domingo, 9 de mayo de 2021

EL SOLDADO DE PLOMO - HOMENAJE A LA MADRE - POR SAMUEL CAVERO GALIMIDI, PRESIDENTE DE AEADO

 

 
EL SOLDADO DE PLOMO

Autor: Samuel Cavero Galimidi

Yo soy el soldado de plomo que quisiste, Madre,

hoy cuido de tus tesoros.

Yo soy el niño de siempre, Madre,

Artesano de mi futuro sin Tierra Prometida

que es el último refugio de tu paz,  y la mía.


Hoy, sin Ulises estoy soñando mi Ítaca

con la dama relámpago que cuidó de mí,

que me acercó a este mundo de Nemo.

“¡Eras tú, Madre!”    “¡Eras tú!”


Tenías las manos cárdenas, avejentadas

y yo, un tamboril en forma de jarra

cuyo fondo  milenario estaba cubierto

de algas y líquenes, pequeño templo

de tus sempiternas lágrimas.

Madre, escucha madre,  mi Mar, mi Cielo:

Yo soy el soldado de plomo, sí el marinero,

el navegante que despediste

cuando se fue a la guerra

y hoy, cansado de tanta escaramuza,

de juegos de guerra,

de tanto navegar por los Siete Mares,

vengo a saludarte,

a besar la huella de hiel en la tumba ceniza

cara a cara con el juicio final

y no menos a decirte

siempre consternado,

hastiado de tragar  tanta sal

en la dulce  espera de tu resurrección,

infatuado ya de rezos y de falsas proclamas:

“Alma mía, sumérjase por fin en paz”.
 
 
 Email: cavero2012@hotmail.com
 
Samuel Cavero Galimidi, presidente de AEADO

NECESARIA DECLARACIÓN TESTIMONIAL - POR CARLOS GARRIDO CHALÉN, PREMIO MUNDIAL DE POESÍA

 

 
NECESARIA DECLARACIÓN TESTIMONIAL
.
(Del Poemario "El Sol nunca se pone en mis dominios,
Ganador de la I Bienal Nacional
"Casa del Poeta Peruano" 1992)

Carlos Garrido Chalén

Aunque a nadie le interese
yo nací en el Norte mágico de un país llamado Perú:
viajero incógnito en todos los mapas del planeta:
pero confieso que no me dolieron en aquel entonces
los dolores de parto de mi madre como ahora
que intento sobrepujar con sabiduría los recelos
y de gozar lo que es mío en esperanza.

Nací en forma individual y por primera vez
al final de un arco iris,
justo el día en que se inventó el incendio
y fui tea para encarrujar
la vieja oscuridad de los cerezos.

Y siempre digo:
qué tal grandeza de mi madre
que pudo con tanto nacimientos sucesivos.
Y fui el primero en llegar a su tierra de promisión
y conmigo vino Dios a pasar sus vacaciones en mi tienda
y subidos en los botes anclados en los muelles
nos íbamos en oración hacia alta mar
para pedirle explicaciones a la brisa;
y los pescadores nos imaginaban sus colegas
y compartían nuestro júbilo gitano.
Por eso de ese parto no me voy a olvidar jamás,
ni de los grillos que a las 8.30 de la noche orquestaban mi arribo,
mientras mi Padre, todo él,
con sus ojos vidriados por el llanto
le decía a mi Madre que la amaba.

De todo, lo aseguro, yo me daba cuenta,
y sabía en mis adentro que no estaba solo,
que venía, es cierto, a un mundo trágico y hostil,
pero que ese era acaso mi designio.
No me puedo entonces haber rebelado por eso contra Dios
porque he bebido la gota de su cisterna
y lo raudales de su pozo.

Me tocó venir, y mi venida la he aceptado sin enfados
con la suerte de haber merodeado la nada y el todo
al mismo tiempo,
de saber que Dios vive en el nardo y el azafrán
pero también en el aire sin mácula
de todas las colinas.

Por eso repito que aunque a nadie le interese
yo nací en un pueblo pequeño de gente huraña pero buena,
y supo la casa de mi tía Targelia de historias benditas
que el viento nos contaba.

Mi hermano Hugo, el último de todos mis hermano,
no estaba ni siquiera en el proyecto austero de mi Padre,
pero ya lo conocía desde ante de mi arribo
y sabía de su genio de gruñón y su escondida ternura
de calandria;
pero él entendía que vendríamos a pulular en el dolor
y entonces se nos dio por complotar contra la muerte.
Pudo él haber sido el primero, pero fue el décimo:
Vino cuando ya América había sido descubierta
y mi Madre definitivamente conquistada por mi Padre.
Yo entonces fui el primero
y me tocó venir a la hora del grito, llegar aquí
a la hora del relámpago y del trueno
sin testigo numerosos que prealumbraran la mano santa
de la Comadrona;
y cuentan que un alacrán le puso misterio a aquella noche:
magia de procesión y de suspenso. Pero supe que en el mundo
hay venenos más mortales que los de aquel arácnido
de aguijones curvos
que nadaba regodeándose en mi cuerpo.

Y sobreviví a la muerte siendo un recién nacido
- como para no morirme jamás –
y disfruté escuchando los parecidos que me encontraban:
unos decían que era igualito a mi Padre y otros que a mi Madre;
algunos me encontraban semejanzas con mi Abuela
(la mía por si acaso).
Yo sabía que me parecía a mí mismo
y que era distancia
de mi propia distancia.
Pero de qué sirve a la vida que uno se parezca a alguien
si el parecido no vale de nada cuando se está solo,
cuando la tristeza llega al corazón y nos muere la zozobra.

Por eso no asisto ni a mi propio cumpleaños
para no parecerme ni a mi sombra.
Soy hijo de quien soy y punto. Estoy
buscando un nombre bíblico
para el perro que tendré algún día
y quiero que mi molino muela para mí y para mi vecino.

He venido a este mundo cargado de regalos y de viejas consignas
y aunque Dios no necesita de slogans ni de discursos políticos
para ser un líder en la Gloria,
me he traído de sus muchas moradas sus gritos de insurrección
para incendiar las praderas.

Y heme aquí
Corsario en un buque que contrató el cuchitril
para navegar la noche de mi pueblo;
de ese pueblo lindo pegado al mar
de cerros encantados y nereidas.
Allí aprendí a saludar y respetar a mis mayores
y bajo el runrún belicoso de las olas espumosas
me convertí en héroe de mis propias batallas.

Muerto y vivo. Caído y levantado.
derrotado y triunfador al mismo tiempo,
soy a veces una luz intermitente que se extingue
pero también una metralla disparada al dolor
y una canción de cuna cuando me enternezco.
Galardonado aquí y allá, nadie no obstante
distingue mis medallas
ni me sale a recibir cuando yo llego.
Y allí están mis diplomas despintados
hablándome soberbios de mis triunfos pasados
que al mundo no interesan
y están también
mis blancos escarpines de niño
pintados con cauchín
con los que marchaba en los desfiles de mi escuela;
están mis cartas de amor que nunca llegué a remitir
por falta de destino,
mi cerda de pescador, mi caballo de totora y mis colores Faber
con los que pintaba a Dios subido en una nube.

Todo está allí como reserva de mis buenos tiempos:
como una atalaya desde cuya altura un clarividente
deletrea frases proverbiales para el tiempo,
mientras yo, abajo del talud,
con mis ojos triste profetizo.

Me hago a la mar sin mar de fondo que contenga mis iras
y sin secretos posibles que ocultar cuando me muero.

Adónde estará la casa donde nací
adónde sus cerezos.
Adónde morará insomne mi primer grito de libertad
sino tengo ahora voz que repita en eco
palabras importantes;
si ahora voy mí mismo y encuentro que ya me he ido,
solo, cabizbajo, buscando en la heredad del espino
una palabra amiga que acaso me comprenda.

Adónde andarán Señor mis sueños de trovador
ahora que necesito cantar
y no hay manera posible de sobrevivir al canto,
ahora que necesito vivir y no hay quien comprenda
que para vivir se necesitan dos
y yo estoy solo.

Pero la aurora canta ahora el idioma de la restauración
y hay un Dios monologando con el viento
que en la mitad del discurso se percata que existimos
y voltea la mirada para vernos.
De modo que no todo está perdido
(aunque parezca que estoy aquí como si saliera
un poco movido en la fotografía
y con mi corazón en huelga de hambre).

Allí está para demostrarlo mi Madre que a sus 50 y tantos años
sabe de la ilusión y la comparte con nosotros,
mi Padre que registra en sus ojos verdes el paisaje
de esa tierra inmarcesible que forjaron
nuestros viejos pioneros en la bruma;
está ella, con su voz de acero,
buscando un horizonte de amor en mi ternura.

Y yo que no quería nacer
estoy jugando con la sombra
de mis caídos abuelos que se fueron,
y porque tras de ahora vine lo que fue antes
(y antes fue lo que será ahora)
sé que es dulce el tañer, dulce el cantar, dulce el escuchar;
y no me importa que contra mi agucen sus ojos pájaros extraños,
se junten para entregarme si pena a los impíos,
me rodeen sus flecheros o cubran de polvo sus escudos.

No rebusco rencores ni recojo agravios
ni blando mi espada vengadora
por que aún los moradores de mi casa no me tienen
por extraño
ni la hiel de las áspides penetra en mi torrente.

Lo único que sé
es que el sol nunca se pone en mis dominios.

Voy a mi pueblo, antes que lo devoren los años
transcurridos
y la saeta traspase su corredor y consuman su fuego
los fantasmas
y le pido a dios que tolere el temblor
que estremece a mis manadas,
que aquí está, escuchen, el tamboril, la cítara y la flauta,
los huesos regados de tuétano y las vasijas repletas de miel
para las viudas;
que no me turbe el espanto repentino poniendo palabras
innecesarias en mi corazón.

Yo quiero que ahora me llamen por mi nombre
para tener cobertura contra el frío
hoy que en la ciudad dicen que gimen los moribundos
y claman las almas de los heridos de muerte en la batalla.

Sólo soy un viento
que aviva el fuego tembloroso de mi exilio
y ante los demás pongo por testigo a mis obras concluidas.
Y aunque hasta ahora no sé para qué sirve una ventana
y todo me preocupa
no bebo cerveza al final de algún combate
en el cráneo de mis vencidos enemigos.

Estoy repleto de hasta luegos que invaden el crucero.
Por eso busco en los sábados en que me abate la tristeza
el territorio conquistado de mi infancia
para ser más bueno;
y porque en cada tumba hay un adiós que se repite
con el escudo de mi fe avanzo
a favor del viento
o contra el viento
y me anticipo a aquel despido que se acuna en las grupas
de la muerte,
y me voy por las aguas de la normalidad
en mi barca invisible
para encantarme en sus oleaje, a como de lugar,
seguro de ser un trovador de puerto y un cantor de puna.
Si mi prójimo me deja confuso, soy sabio:
consulto el caso con mi corazón
y entonces pienso que lo peor que me puede pasar
es sentirme ausente.

Viajo porque soy un viajero sin pasaje comprado
que transcurro a dedo los recodos ignotos
pero si me preocupan que un día los diarios anuncien
la blasfemia de que Dios ha muerto.
Y digo: primero yo Señor, para no ver a tus enemigos
con su risa a lo Perro Pulgoso diciendo:”Ya ven
que el hombre no era inmortal”.
Y si así sucediera, prepara todo Señor
para que la noticia no trascienda
y no caigan los dogmas ni tantas dignidades,
para que el que planta y el que riega
sigan siendo una misma cosa a la semilla.
Porque tus enemigos son también mis enemigos:
a ellos – que los traspasarás con tus saetas –
los supongo, pero gracias a ti no los conozco
ni me interesa conocerlos.
Sé que diariamente complotan para llevarme al cadalso,
hablan de mí, me inventan cuentos y en su fanático delirio
sueñan con verme metido en un destartalado ataúd
extinto para siempre
pero jamás les hice nada
y como no conozco el odio los ignoro.
Los míos sin embargo me salvan de la muerte diariamente,
se enfrentan por su propio riesgo al enemigo,
me llaman a la reflexión y prueban que me aman
y me nutro del amor de todas sus edades,
y salgo a la calle convencido
que no encontraré al diablo
hurgando en mi futuro;
cruzo las veredas pensando que el mundo es mucha más
que un lodazal y me enternezco
y porque soy poeta y entonces hombre
me conmueven las calandrias
que vuelan mi ciudad
limpiando el Cielo.

Por eso, a mis enemigos los supongo,
pero gracias a Dios no los conozco.
No vale la pena conocerlos.
Dicen que vienen a mí con sus armas en ristre
con un yugo de hierro sobre el cuello
dispuestos a vencerme
pero tengo la espada de mi amigo de arriba
debajo de mi almohada.
Como el trillador, bieldo en mano, separo la paja del trigo
cuando quiero,
y la gracia del que habitó en la zarza me defiende.
Jamás contraté guardaespaldas porque guardianes invisibles
- con su fuerza de búfalo –
me cuidan el camino
pero puedo enfrentarlo sin su ayuda
en el día y hora en que me reten
y embriagar con la sangre de los muertos mis saetas.
Porque el viento y las olas siempre fueron
a favor del que sabía navegar.

Soy pacífico en tiempos de paz, pero guerrero comprobado
- gente de guerra – en tiempos de combate
y no le tengo miedo al polvo del desierto
ni a la bruma renegona del ocaso.

Yo conozco el amor y eso me basta.
Ninguna puerta entonces debe estar cerrada
Y cada vez me convenzo más que existe un Dios
saliendo de la cárcel en la que todos pernoctamos
y que vendrá mañana vestido de púrpura encendida
a ver dónde nacimos.
Y yo le enseñaré el cerezo de Tucillal, la escalera de mi casa;
y convocaré sin prisa a mis abuelos muertos
para arreglar con ellos todos los entuertos.
Y entonces me olvidaré que esta piel que habito
me la prestó el invierno para no morirme de fantasma
e iré a mi designio con todos los vivos y los muertos que me invocan
para consignar tu nombre,
en el libro de la eternidad y del silencio.

No me he aprendido de memoria a Dios
para ufanarme soberbio que es mi amigo.

Su nombre me lo dio la tarde una mañana oscura de cansancio
y supe de su vivir cuando aún el arco no era iris
y yo era un simple nonato vagando en el espacio
exiliado en el runrún del trueno quejumbroso.

Conozco la playa de mi pueblo
como si la hubiera pintado de memoria
y a ella voy diariamente, con mi disfraz de buzo
para buscar en el interior de sus brumosas olas
sus tesoros.

Nadie podrá por eso decir que me he olvidado de amarlo
intensamente.
Mi pueblo es mi pueblo, y yo lo amo con mi mejor amor.
Subo a sus cerros, me deleito en sus caminos, reto sin enfado
el tracto sucesivo de sus ecos y de noche
hago un aquelarre en su viejo cementerio
y todos mis paisanos muertos salen a mi encuentro
y me entero sin querer de sus secretos.

Sé entonces que la muerte es una ficción
y la vida una locura.

Por eso he prometido que mañana, pasado y todos los días
de mi vida (y de mi muerte)
iré a visitar a mi vieja Magdalena,
y merodearé su tumba para contarle cuánto la he amado.
Me subiré a mi monte y contemplaré su tierra prometida
desde mi tribulación para encontrarla
Y seguro estará allí – toda ella – con su belleza serrana
recuperada la vista y sin sus males congénitos,
sin quejas ni melindres
con ganas de vencer su anticuada tristeza.
Yo iré con mis mejores olores
para hacer mis pagos por la vida;
y ella sabrá por fin que la muerte no existe
que se fue a otro lugar a cumplir un designio
y que aunque las posibilidades de regresar
son muy remotas
lo que importa no es venir
sino saber que uno marcha a otro destino;
iré a su podio para contarle de nuestros avatares
del dolor de la alondra y del júbilo del río.
Porque el corazón esperanzado
lo tiene todo en su esperanza;
y como seguro me preguntará cómo está mi Madre,
le diré que por decisión mía, exclusiva,
ella no morirá jamás,
que vivirá por siempre en la fragancia interminable
de la rosa,
tierna como no hay otra,
venciendo el ocaso de los años transcurridos
militando sin prisa, con su constancia a cuestas,
en ese amor tan suyo, sin edad, ni tiempo
y sin distancias.

Por eso el sol nunca se pondrá jamás en mis dominios.
Yo vine de un pueblo que me enseñó
que siete veces cae el justo
Y si lo es, otras siete se levanta
Y quiero ser resplandor en la luz y calor en el fuego
de todos los instantes.

Hoy ya no me platean las retinas
las olas ondulantes de mi lugar natal
ni los cerros que legraban el amor de mi mocedad
perfilan sus siluetas en mi alma
pero me he traído el murmullo de sus caracolas
en mi alforja
y las lanzaderas de sus telares
para tejer la tela de mi prójimo afligido.

Carlos Garrido Chalén
Presidente ejecutivo Fundador de la UHE
Premio Mundial de Literatura “Andrés Bello” de la SVAI
 

 

A MI MADRE TAN AMADA - POR ANTONIO SILVA Y MAVI MÁRQUEZ

 


A MI MADRE TAN AMADA

La que me trajo a este mundo,
la mas bella entre las bellas, 
fue una matutina estrella
de un titilar profundo.
Y en ese vientre fecundo
es donde me formé yo,
Mi padre la abandonó,
fui su único consuelo,
fui su pedazo de cielo
que en el mundo, ella encontró.

A esa madre tan piadosa
con estos versos quisiera
darle yo, mi vida entera
por dulce y por generosa.
Fue maestra talentosa
le rindo mi  pleitesía,
pues madre como la mía
no hay en el mundo ninguna,
ella  es toda mi fortuna,
ella es toda mi alegría.

Hay otros que creen tener
madre mejor que la mía
eso es una utopía
la mía es una gran mujer.
En verdad es un placer
una dicha placentera
alabar de esta manera
a una madre sin igual
que he de amar hasta el final
y hasta después que me muera.


Me formó dentro de ella,
me amamanto con su pecho,
sus brazos fueron mi lecho,
se convirtió en mi estrella.
Y, voy siguiendo su huella
en busca de un buen camino
que me lleve a mi destino
para ser ilustre y viejo,
debo seguir su consejo,
no debo perder el tino.

Antonio Silva - Mavi Márquez

HOMENAJE A LA MADRE - POR RODOLFO ASCENCIO BARILLAS (ASOLAPO - EL SALVADOR)

  .
 POEMAS A MI MADRE

DEDICADO A :

MARIA HORTENSIA CALDERÓN DE ASCENCIO

CON TODO MI AMOR

RODOLFO ASCENCIO BARILLAS
 

I.

Madre
madre mía
mi ser querido
mi inolvidable recuerdo
mi dulce melodía
el agua fresca del manantial
mi eterno cariño
la tierna verdad de mi vida
mi ángel bendito
mi madre.

II.

Hoy que te has ido
se me viene el recuerdo
de tu bello rostro angelical
tus ojos de miel,
tu mirada serena,
tus pupilas de lirios,
tu piel de cielo,
tu aliento de aguas cristalinas,
y los sueños que tu alma abrigaba
en aquel bello árbol
de laurel de la india
y los suspiros que se escuchaban
en los tropeles del viento.

III.

Yo hice una primera fantasía
y una eterna poesía,
en mi larga travesía,
y era contemplar tu bella mirada
y el fulgor resplandeciente de tus ojos
y el eco de tu voz en mis amaneceres,
después vi los pájaros de tu llanto
y la tarde azul que nos ruborizaba
y la brisa que lloraba en tus cabellos
y cuando crecía los alelíes
tu exuberante belleza era infinita,

IV.

El atardecer se miraba
con diferentes colores,
azul, y de amarillo resplandeciente;
cuajada tarde de crepúsculos
y el ocaso me recuerda tu presencia
¡Oh cuanto extraño el silencio de tu boca!
y cuanto fue el sufrimiento de tus espinas
y las lagrimas de tus ojos
que inundaron el lecho de tu almohada
¿Dónde esta la voz de tu llanto?
y las tristezas que brotaban en tus jardines.
 
V.

Madre, madre mía
¿Dónde estas?
que te has hecho
porque no estas,
hoy te busco
en el ocaso de mis oscuros días
y la casa de mis amores
donde me crié;
sentí mi dolor, mis alegrías
y mis tristezas.
Encuentro una inmensa soledad,
y aquel árbol donde jugaba
ni sus raíces estaban
madre, con la luz de tus ojos
miraba mi bello camino
y  la terrible soledad.
Yo me encuentro esperando,
y ver los sueños de tus crepúsculos
y sin ti la casa esta vacía.
porque al no verte camino en las tinieblas
de un sol opacado
y un cielo nublado
porque  tú eras madre mía,
la llovizna suave de la mañana,
el rayo de sol que se cuela en mi ventana.
 
VI.

Hoy que vuelvo a tu regazo
hoy que el cielo guarda mis lagrimas
hoy que  vivo en la penumbra de mi corazón;
vuelvo a encontrar tu inmenso cariño.
Ahora que los años han pasado
ahora que tu ausencia es mi agonía
y tu recuerdo me hiere con  el llanto
y muero en la ausencia de tus ojos
y sufro en un rio de tristezas
y el sol que iluminaba mi alegría
y en el oasis me extasiaba
para contemplar tu  exuberante melodía
y los besos de tus claveles
que después pude comprender,
porque mi madre, es llena de Santa Maria
y que purifica con su ausencia el alma mía
y me llena de primaveras mi existir
que llevaron los otoños a otros inviernos.

VII.

Después que ha pasado el crudo invierno
quise encontrar mi destino,
aquel escabroso camino,
de la juventud florida,
y escuchaba tu voz con el zumbido del viento,
y el deleite de mi carne escarnecida
que me separo de tu presencia
y con indiferencia abandone
tus tiernos consejos
y menosprecie vuestras razones
y sin embargo tú estaba siempre conmigo
y perdonasteis mis imprecisiones
¡Oh madre, del alma mía!
Perdóname por todo cuanto te ofendí
y las faltas graves de mis acciones
y las locuras de mi juventud
y por todo cuanto te hice
pero eres el ser que más he amado
y hoy me siento arrepentido,
y el corazón compungido,
y mi agonía es ilimitada,
y no obstante tú me has amado,
más que nadie en el mundo
cuanto te quiero madre mía.

 VIII.

Después de mi larga ausencia
y el tiempo había pasado
la pupila de mi madre
estaba desvanecida
y como una llama se fue apagando
en el trémulo de su augusta mirada
y su silencioso lamento
era el viento que respiraba mi aliento
en la inmensa soledad de mi destino,
y hoy supe comprender
cuan grande era su amor;
pero ella ya no está.

IX.
Mi madre me enseño
como era la vida
y como prepararse para la muerte
que nos llega de repente
y su sexto sentido me guió
en los oscuros valles del mundo
¡OH madre cuanto fue tu sufrimiento ¡
en mi lejano aposento
aún llorando te acordabas de mi
esperando a mí retorno
porque desde tu tristeza
me dabas tus bendiciones
y ahora que recuerdo
cuando era niño
tu me cuidabas
y me prodigabas cariño,
y ahora que soy hombre
también me amabas.
¡Oh madre de la vida mía!
Y ahora que ya no estas,
Es inmenso mi dolor
Y grandes las tristezas de mi corazón
Cuanto te añoro madre mía.

 X.

Quiero decirle al viento
que le digan a las hojas
de los árboles
cuanto te amaba
bella mujer del alma mía
mi madre, mi madre
la que me dio el cariño
y que me amó desde niño.
Ella que me cuido del frío
y me abrigo en su corpiño
cuando lloraba, me consolaba
y se reía también me adoraba
y si todos me abandonaban
ella estaba conmigo siempre
y me daba todo lo que otros me negaban;
cariño, cuidados, limpieza y amor
ella me vio crecer con los árboles
y me besaba en los alegres manantiales
y sus aguas bañaban mi costado,
y en  mi rostro enaltecido.
pero el tiempo había pasado.
Con los años llegó la adolescencia
 su luz era su prescencia
y la eterna razón de mi existir.

XI.

Madre mía de mi corazón
te recuerdo más allá de todos mis sueños
en los montes, en los ríos, en los caminos
y en las estrellas que pintan los mares
y en las noches de mis tristes soledades
cuanto recuerdo tu dulce sonrisa
y el aliento de tu voz
y la tierra húmeda de los campos,
te recuerdo en el ocaso, en las tardes,
en las mañanas, y en las tristes campanas
que tocan tus melodías majestuosas,
te recuerdo en aquel verano
en la piedra, en la sombra, en el milpal
y en el oasis de tus amaneceres
madre, madre mía…
 
 
HORTENSIA

Por Rodolfo Ascencio Barillas

Madre, madre mía, de mi alma, de mi ser,
de un vida, y de mi corazón
eres la luz de mi camino ensombrecido
y el resplandor inmutable de mi oscuridad
eres la estrella que ilumina la luz de mis ojos
y el lucero que brilla en mis bellos amaneceres
eres la fuente de agua clara que mitiga la sed de mi garganta
y la suave brisa que sopla el viento de tú aliento
eres el abrigo de las flores en mis fríos inviernos
y los rayos de sol que se cuelan en los ramajes de los altos árboles
eres la miel que fluye en la oquedad de mi pecho
y la rosa sin espina que acaricia mis manos
eres la huella eterna en las orillas de las playas oceánicas
y el manantial donde brotan  las burbujas de mis lunas doradas.
Madre mía, ¿Dónde estás corazón mío?
acaso se han ido los suspiros de tù boca
y la delicia de tus tiernos besos…
Hoy que vuelvo a tú hermoso regazo
hoy que el cielo llora lagrimas de lluvia
hoy  que tú rostro habita en mi eviterno universo
hoy que tú no estás madre mía, añoro la luz de tus ojos.
Ahora que el tiempo ha pasado
ahora que vuelvo como un halcón desesperado
 escucho tú voz, tus besos, y tus caricias  que se han marchado.
Pero siempre te recuerdo en mi río de sueños
y escucho  el dulce canto de tus melodías,
y se vienen las tristezas de mi eterna soledad;
tristes que gemían las cañadas
se llevaron del otoño las cascadas
eran los dulces ruiseñores que cantaban
cuales ángeles reverenciaban tu canto
 y alumbraba las sombras de mi dulce aposento
y esperaba tú voz en mi fugaz tormento
y soñaba encontrar los sarmientos de tus uvas matutinas
en la impasible tristeza de mi silencio.
Madre, ¿Cuánto te extraño?
en el icástico beso de tú tierna sonrisa
y que arrulla las noches de mis mustios lamentos.
Después que ha pasado el crudo invierno
quise encontrar el sentido de mis largos días
también quise encontrar los misterios de tu amor inmenso
y quise abrazar tu ausencia en mi dolor intenso
en los exóticos parajes de tu exuberante belleza.
¡Oh! madre, cuan lejano estoy en las delicias de tus brazos
más sin embargo mis espinas las haces tuyas
y mis dolores los transformas en mil rubores
 
 
MADRE SALVADOREÑA
 
Por Rodolfo Ascencio Barillas
 
Este día tan especial el Pueblo de El Salvador celebra el 10 de Mayo, “DIA DE LAS MADRES SALVADOREÑAS” con gran alegría, y entusiasmo, y se vive con gran fervor en todos los rincones del País, cuya manifestación de gozo para unos y tristeza para otros, por las madrecitas que viven y por las que ya partieron, además se vive en cuerpo y alma este maravilloso día en el centro de la capital con gran alegoría, se escucha por doquier las música, y la multitudinaria afluencia de salvadoreños que se aglomeran para comprar el más preciado presente para sus queridas madres con mucho cariño, un ser muy especial, que se le dedica este día.

Unos les llevan a degustar con almuerzos y cenas, otros comparten el día con ellos, el caso especial es que hay quienes viajan desde los Estados Unidos para contemplar y acariciar con gran amor a sus amadas madrecitas, el caso de un sobrino que viajo desde Europa para reencontrarse con su amadísima madrecita, con llanto y alegría de estar con ella, aunque la afortunada madre, no le interesen los más finos regalos u otros presentes, porque ellas saben amar sin condición, dan todo por sus hijos a cambio de amarlos más, por que solo las madres saben comprenderlos y perdonarlos por cualquier motivo o circunstancias, y el caso de este hijo que viajo miles de kilómetros para él los más importantísimo es volver a estar con su linda madrecita, es muy conmovedor, todo es abrazos , alegrías y tristezas; pero tengo la fortuna de tener una familia muy especial, gracias a Diosito Lindo que me da la oportunidad de contemplar con mis ojos los momentos más emotivos en este día especial de las Madres… 
 

MI MAMÁ


MI  MAMÁ ES LA LUZ DE MIS DIAS OSCUROS
ELLA RENACE EN TODAS MIS OPACAS ESPERANZA
MI MAMÁ LLEVA EL OCASO EN SU PECHO
Y SI ESTOY TRISTE, ME CONSUELA CON SUS CONSEJOS
ELLA ILUMINA EL CAMINO ESCABROZO DE MIS TRISTEZAS
Y ME DA ALIENTO EN LOS MOMENTOS INFORTUNADOS
ELLA SABE DE MIS DICHA Y DE MIS DESDICHAS
ELLA INTERPRETA MIS AGONICOS SILENCIOS
Y COMPRENDE MIS INCOMPRENSIONES
ELLA ES LA UNICA EN LAS HORAS VACIAS DE MI VIDA
ELLA ES EL ARCOIRIS DE LOS TUNELES MELACOLICOS
DE MIS TURBULENTOS DIAS, DE MIS DESAMORES Y TRAICIONES
Y SI LOS DEMAS ME DESPRECIAN, ELLA ES MI COMPAÑÍA
Y SI LOS OTROS ME RECHZAN, ELLA ESTA A MI LADO
Y SI LLORO, ELLA TAMBIEN LLORA
Y SI FRACASO, ES ELLA MI FORTALEZA
ELLA NO PUEDE PRESCINDIR DE MIS EQUIVOCACIONES
Y ACEPTA MIS ERRORES
PERO SE PREOCUPA POR HACER DE MI UNA GRAN PERSONA,
MI MAMÁ ES NOBLE, GENEROSA Y COMPASIVA
SU CORAZON ES DEMASIADO GRANDE PARA IGNORARME
SIEMPRE QUE OTROS ME DAN LA ESPALDA, ELLA ME ACOJE
Y SI ME VA MAL EN LA VIDA, SIEMPRE ESTA CONMIGO
PESE A LOS DERROTEROS DEL TIEMPO.
POR ESO, COMO ELLA, NO HAY NINGUNA COMO ELLA
YO LE ESTOY INMENSAMENTE AGRADECIDO
POR SER LA MAMÁ MÁS LINDA DEL PLANETA
ELLA ES  LA BRISA QUE CANTA EN MI VENTANA
ELLA ES EL AROMA DE LAS HERMOSAS FLORES
ELLA ES LA ESTRELLA DE MIS AMANECERES
ELLA ES LA ILUSION EN MI BARCO DE FANTASIA
ELLA ES MI VIDA, MI EXISTIR, LA RAZON DE MI  VIVIR
ELLA ES MI ANHELO, MI MANANTIAL, Y MI LUCERO
MI MAMÁ, MAMA, SOLO ELLA… 

CARLOS RODOLFO ASCENCIO BARILLAS 

EL SALVADOR. 

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