jueves, 3 de diciembre de 2020

SILENCIO EN LOS ANDES: ARGUEDAS SE HACE CONSIGNA - POR DANILO SÁNCHEZ LIHÓN

 

 

Construcción y forja de la utopía andina
 
DICIEMBRE, MES DE LAS MONTAÑAS,
DE LOS DERECHOS DE LOS ANIMALES;
DE LOS MIGRANTES, Y DEL NACIMIENTO
DEL DIOS NIÑO EN LA NAVIDAD

 

 

CAPULÍ ES
PODER CHUCO


 
SANTIAGO DE CHUCO
CAPITAL DE LA POESÍA
Y LA CONCIENCIA SOCIAL


*****
ALZÓ LOS HOMBROS Y SE EMPINÓ
LLENO DE ESPERANZA


Alfredo Torero, su amigo entrañable, con quien José María Arguedas trabajaba en la Universidad Nacional Agraria, fue llamado por él aproximadamente a las 6 de la tarde del 28 de noviembre del año 1969 a su oficina en donde Arguedas le entregó unas cartas, para su esposa, para algunos amigos, para el rector, su editor y otras personas.
Alfredo presintió lo peor, que eran cartas de despedida; pero por respeto, por cariño y reverencia no se atrevió a preguntar, además era obvio, él se estaba despidiendo. ¿Qué iba a hacer? No lo había llamado para discutir el hecho de la vida y la muerte.
Cuenta que las cartas, con ser unas hojas leves de papel, pesaban horrores, como si cargara montañas. Pero cuando fue a tomar su auto para venirse al centro de Lima encontró una nota de José María prendida a la plumilla de la luna delantera.
Acudió feliz pensando que su amigo se había desistido de su intento. Pero no.
– Alfredo. –Le preguntó al verlo entrar–. ¿Tú crees que entre los estudiantes habrá un Mariátegui?
Alfredo Torero repuesto de la sorpresa y mirándolo profundamente solo alcanzó a decir:
– Creo que sí, José María.
Vio entonces cómo aquel hombre que se iba a matar levantaba los hombros, se empinaba gigantesco. Sonrió feliz, luminoso, henchido.
Minutos más tarde se descerrajaba dos tiros de revolver en la cabeza.
Aunque su agonía duró cuatro días murió feliz y con esperanza de que entre nosotros nazca un nuevo José Carlos Mariátegui.

 

DANILO SÁNCHEZ LIHÓN


 
2 DE DICIEMBRE


 
SILENCIO
EN
LOS ANDES



FOLIOS
DE LA
UTOPÍA


 
ARGUEDAS
SE HACE
CONSIGNA

 
Danilo Sánchez Lihón
 
 
1. utopía
andina
 
“Vallejo es el principio y el fin”, es la frase con que José María Arguedas concluye uno de sus testamentos literarios antes de morir el 2 de diciembre del año 1969.
Lo escribe en aquellos momentos en que sabiendo que ha de ocurrir lo ineluctable, hace un balance y síntesis suprema de todo. Y con el valor más absoluto, porque en tales circunstancias ya no nos está permitido equivocarnos. ¡Menos aún mentirnos a nosotros mismos!
Esta alusión dicha por Arguedas en la víspera de morir y en su carta de despedida, diciendo de aquel en su testamento que era el principio y el fin, traza un arco de alianza, como antes y después lo hace con José Carlos Mariátegui, porque en otro momento afirma:
Fue leyendo a Mariátegui… que encontré un orden permanente en las cosas.
Por ser así, su proeza y su legado es que no claudicó, y su vida es ejemplo de honestidad, consecuencia y esperanza.
Él asume y encarna la utopía andina, que es actuante y es moral incluso frente a un fenómeno como es el de la globalización.
 
2. Apus
tutelares
 
Y aquí tenemos ya inhiestas a las tres montañas tutelares de nuestra identidad: César Vallejo, José Carlos Mariátegui y José María Arguedas, claves fundamentales para fundar el orden nuevo que es un imperativo asumirlo como una espada en el aire.
Y es que ellos tres son seres con raíces milenarias, con ancestro cósmico, con trasfondo mítico. Además, cuyas vidas por alguna razón simbolizan el Perú dulce y cruel.
Son entelequias que por la parábola de sus vidas extraordinarias y significativas han fijado su residencia permanente en la tierra como destino y promisión, que están incrustados a la gleba fértil que somos también como peñascos, adheridos con el grumo de nieve eterna y al cielo azulino de nuestra cordillera y de nuestra inquietante identidad.
Y son así para mejor retar a los abrojos, desde donde muchas veces emprendemos una jornada y observándolos nos permiten mirar el infinito y lo entrañable de la condición del hombre sobre la faz de la tierra.
Son Vallejo, Mariátegui y Arguedas nuestros apus tutelares, ejes fundamentales de nuestra identidad, próceres y mártires de lo que había que refundar aquí, estos tres hombres de una ética sin dobleces, que jamás claudicaron ni al mercado, ni a la propaganda, ni a la impostura.
 
3. Arrobado
y convulso
 
José María Arguedas, alma y dolor del Perú profundo, símbolo de lo más prístino y transido de nuestro pueblo, quien encarna lo mejor y más doloroso que somos y tenemos, ha de ser motivo siempre para dedicar reflexiones a cada línea que él dejó escritas.
Pero también a reflexionar con grandeza acerca de cada pasaje de nuestras vidas, porque es él apu tutelar nuestro, flor translúcida de pisonay, río profundo más que todos los ríos abismales del planeta. Y humana fortaleza solo comparable a Sacsayhuamán.
Quien nació en el fulgor de dos relámpagos que luchan afirmándose y negándose la vida el uno al otro, y que se encontraron solo una vez para herirse de muerte y dar nacimiento a una nueva vida, en un lugar y circunstancias que han quedado envueltos en el más tupido e intrincado de los misterios.
Y quien murió a los 58 años de edad con el alma agobiada, incapaz de alentar a su cuerpo a que dé un paso más, donde los dos balazos que él mismo se descerrajó en la sien interrumpieron una vida que latía en un cuerpo robusto, que no padecía de ninguna enfermedad salvo la oscurecida; en donde la esperanza rescata a él como el más prístino emblema de luz, síntesis de un Perú que es fuego y estrella matutina.
 
4. Si la comunidad
lo decide
 
En varias ocasiones relató acerca de la fuerza y el poder de las comunidades andinas, de cómo en cierta ocasión los hombres llevaron cargado un camión y corriendo de uno a otro sitio de las serranías.
Y en una conferencia que desarrolló en febrero de 1968 en Casa de las Américas de Cuba, reiteró cómo los campesinos de los ayllus de San Juan de Lucanas, construyeron a pulso y sin asesoramiento técnico ni paga, la carretera que va de Puquio a Nazca trabajando diez mil indios las veinticuatro horas del día.
Uno de los cuatro alcaldes de las comunidades, le dijo entonces en quechua a la autoridad de Puquio, al momento de entregar la obra:
Aquí está el camino, ya hemos construido la carretera. Si la comunidad lo decide podrá hacer un socavón por debajo de las montañas, de aquí hasta el mar. 
A esa proeza llamamos utopía moral. ¿Fantasea Arguedas? ¿Es irreal lo que cuenta de lo que es capaz de hacer esa población por siglos sojuzgada? Quienes hemos nacido en el mundo andino sabemos que no.
 
5. Ha
de volver
 
Esa fe en el hombre andino es el único argumento que vale la pena dilucidar para reconocer la contundencia de nuestra cultura en torno a la construcción de portentos.
Porque alguien ha escrito acerca del ideario de José María Arguedas titulándolo, y haciendo mofa de ello, como el militante de una utopía arcaica, queriendo sostener allí como una falsedad lo que es la utopía arguediana.
El castigo a quien eso pueda decir no es lo que podamos opinar acerca de él, sino que su condena es su propia vida y lo que él es.
Porque, ¿se equivocaba Arguedas en su apuesta por el mundo andino? No. En absoluto. Es lo único legítimo en lo cual creer y pensar, ahora. Y esto lo sostenemos de manera en fática y contundente. Como utopía moral llamamos al hecho de que él no ha muerto sino a que está vivo y aquí. Quien dice en boca del maestro Oblitas en Los ríos profundos:
Aún estoy vivo,
El halcón te hablará de mí,
Las estrellas de los cielos te hablarán de mí,
He de regresar todavía,
Todavía he de volver.
Y que sentimos que ocurre como verdad irrefutable cada día y cada hora.
 
6. Adhesión
que emerge
 
José María está vivo y aquí por ser y tener y ser utopía moral en un mundo de oprobio, miseria y desprecio de una cultura que ha pasado siglos sin ser reconocida ni se quiere comprender ahora, que es moral.
José María está vivo y aquí cuando rescatamos lo mejor de nosotros mismos. Está vivo y aquí para hacer juntos la transformación social que rescate los valores primigenios de la solidaridad humana. Arguedas está vivo y aquí, quien como Vallejo convirtió el dolor en esperanza. Está vivo y aquí porque en esto y lo otro Arguedas es la voz del Perú profundo.
De allí que el homenaje que le brindamos sea un homenaje moral, que surge del alma del pueblo. Es una adhesión que emerge de nuestra sangre misma. Brota de lo profundo de nuestras entrañas.
Porque dedicó cada pálpito de su corazón y cada aliento de su boca a la redención del hombre. Y eso es lo que no podrán hacer jamás quienes no lo comprenden y lo atacan.
Y es un homenaje político. Frente a un orden social espurio e ilegítimo, porque ahora todo se sigue haciendo en contra del pueblo y todo se lo vende. Y frente a la globalización que premia a quienes defienden este orden y este sistema.
 
7. Supo pensar
y amar
 
Y es a eso que llamamos desde Capulí, Vallejo y su Tierra utopía moral. A esa actitud de entender la vida como una chispa que hay que encender. ¡Como la luz que de lo más hondo y hosco hay que saber hacer emanar!
De ese modo, como utopía moral, llamamos al inmenso mensaje que nos ha dejado el apu José María. ¿Cuál es? De que sin fuego y sin luz en el alma no es concebible vivir aquí. Y ese es el significado de su vida y de su obra. Y de su inmortalidad. Luz y fuego que debe traducirse en actos y realizaciones concretas.
De ello es ejemplo nuestro apu tutelar José María Arguedas; para el Perú de la esperanza que el poblador del mundo andino supo erigir sin permitirse claudicar jamás.
A ensalzar esos hechos dedicamos este pálpito emocionado. A la conjunción de sangres que somos y que las llevamos dentro, que nos identifican, erigen y nos hacen combatientes.
De allí que juramos en nombre de su memoria y del Perú irredento proseguir en el camino de su utopía moral, que él nos la supo enseñar. Y del Perú eterno que él supo sentir, pensar, amar y construir para siempre. ¡Jallalla!

LUZ
Y FUEGO
EN EL ALMA


 Danilo Sánchez Lihón


Amado ser,
amado estar.
César Vallejo


1. El calor
de este fuego

En el "¿Último diario?", que integra la obra El zorro de arriba y el zorro de abajo, José María Arguedas escribe:
Aquel balazo se dio. Encendió aquella chispa, para lo cual también se necesita coraje y extraordinario valor, disparándose en su oficina de la Universidad Nacional Agraria.
Se disparó no uno sino dos balazos en la sien, el 28 de noviembre del año 1969, muriendo 4 días después, el 2 de diciembre de ese año funesto. Nos dejaba, incluso en ese acto, un mensaje irredento; con el telón de fondo de la tragedia y la epopeya que es el Perú.
Desde entonces la luz, el pulso y calor de ese fuego, arderá eternamente en toda conciencia y sentimiento que se relacione a nuestra sociedad.
Desde entonces, ¡será siempre Arguedas una bala suspendida en el aire! Y punto clave de reflexión en relación a nuestra realidad, a la cultura y a nuestro destino como personas y como colectividad.

2. Brasa
ardiendo

Porque nos confesó también que todos los latidos de su corazón y cada pálpito de su vida eran de amor, de devoción y de consagración al Perú como una realidad y como entelequia.
 “La única chispa que puedo encender.”
Frase dicha en ese trance, con el cañón de un revolver apuntándole la sien, no por mano ajena sino por su propia mano, y que es el estado en que se alcanza mayor conciencia, y que es cuando más presente está lo que llamo utopía moral.
Y explicaré por qué:
Porque este hecho, aparentemente de destrucción de sí mismo, es un acto de desafío, para dejar una brasa ardiendo en nuestra mente, en nuestras manos y en nuestro corazón.
Es un motivo de crisis lacerante y de cuestionamiento inconsolable respecto a la única chispa que podemos encender, en este caso refiriéndose a la bala que lo apuntaba y finalmente detonó; y que acaso: ¿lo cegaría o encendería para siempre?

3. El grado
de heroicidad

Por todo eso, llamo utopía moral a esa conversión de los males y dolencias de que padecemos y atravesamos prácticamente desde que naciéramos. A tornarla en luz, o por lo menos en brasa o carbón ardiendo en nuestro pecho.
Tornada o convertida esa bala, a partir de aquel momento inquietante en que se dispara, en pregunta urgente e inacabable acerca de nuestro ser y del destino de nuestro pueblo.
“La única chispa que puedo encender.”
Bala y frase dicha asediado y presionado por el mundo en su máxima potencia que se subleva dentro de sí mismo.
Dicha por el transido e inmenso José María Arguedas; esa humana fortaleza comparable a Sacsayhuamán. Ese río más profundo que todos los ríos profundos y abismales del planeta. Esa flor translúcida de pisonay.
Es algo estremecedor y pendiente de resolver, como una espada en el aire. Esa bala suspendida ahora en el aire de nuestras conciencias detonó. Bala que nos da un mensaje que quiero interpretar como el grado de heroicidad que tenemos que poner siempre para vivir en el Perú.

4. Guardar
silencio

Es un reto y desafío esa frase: es conminación a la literatura, al arte y a la vida; sabiendo que esa bala se incrustó no solo en su cerebro sino en el ser de todos aquellos a quienes desvela el Perú. Frase delante o detrás de una bala que fue certera y puso en vilo y hasta ahora nos pone en suspenso y nos interpela, dicha en ese trance -por un hombre que reveló una realidad intensa y sublevante.
Quien nos dio a conocer el Perú profundo, indígena y milenario que permaneció oculto por siglos de olvido y oprobio; mundo y cultura que están pendientes aún de ser redimidos. Y esa bala segó la vida también del más reverente de los investigadores del destino del Perú, y uno de los seres más prístinos en el anhelo de que aquí se instaure una sociedad nueva y mejor.
Bala que ahora se encuentra incrustada en nuestros propios vasos sanguíneos, con los sueños de una humanidad más justa, lúcida y solidaria. Sociedad que es la que nos corresponde construir, no solo para el Perú, sino para el mundo entero, ahora y siempre.
“... si el balazo se da y acierta. Estoy seguro que es ya la única chispa que puedo encender...”.
Son pues palabras límites. Ante esas palabras es imprescindible e ineludible primero guardar silencio, reflexionar reverentemente, luego tomar posición y actuar.

5. Su adhesión
a los desposeídos

Por eso, llamo utopía moral a una dimensión realmente ineludible. Cuál es la adhesión a los desposeídos del mundo. Y de formar causa común junto con ellos
En el caso de Arguedas, a su compromiso con quienes él consideró siempre suyos: los indios. Y, con él, parte de nosotros mismos para siempre: los desheredados, los expoliados y vencidos, y para nuestro orgullo legatarios de una cultura sublime.
Con quienes, como lo dice en la dedicatoria que hace de su libro de cuentos, “Agua”: a los comuneros y lacayos de la hacienda Viseca:
“con quienes temblé de frío en los regadíos nocturnos y bailes en carnavales, borracho de alegría, al compás de la tinya y de la flauta”.
O, como se identifica y lo suscribe en el poema: “A nuestro padre creador Túpac Amaru”, dedicado a doña Cayetana;
“...mi madre india, que me protegió con sus lágrimas y su ternura, cuando yo era un niño huérfano alojado en una casa hostil y ajena”.

6. Un nuevo
Mariátegui

Por eso, llamo utopía moral a ese amor límite, el amor del mundo andino, dolido, sufrido, lacerado.
Donde lo importante es el sentido y la adhesión humana en la defensa de una cultura límpida, conmovedora y señera.
Llamo así al anhelo de justicia para con los seres maltratados del mundo, que permanecen esperando el día que vendrá.
Y que en función de ellos profesamos una fe, adherimos a una causa de defensa de todo lo lastimado que hay que reparar.
En razón de todo eso nos adherimos a una un pensamiento que pone como primer asunto la justicia social, y en razón de ello asumimos una militancia y una fe.
Utopía moral que es el desvelo por nuestro porvenir y la aspiración puesta en el cambio y en la transformación social.
Utopía moral que es la emoción, el pensamiento y expectativa en el surgimiento de un nuevo Mariátegui entre la juventud, que es como decir: un visionario, un organizador y un hombre luz.

7. Aquí, ahora
y para siempre

Utopía moral que no descarta sino más bien valora el modelo validado de sociedad que nos ofrece el incario, de valor eterno. Donde se alcanzaron a plasmar relaciones de solidaridad, fraternidad y bienestar para la población, que constituyeron política de estado en aquella época.
Utopía moral que toma en cuenta el origen del cual provenimos y al torrente sanguíneo de que estamos hechos y que lo llevamos incrustado en el cuerpo, tanto como en el alma, esbozando un futuro distinto para nuestro pueblo.
Utopía moral es lo que José María Arguedas logra a partir de la conflagración de mundos en pugna, de lo cual su vida es síntesis, nudo y cruce de caminos, como lo es también César Vallejo, ese otro “divorsium acuarium”.
Ambos, junto con José Carlos Mariátegui, encuentro y escisión de las aguas que corren hacia adelante como de las que van hacia atrás, a fin de rescatar lo mejor que tenemos, como elementos que nos iluminen.
Y que avanzan hacia el futuro, que es la sociedad de justicia y solidaridad que es nuestra responsabilidad reconstruir aquí, ahora y para siempre.

 

 

 

FUEGO

Y ESTRELLA

MATUTINA

 

Danilo Sánchez Lihón

 

1. Utopía

andina

 

“Vallejo es el principio y el fin”, es la frase con que José María Arguedas concluye uno de sus testamentos literarios antes de morir el 2 de diciembre del año 1969.

Lo escribe en aquellos momentos en que sabiendo que ha de ocurrir lo ineluctable, hace un balance y síntesis suprema de todo. Y con el valor más absoluto, porque en tales circunstancias ya no nos está permitido equivocarnos. ¡Menos aún mentirnos a nosotros mismos!

Esta alusión dicha por Arguedas en la víspera de morir y en su carta de despedida, diciendo de aquel en su testamento que era el principio y el fin, traza un arco de alianza, como antes y después lo hace con José Carlos Mariátegui, porque en otro momento afirma:

Fue leyendo a Mariátegui… que encontré un orden permanente en las cosas.

 

2. Dulce

y cruel

 

Por ser así, su proeza y su legado es que no claudicó, y su vida es ejemplo de honestidad, consecuencia y esperanza.

Él asume y encarna la utopía andina, que es actuante y es moral incluso frente a un fenómeno como es el de la globalización.

Y con ello y aquí tenemos ya inhiestas a las tres montañas tutelares de nuestra identidad: César Vallejo, José Carlos Mariátegui y el mismo José María Arguedas, claves fundamentales para fundar el orden nuevo que es un imperativo ético asumirlo como una espada en el aire.

Y es que ellos tres son seres con raíces milenarias, con ancestro cósmico, con trasfondo mítico.

Además, cuyas vidas por alguna razón simbolizan el Perú que Basadre definió como país dulce y cruel.

 

3. Apus

tutelares

 

Ellos son las entelequias que por la parábola de sus vidas extraordinarias y significativas han fijado su residencia permanente en la tierra como destino y promisión.

Que están incrustados a la gleba fértil que somos también como peñascos, adheridos con el grumo de nieve eterna y al cielo azulino de nuestra cordillera y de nuestra inquietante identidad.

Y son así para mejor retar a los abrojos, desde donde muchas veces emprendemos una jornada. Y observándolos nos permiten mirar el infinito y lo entrañable de la condición del hombre sobre la faz de la tierra.

Son Vallejo, Mariátegui y Arguedas nuestros apus tutelares, ejes fundamentales de nuestra identidad; próceres y mártires de lo que había que refundar aquí, estos tres hombres de una ética sin dobleces, que jamás claudicaron ni al mercado, ni a la propaganda, ni a la impostura.

 

4. Flor

de pisonay

 

José María Arguedas, alma y dolor del Perú profundo, símbolo de lo más prístino y transido de nuestro pueblo.

Quien encarna lo mejor y más doloroso que somos y tenemos, ha de ser motivo siempre para dedicar reflexiones a cada línea que él dejó escritas.

Pero también es fundamental para reflexionar con grandeza acerca de cada pasaje de nuestras vidas.

Porque es él apu tutelar nuestro, flor translúcida de pisonay.

Y río profundo más que todos los ríos abismales del planeta. Y humana fortaleza solo comparable a Sacsayhuamán.

 

5. Arrobado

y convulso

 

Quien nació en el fulgor de dos relámpagos que luchan afirmándose y negándose la vida el uno al otro.

Y que se encontraron solo una vez para herirse de muerte y dar nacimiento a una nueva vida, en un lugar y circunstancias que han quedado envueltos en el más tupido e intrincado de los misterios.

Y quien murió a los 58 años de edad con el alma agobiada, incapaz de alentar a su cuerpo a que dé un paso más.

Donde los dos balazos que él mismo se descerrajó en la sien interrumpieron una vida que latía en un cuerpo robusto, que no padecía de ninguna enfermedad salvo la oscurecida.

En donde la esperanza lo rescata a él como el más prístino emblema de luz, síntesis de un Perú que es fuego y estrella matutina.


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