo yo de contento”, luego después desesperanzadamente en tono agónico, nos proclama: “Vivo yo cruda la realidad”, es decir el abismo cada vez más profundo que se ha abierto entre el ser humano y el mundo natural, entre el individuo y la trama sociológica en que se halla atrapado. Es el lúgubre absurdo de la existencia humana.

· Posdata: 

El comentado poema “Yo mi yo”, Ángel Lavalle Dios lo escribió el 2020 por el Día del Poeta peruano. La poesía es un género que nos permite mirar con otras anteojeras el contexto de la realidad, señalándonos con su palabra eficaz, lo que podría acontecer y orientando su mirada inquisidora más a lo universal. Bueno es destacarlo en estos tiempos en que las letras son tan venidas a menos, debido a que la vorágine tecnicista y cientificista del hombre de hoy, nos ha conducido a “tiempos revueltos” o “tiempos de confusión”, como dice el historiador inglés A. Toynbee.

En este 2021, expreso mi saludo fraterno a todos los poetas peruanos, a la Casa del Poeta Peruano, a los artistas del mundo; y mi homenaje póstumo a Charles Baudelaire por el Bicentenario de su nacimiento quien, en su tiempo, sufrió la censura de sus “Flores del mal”, prohibiéndosele por razones de moral puritana e intolerable.

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(*) Profesor de Filosofía y abogado.


 

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