viernes, 7 de junio de 2013

7 DE JUNIO: ARICA, GLORIA ETERNA - PLAN LECTOR: GLORIOSO EJÉRCITO DE RUNAS - POR DANILO SÁNCHEZ LIHÓN


CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA
Construcción y forja de la utopía andina


CALENDARIO
DE EFEMÉRIDES

7 DE JUNIO


ARICA,
GLORIA
ETERNA

PLAN LECTOR,
PLIEGOS
DE LECTURA

GLORIOSO
EJÉRCITO
DE RUNAS

.
Danilo Sánchez Lihón
1.
¡Niños!

Revivo en mi mente hoy día los momentos cuando de niño yo entonaba en el patio de mi escuela, el Centro Viejo de Varones 271 de mi pueblo, Santiago de Chuco, el Himno Nacional del Perú.

Junto a mis compañeros de aula, lo hacíamos a pulmón lleno, gritando jubilosos y con nuestros pechos henchidos.

Revivo en mi mente los aleros de los techos por donde vagabundeaba una nube impoluta, sobre el cielo de un azul profundo y los gorriones tejiendo la greca de sus vuelos ilusos.

Revivo en mi mente el sol radiante que baja de los aleros a los pilares, de los pilares a las tapias; de las tapias a las macetas de geranios que hacen estallar sus flores rojas y blancas.

Y al entonar el Himno Nacional con nuestras voces límpidas y esperanzadas, se abría el germen y la flor, que es la misma que se abre hoy día en este espacio y tiempo entrañables.

2.

Cercanos al mes de junio, y en el mes de junio mismo, contiguo al Himno Nacional entonamos otra canción pero de tono lacerante, triste, atribulado, titulada “El día 7 de junio” que dejaba en nuestras almas un hondo desgarramiento por su letra y su melodía:

El día siete de junio
un día tan desdichado
a un parlamento confiado
le intimaron rendición.

Coro:

Ya resuenan los clarines
los tambores y el cañón
yo defiendo mi bandera
combatiendo en los campos
de honor.

Nuestra mano en el pecho y nuestra mirada fulgurante al entonarla indagaba en nuestros corazones qué había sucedido aquel día, y le prometíamos a nuestra patria defenderla como aquellos que se inmolaron en la batalla de Arica.

3.

Con nuestros ojos entrecerrados por la emoción y evocando a los bravos que se batieron aquel día de gloria, cantamos fervientes:

Tengo deberes sagrados
contestó el gobernador
los cumpliré con honor
como es deber de un soldado.

Coro:

Llora, llora, corazón
por los héroes más queridos
que entre nubes han subido
a la gloriosa y eterna mansión.

Dicha así para celebrar a quienes defendieron esta tierra, nos dieron dignidad y con su ejemplo valor y coraje para construir aquí y ahora una patria hermosa.

Pero, ¿quienes fueron aquellos que lucharon en la cima del Morro de Arica, como luego en la batalla de Tarapacá o en la Defensa de Lima, o cuatro años después de ocupación ignominiosa en la batalla de Huamachuco, dando ejemplos de valor supremo?

4.

Formaban el ejército de la resistencia en la Guerra del Pacífico, gente pacífica, sencilla, humana. No eran militares. No estaban adiestrados en el arte de matar sino de dar vida, para sembrar, aporcar la tierra, cosechar las mieses.

Quienes pastaban ovejas, hilaban su lana, la trenzaban, la teñían con cardenillo y nogal, tejían un poncho o una manta, escardándola después, don quienes subieron a inmolarse en el altar de lo que pocos pueblos en el mundo pueden relucir: el sacrificio heroico de sus hijos por defenderla.

Eran campesinos querendones, tiernos y amorosos quienes salieron a defender esta heredad. Eran maestros que se preciaban de que todo floreciera, sonriera y cantara el prodigio de la creación.

Se alistaron a la guerra más por amor que por odio, más por adhesión irrenunciable que por inquina, animadversión o violencia. Por proteger a los suyos, más que por agredir a un extraño.

5.

Más por ternura que por aquello que termina por imponerse en la guerra, cual es la crueldad, la atrocidad y la muerte. Más por erigir que por avasallar o destruir o hacer el mal.

En nosotros dominaba la emoción, los afectos y el sentimiento. No el cálculo de cuánto ganar o arrebatar o echar abajo, sino de cuánto proteger y defender. ¡Y de acunar!

La actitud al enrolarse y partir a la guerra era ir al sacrificio a tener una muerte segura en aras de la dignidad, del honor, de la moral que nos sublima como género humano.

Era ir a entregar como ofrenda el corazón por aquello que se sabe que se ama, por aquello que se valora y reconoce o se intuye que es sagrado.

En el conflicto con Chile hubo gente noble e inteligente que inmediatamente acudió al llamado de la sangre y al clamor de luchar para defender aquello de lo cual no se puede renunciar.

¡Y se introdujeron hasta el fondo de las líneas de fuego!

6.

No hubo hogar, en ese holocausto, que no hubiera perdido por lo menos a dos miembros directos y queridos, que podía ser el padre o el hermano.

Después de la batalla de Huamachuco hubo casas en donde se velaban hasta diez cadáveres de esos guerreros inmarcesibles.

Cuando llegaron algunos prisioneros de guerra después de la batalla de Arica el periodista chileno Vicuña Mackenna se molestó de no encontrar a soldados blancos, altos, garridos. Hechos y derechos. ¡Y apuestos, como él los hubiera deseado y querido!

Y escribió esta frase improvisada pero lacerante en su sentido: que los despojos de nuestro ejército eran: Una gavilla desordenada de “abigarradas bayetas”.

¡Qué homenaje dentro de la iniquidad, la infamia y la vileza!

Eso éramos y eso somos: ¡abigarradas bayetas!

7.

Bayeta, niño, es el tejido indio, la trama amorosa de los telares rústicos de lo cual se hace las prendas de vestir en el campo, pantalones y camisas. Por eso, tiene todo el sabor de lo aldeano y lo noble.

De bayeta era nuestro uniforme blanco, del color de las espigas, de los campos cultivados.

Del color de los seres buenos. No es un uniforme en realidad de gendarmes. Es un uniforme de pan, de trigo y de harina.

Y ciertamente, no eran soldados. Eran gente de las villas, obreros, artesanos, estudiantes y maestros.

Aquél, para su orgullo quería un ejército de blancos derrotados. Fue un desengaño. Jamás comprenderán con quiénes luchaban. Lo hacían con un país sublime y misterioso.

Un país al cual solo se lo puede amar. ¡Y comprender amándolo!

¡Solo que ahora hay que estar alertas, preparados y, en todo campo, asunto y detalle, puestos en pie de guerra!

8.

Y quizá esa fuera la razón profunda de la guerra, como lo precisó ese apóstol cubano como es José Martí, quien al defender al Perú de esta agresión denunció en su momento que el motivo era la envidia a un país y a una cultura excelsa.

El nuestro era un ejército de artesanos, obreros, maestros. Fueron campesinos los que salieron a luchar.

Y, también es cierto, era un ejército de harapos y de ojotas.

Pero, ¡qué honor es este! Y no ser esbirros, ni mercenarios, ni sabuesos, ni hienas que incluso se destrozan a sí mismas, como ocurrió en Chorrillos donde su furor por la presa hizo que se mataran entre ellos con el saldo de cerca de mil víctimas.

¡Qué honor no ser robots ni máquinas de guerra, sino llevar y cargar con el lado humano, el lado bueno de haber sido interrumpidos en el trabajo, en las faenas del campo, en los talleres, en el aula de clases!

¡Solo que ahora hay que estar alertas, preparados y, en todo campo, asunto y detalle, puestos en pie de guerra!

9.

El ser personas de bien, honestas, cariñosas, leales por las causas nobles de la vida y de lo verdadero. Personas fraternas, solidarias, que saben ser hermanos.

Y en esta circunstancia luchó la familia. Al lado del padre estaba el hijo, y al lado de este el hermano. Y al lado de este el primo entrañable. Y cayeron juntos.

¿Qué ejército es el hogar y el útero materno? Ninguno. Son los que defienden la vida. No éramos ejército entonces, éramos moral básica y fundamental de la vida que sale al frente a interponerse contra la muerte.

¡Por eso, al lado o detrás de las huestes de luchadores iban las mujeres! Por eso, ¡es de allí donde debemos nacer de nuevo!

Iban las madres con sus criaturas tiernas en los brazos o en la espalda. Peleaba la familia. Ahí estaba el párvulo recién nacido. Las niñas que consolaban al moribundo y sepultaban su cuerpo al morir.

¡Solo que ahora hay que estar alertas, preparados y, en todo campo, asunto y detalle, puestos en pie de guerra!

10.

Porque el ejército de Chile practicó en esta guerra el “repaso”, con corvo y bayoneta, a todos los caídos.

Su consigna era: “No hay heridos”. Y ahí estaban las mujeres para auxiliarlos dándole el último adiós.

¿No es esto supremo? Hasta en la guerra somos familia. Hasta en la guerra le ponemos humanidad a la iniquidad y la infamia, cariño y estima a las actitudes protervas de los extraños y ajenos.

Era su mujer. No era la cantinera de los ejércitos europeos. O la cantinera del ejército invasor, porque hubo cantineras en aquel ejército.

Aquellas que les proveían de licor para obnubilar sus conciencias. En nuestro caso, no.

O era la hermana, o era la madre, campesinas siempre. Era la resistencia andina, heroica y sobrehumana.

¡Solo que ahora hay que estar alertas, preparados y, en todo campo, asunto y detalle, puestos en pie de guerra!

11.

El nuestro fue en aquella contienda un ejército de arcilla, de humus, de entraña de la tierra.

Un ejército de dignidad, de emoción pura. De hombría que da el coraje de saber que se defiende una causa sacrosanta.

De estar envestidos de honor y de gloria, porque la gloria no la corona una victoria sino la causa que se defiende.

Porque al final perdimos militarmente, pero ganamos moralmente. ¡Esto que no se te olvide jamás!

Victoria íntima, ética y contundente, de la cual a veces no nos damos cuenta.

Por eso, ¡no traicionemos a quienes ofrendaron su vida augustamente!

Porque pelearon los más pobres. Ya lo dijeron ellos: las “abigarradas bayetas”.

¡Solo que ahora hay que estar alertas, preparados y, en todo campo, asunto y detalle, puestos en pie de guerra!

12.

Lo anoto y lo advierto, para que sepas en quién confiar, para que sepas quién te va a defender, quién pone aquí más coraje y más pundonor. ¡Y pómulo morado!

Fueron ellos los más pobres los que lucharon desde el principio hasta el final. ¿No es esto de moral suprema?

Es el hombre gleba, es lo andino incorruptible, es el serrano, el cholo, el indígena invencible, quien está ahí con su sufrimiento y su heroísmo.

Son los Ejércitos del Inca, ¡ecuánimes, probos, austeros!

¡Glorioso ejército de runas de piedra!

Son los Ejércitos del Inca, civilizadores, protectores, que sabían que lo que más engrandece son las virtudes morales.

Los Ejércitos del Inca que en el fondo somos todos nosotros.

Porque se puede perder una guerra, pero no perder nuestra categoría de seres humanos.

¡Solo que ahora hay que estar alertas, preparados y, en todo campo, asunto y detalle, puestos en pie de guerra!

13.

Son los Ejércitos del Inca, que jamás hicieron pillaje, ni incendiaron aldeas, ni violaron mujeres, ni remataron heridos, ni impusieron cupos a las poblaciones inermes.

Son los Ejércitos del Inca que jamás aplicaron el “repaso”, ultimando a los hombres caídos en batalla ni a las mujeres que los socorrían.

Que ni siquiera eran militares sino civiles.

Son los Ejércitos del Inca que persuadían, enviaban ofrendas de paz y estaban atentos a cualquier gesto para dar paso al entendimiento.

En vez de arrasar, quemar, hacer esclavos, ofrendaban culto a los dioses del lugar, enaltecían a sus autoridades, rendían pleitesía a sus costumbres.

Celebraban fiestas en honor de los pueblos anexados y trazaban un plan de obras públicas para dotar de agua, caminos, edificios y templos a las poblaciones que encontraban a su paso.

¡Solo que ahora hay que estar alertas, preparados y, en todo campo, asunto y detalle, puestos en pie de guerra!

14.

Son los Ejércitos del Inca que persuadían, enviaban ofrendas de paz y estaban atentos a cualquier gesto para dar paso al entendimiento.

No dinamitaban molinos, no hacían volar en astillas las fábricas, haciendas o bienes que no podían sustraer o llevárselos consigo.

Por eso, al final ganamos una guerra, porque nos envestimos de gloria.

Por eso somos desde antes y lo ratificamos allí una de las siete grandes culturas de la civilización humana.

Por eso es que tenemos razón de ser en el universo.

De valor y coraje que la muerte no apaga.

Porque fue la guerra que asumieron los indígenas del Perú milenario, andino y eterno.

¡Solo que ahora hay que estar alertas, preparados y, en todo campo, asunto y detalle, puestos en pie de guerra!

15.

Y así como recordé al inicio el patio soleado de mi vieja escuela, termino evocándolo nuevamente con las malvas de las tapias sobre sus muros.

Con la misma fe, con el mismo aplomo, con la misma intensidad de alegría que cuando nos reuníamos a primera hora de la mañana a entonar el Himno Nacional del Perú, ungidos en el amor y devoción por la tierra que nos vio nacer.

Alegría de haber nacido donde nací. Alegría de tener el padre que tuve y la madre que tengo. Alegría de saber que en mis raíces está el batallón de mi pueblo que salió a defender su heredad con sus herramientas de labranza.

Alegría por la seguridad de tener al lado y bajo nuestros pies un mundo sagrado que defender, ni ancho ni ajeno, sino nuestro. Protegido por el hálito bueno de la vida, de la naturaleza, de la sabiduría de nuestros ancestros y caros maestros

Y el espíritu de los que murieron que nos han dado dignidad, gloria para siempre y compromiso. Y del valor que nos legaron como flor suprema para ser en la vida.

¡Solo que ahora hay que estar alertas, preparados y, en todo campo, asunto y detalle, puestos en pie de guerra!

Texto que puede ser reproducido
citando autor y fuente

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