sábado, 20 de agosto de 2016

PRÓLOGO DEL LIBRO "UNA MIRADA A LOS DERECHOS HUMANOS Y CÉSAR VALLEJO", DE LIDIA IRENE VÁSQUEZ RUIZ - POR CARLOS GARRIDO CHALÉN


PRÓLOGO DEL LIBRO "UNA MIRADA A LOS DERECHOS HUMANOS Y CÉSAR VALLEJO", 

DE LIDIA IRENE VÁSQUEZ RUIZ

Por Carlos Garrido Chalén

Cuando en 1991 publiqué el ensayo “Itinerario del amor en Vallejo”, sostuve que dada su trascendencia universal, a Cesar Vallejo es imposible fijarlo en el tiempo de las vagas melancolías o los forzados sentimentalismos; y que se hace entonces necesario y perentorio, excluirlo de la ambigüedad de ese profundo pesimismo decantado que ha hecho que lo definan simplemente como “el poeta del dolor”.

Claro que podría argumentarse – dije - que en su orden de preeminencias, el dolor suministro a su fervor (a sus “mayos desarmados de juventud”: Capitulación) la cuota instintiva para hacer una poesía a veces desgarrada; pero Vallejo. “el Coraquenque ciego/que mira por la lente de una llaga”: Huaco, es mucho más que un escéptico idealista en franca rebeldía con ese dolor sentimental. Es un poeta universal, pero antes que del dolor, del amor universal (“Amor contra el espacio y contra el tiempo”: Absoluta). Es irresponsable hablar de él, solamente desde su acercamiento al horror, del ardor combativo de su pluma a partir sólo de la onda expansiva de su agobiante y presunta soledad; de su idea intrépida de la inmanencia de Dios en el Universo solamente desde la supuesta antinomia de su exaltación vitalista. Cuando acudimos a él y a su original visión del mundo (a su “confianza en el anteojo no en el ojo;/en la escalera nunca en el peldaño; en el ala del ave… en la maldad no en el malvado/en el cauce, jamás en la corriente/… confianza en la ventana, no en la puerta, en la madre, mas en los nueve meses”: Hoy me gusta la vida mucho menos), encontramos, no al lírico trovadoresco que recurre a la altisonancia para subyugar ( si “nada hay/sobre la ceja cruel del esqueleto …/nada delante ni detrás del yugo”: dos niños anhelantes), sino al Vallejo que ama. Que sufre y se duele porque ama. Su dolor expuesto a través del vigoroso realismo de un vocabulario nuevo, no es simplemente un hurgar en los abismos de idilios fatigosos, o una tentativa experimental para explicar la ambigüedad humana. Es la forma más auténtica de expresar su amor a la humanidad. Sólo se puede sentir el dolor propio y el ajeno, cuando se tiene amor (“…que nos dará la libertad suprema/en transubstanciación azul, virtuosa/ contra lo ciego y los fatal”: Líneas).

En el santiaguino felizmente (“más acá de la cabeza de Dios”), - acoté en mi libro - no se da el nihilismo nietzscheano que afectó a muchos espíritus de su época, porque a su prolijidad (a sus “espaldas ungidas de añil misericordia”: A lo mejor soy otro ), se acercó con contundencia una poesía que se inflexiona y acomete con toda su incitación revolucionaria (en el mismo terreno de “la paz/la abispa, el taco, las vertientes/ el muerto, los decilitros, el búho,/los lugares, la tiña, los sarcófagos, el vaso, las morenas,/ el desconocimiento, la olla, el monaguillo,/las gotas, el olvido, la potestad, los primos, los arcángeles, la aguja,/los párrocos, el ébano/el desaire,/la parte, el tipo, el estupor, el alma…”). Su vocación no es la de tránsfuga que prestó su intuición y su rebeldía al egoísmo, ni la del ingenuo nigromante que inventó la filosofía del desengaño emprendiendo una búsqueda desesperada de su otra mitad a través del odio u otro sentimiento sibilino (“De allí este tubérculo satánico/esta muela moral de plesiosauro/y estas sospechas póstumas/este índice, esta cama, estos boletos”: A lo mejor soy otro). La suya fue una propuesta de amor social (“Y entonces oirás como medito/ y entonces tocarás como tu sombra es esta mía desvestida/ Y entonces olerás cómo he sufrido”: Pero antes que se acabe), que entró de sorpresa a esta tierra imprevisible (con sus “cuaternarios maíces, de opuestos natalicios”: Telúrica y magnética). No como una escuela conventual o palatina en busca de una certeza filosófica invulnerable, sino como un desafió natural - de repente inconsciente - para enfrentar las vicisitudes de un mundo eclosionado por la desgracia (“Amémonos los vivos a los vivos, que a las buenas/ cosas muertas será después. (Cuanto tenemos que quererlas/y estrecharlas, cuánto. Amemos las actualidades que siempre no estaremos como estamos”: LXX.

En “LOS DERECHOS HUMANOS Y CÉSAR VALLEJO”, éste libro que se me ha dado el honor de prologar, la poeta, narradora y abogada Lidia Irene Vásquez Ruiz, entiende esas razones y se adentra en el mundo increíble del aeda santiaguino universal, para mirarlo desde la expectativa del derecho, cuya fuente fundamental, el sumum de sus mayores interrogantes y respuestas, es el amor social, el humanitarismo, el orden y el respeto a los demás, que Vallejo pregonaba. Porque el autor de “Los Heraldos Negros”, no iba a la palabra solamente para buscar sus colores y sonidos, o para entramparse en sentimentalismos de ingrata monta, sino para hacer una poesía trascendentemente hermosa – distinta para un tiempo que vivió plagada de eufemismos – y usarla como herramienta de lucha – como un poder de inacabables consecuencias – a favor de una humanidad desvalida, empobrecida, indefensa, a la que el mundo ignora porque se ha dejado ganar por la estulticia.

Lidia Irene Vásquez Ruiz, ganadora de varios premios y distinciones como escritora fundamentalmente vallejiana, entre los que puede mencionarse “El Laurel de Oro al Pie del Orbe” (2014), la “Orden Capitán Vallejiano, Alfred Asís, Isla Negra-Chile (2014), el “Laurel Trilce de Oro” (2013), la distinción “Piedra Negra sobre Piedra Blanca” (2012), “El Heraldo de Vallejo”, pertenece al Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra (2011), la Asociación de Escritores y Artistas del Orbe-AEADO y la Sociedad Literaria Amantes del País. Su obra, ha logrado interiorizarse en la paradigmática anuencia espiritual de un poeta como Vallejo, que como afirma el narrador Oscar Colchado, resulta cada vez más fresco, más vital, a despecho de quienes en las décadas del 60 y 70 manifestaban no estar interesados en su poética o no haberlo leído simplemente, deslumbrados por el imaginismo de un T.S Elliot o un Ezra Pound. El mismo Premio Nacional de Cuento, admitiría que muchos de esos jóvenes “parricidas”, ya maduros por estos tiempos, empezaron tarde a conocer “esa fuerza extraña, brutal” que significa la poesía de nuestro más grande vate, porque en Vallejo se dan casi todas las propuestas, todas las vertientes, todas las posibilidades de la aventura poética, ya que es hermético y es coloquial, es andino y cosmopolita, es pasión y honda filosofía; pero sobre todo, es pura humanidad.

En mi libro “Itinerario del amor en Vallejo”, dije que el santiaguino, “no es el lírico trovadoresco que recurre a la altisonancia para subyugar, sino el poeta que ama, que sufre y se duele porque ama; y que sólo se puede sentir el amor propio y el ajeno, cuando se tiene amor”. El punto de partida de su reflexión poética, no fue la especulación teológica forjada bajo la omnipotencia y omnipresencia de un Dios desconocido, sino un mensaje bíblico y un apostolado de amor y confraternidad universal, que recién ahora se empieza a reconocer. Si bien Vallejo se pregunta incesantemente sobre el sentido de nuestra existencia y el valor de la vida y la muerte, nos muestra al mismo tiempo la vida cotidiana y el marco histórico donde se desenvuelve aquella. Su tono doloroso, es el sello de un alma que capta como un sismógrafo el dolor humano. De eso precisamente se percata, la autora de este libro que reconoce que Vallejo, fue un poeta humano, metafísico y religioso (“hasta existencial y cristiano”) y que “cada uno de los signos caracterizadores de su lírica, se engloba en un corpus más amplio de poesía ligada a la cuestión de los derechos humanos”.

¿Y porque identificar a Vallejo con los derechos humanos?, se pregunta la autora de este ensayo; y ella misma se responde: “porque hablar de él, es hablar de su valía inmensa hacia los más necesitados, de la dulzura y el cariño de su ser, de su fortaleza y esperanza por cambiar el mundo del hoy y del mañana, de ese sueño que en vida nos enseñó, de su lucha por que el mundo lo entienda. Un Vallejo, al que admiro en cada línea que leo, un Vallejo que busco en el fondo del Océano, como si fuera la luz de esa antorcha perdida dentro de mi corazón”.

Lidia Irene Vásquez Ruiz, repite a Raúl Porras Barrenechea, uno de los más lúcidos intelectuales peruanos, del siglo XX, que en su Antología César Vallejo expresa: “Sin descanso ha evocado Vallejo en sus versos el ambiente de su infancia: las tibias colchas de vicuña con que los niños se cubrían del miedo de la noche, el patio empedrado de la casa, el corredor de abajo, el corral de gallinas y las piedras fragantes de boñiga, el pozo, el sillón antiguo del abuelo trasto de dinástico cuero que rezongaba a las nalgas tataranietas, la madre que repartía bizcochos de yema y servía el almuerzo en que reían albos platos de cancha y los juegos de los niños con el cielo y con el agua, viendo volar las cometas azulinas o yendo a destapar la toma de un crepúsculo para que de día surja toda el agua que pasa de noche”; y a Manuel Mantero, que dedica unas páginas a la ternura humana de Vallejo, señalando, cómo «en todos sus libros, y en más o menos grado, esta ternura, a veces diluida y otras saltante, resplandece y nos agarra»; dejando entrever – luego de un fluido deslinde conceptual, desde el punto de vista del derecho, que todo ese desmarque, ese ir en el fondo a la legalidad, tiene que ver con el reconocimiento de los valores humanos, que la Constitución reconoce, protege y garantiza y el derecho de igualdad ante la ley.

“Precisamente, de esta consideración moral del hombre, - anota la autora - ha de derivarse la propia justificación de aquel conjunto mínimo de derechos o atributos subjetivos con los que ha de contar el hombre, que pueden o no estar detallados en la Constitución, pero que es absolutamente necesario reconocer, para que pueda desarrollar responsablemente su proyecto vital. De esta forma, el hombre individualmente considerado, y el respeto de su dignidad, se convierten en el elemento clave de nuestro ordenamiento jurídico y al mismo tiempo se erige en el núcleo axiológico legitimizador de cualquier construcción artificial”. Por eso Lidia Irene Vásquez Ruiz, encuentra coherente que el ex Canciller Manuel Rodríguez Cuadros, haya relacionado esos conceptos con Vallejo, afirmando: “En su tiempo, la doctrina de los derechos humanos aún no había emergido como un sistema de ideas sistematizadas en el campo internacional, pero se expresa en Vallejo a partir de que el hombre vuelve a ser el centro que activa la propia justiciación de los derechos que las distintas constituciones relievan”; y que en noviembre de 1959 en la Revista Pueblo Continente, Antenor Orrego haya manifestado que Vallejo es el poeta en lengua española que expresa, con más estremecida profundidad, la injusticia social de la época y su sentimiento de solidaridad con el dolor humano de nuestros días.

Según la autora de este ensayo, Vallejo, considera a los derechos humanos como derechos morales, relacionándolos con los valores de la dignidad humana. •En su poesía, – arguye - hay siempre una voluntad de dar mayor importancia al hombre “como ser entrañable”, más que cualquier dogma ideológico concreto. Las necesidades básicas son imperantes necesidades del ser humano. Todo lo demás viene como consecuencia de haber podido sobrevivir.

“Vallejo recuerda en su infancia y su tierra natal Santiago de Chuco, los momentos más bellos e inolvidables de su vida que trasciende y marca un hito importante en la vida de todo ser humano, manifestando en sus obras una especial fidelidad y devoción por la vida de las personas”.

Jacques Maritain decía que existe una naturaleza humana común a todos los hombres constituida por una estructura ontológica que es un locus de necesidad intangible que suministra al hombre fines. Implícitamente sugería que es inmanente al hecho social – a quien se le atribuye una reprochable falta la caridad - una tendencia oculta hacia un universo común. Vallejo con su “indistinto orgullo” étnico (al que “le pegaban/ todos sin que él les haga nada”: Piedra negra sobre piedra blanca) no es la excepción. Y eso ningún intento de análisis puede ignorar (“ Porque en el fondo es hora/ entonces, de gemir con toda el hacha/y es entonces el año del sollozo/ el día del tobillo, la noche del costado, el siglo del resuello”: Escarnecido, aclimatado al bien, mórbido). Es imposible considerar su dolor y su amor social como bloques separados o excluyentes. No hay razón para pensar que su dolor, a veces terco y patibulario, sea una entidad autónoma y compulsiva en conflicto con un sentimiento causal de avenencia más trascendente que el amor (“Oh Dios mío recién a ti me llego/hoy que amo tanto en esta tarde”: Dios). Por que como diría Judith Shklar, la causa de que los hombres luchan no son las palabras sino los sentimientos que se ocultan detrás de ellas. De lo que es, al final de todo, de lo que se ha percatado la autora para hacerte este libro que debe estimular a otros libros sucesivos y consolidar el análisis multidisciplinario que merece el poeta más universal de nuestra historia.

Yo lo dije hace veinticuatro años: “Como nada en la historia es evidente de por sí, sólo pretendemos hacer una indagación causal a partir del Vallejo sufrido, contingente, que se “tiene pena, pero que es a la vez un “amoroso Notario de sus intimidades” (XXXV), predispuesto intelectualmente a paradojas inflexibles, de ese “muerto inmortal” (LXV) que alimentaba sus ficciones en una suerte de autogénesis secular; del Vallejo en busca de sí mismo que no le escribía a las confusas lechuzas de Minerva presumiendo ser la quintaesencia de la moralidad, sino al hombre(“cuando ya se ha quebrado el propio hogar/ y el sírvete materno no sale de la tumba”: XXVIII); del testigo a veces perjuro, de una guerra liberada con exacerbado encono (“cuando la calle esta ojerosa de puertas”: VII); de ese santiaguino humilde - universal por convicción - constreñido por una agonía prematura, “sin madre, sin amada, sin porfía…” (XXXIII), que no integró la tribu de la tradicional literatura utópica condenada a la esterilidad, sino la comuna de un vanguardismo que agudizó su ansiedad de visionario; del creador que siempre se negó a hacerle concesiones a la estética formal (“pero un mañana sin mañana/entre los aros de que enviudemos/margen de espejo de espejo habrá/donde traspasare mi propio frente/hasta perder el eco/y quedar con el frente hacia la espalda” VIII). Y sigo diciendo que carece de perspicacia, quien ve a Vallejo y sus valores inmanentes (“esa manera de caminar por los trapecios”:XIV), dentro de una concepción escéptica, que si bien pone a la poesía al cubierto de la fatalidad (aunque “en suma la vida es/implacable,/imparcialmente horrible, estoy seguro”: Panteón), constituye un abierto desprecio a la credulidad de esa moral de amor espontáneo, que a pesar de su adentrado sentimiento de lo absurdo promovió (“Absurdo, solo tu eres puro,/Absurdo, este exceso solo ante ti/ se suda de dorado placer”: LXXIII). Se afirma que Vallejo, con sus alternaciones vocálicas y sus cambios fónicos (“Al fondo es hora,/ entonces de gemir con toda el hacha”: Escarnecido, aclimatado al bien, mórbido) alteró complemente el vocalismo literario (“desde el plano implacable donde moran/lineales los siempres, lineales los jamases…“: Alfonso estás mirándome, lo veo…); que sus imágenes acústicas pusieron la lengua al servicio de la conjeturas (“Cesar Vallejo, te odio con ternura”); pero pocos se han percatado que, a través de lecciones geniales reconoció al lenguaje como un hecho social y lo usó, como la trama de un tejido, para exponer un amor por la humanidad que merece y exige en esa nueva dimensión, ser reconocido. Su campo fecundo apunta a un hecho total: el sentimiento, pero sin caer en la trampa de ninguna subordinación.

 

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