lunes, 2 de noviembre de 2015

2 DE NOVIEMBRE: HOY NACE LUIS VALLE GOICOCHEA - FOLIOS DE LA UTOPÍA - UN ÁNGEL CAÍDO DEL CIELO - POR DANILO SÁNCHEZ LIHÓN


 
 
 
CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA
Construcción y forja de la utopía andina
 
2015 AÑO
DE LA DEFENSA DE LA VIDA
Y DEL PLANETA TIERRA
 
NOVIEMBRE, MES DE LA GESTA
DE TUPAC AMARU; LOS DERECHOS
DEL NIÑO; VIDA Y EJEMPLO DE
J.M. ARGUEDAS Y MANUEL SCORZA
 
CAPULÍ ES
PODER CHUCO

 
SANTIAGO DE CHUCO
CAPITAL DE LA POESÍA
Y LA CONCIENCIA SOCIAL
 

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PRÓXIMAS ACTIVIDADES
DE CAPULÍ
 
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EN EL II CONGRESO NACIONAL:
LA MÚSICA AYACUCHANA
Y SU TRASCENDENCIA
 
PONENCIA
EL YARAVÍ AYACUCHANO
DANILO SÁNCHEZ LIHÓN
 
MIÉRCOLES 4 DE NOVIEMBRE
EN HUAMANGA, AYACUCHO
 
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2 DE NOVIEMBRE
 
 
HOY NACE
LUIS VALLE
GOICOCHEA

 
 
FOLIOS
DE LA
UTOPÍA
 
UN ÁNGEL
CAÍDO
DEL CIELO
 
 

Danilo Sánchez Lihón
 
 
1. Nada con qué
defenderse
 
Era el poeta Luis Valle Goicochea un ángel caído del cielo. Totalmente inerme, indefenso, expuesto al mundo arisco, despiadado y cruel de cada día.
Ante el cual batirse con toda la ingenuidad y la bondad herida que a él lo aprisionaba, era una batalla anteadamente perdida.
Era un ángel doblegado, pero no réprobo. Porque no todos los ángeles con algo de extravío son quienes entraron en rebelión con el padre todopoderoso y se hicieron protervos, sino que la mayoría de poetas son ángeles desterrados y desguarnecidos.
Pero este era un ángel despeñado, aunque conmovedoramente bueno. No es que pretendiera el trono y fuera castigado haciéndose execrable y siniestro.
En él ocurría lo contrario. Él a todo renunciaba. Y bebió el cáliz de la dulzura hasta probar su gota más fatal y amarga.
Ángel calmo, apacible y desvalido; habitando el horror del mundo ante el cual no tenía ningún escudo ni adarme con qué defenderse.
 
2. Los saúcos
viejos
 
Fue una “rara avis” entre los seres humanos. Un ser signado con un estigma en la frente y en el alma:
Nunca olvidaré tu cara triste todo el tiempo,
niño muerto del pueblo, compañero...
Nunca te olvidaré... Gustabas como yo
de ir a ver el monito de Leoncio
y de arrancar flores
en los caminos próximos en Mayo...
Ya no volverás un 24 de diciembre
con tu mamá a la casa,
a tomar el nocturno té de Navidad...
Hoy los gorriones cantan tristes,
y no los alegra el agua. No sé dónde
diez mil cuervos clavan sus picos
en el asno despeñado que se pudre,
y amarga la corteza
de los saúcos viejos...
 
3. Meandros
de lo sagrado
 
En quien hicieron mella todos los dardos, lanzas y espadas, sin que hubiera rodela o broquel tras el cual pudiera guarecerse. Y esto desde cuando era niño. Lo supieron sus padres que le buscaron un refugio en el seminario de San Carlos y San Marcelo de Trujillo.
Quizá para ser amparado, arropado y protegido por las únicas manos que pudieran salvarlo del cierzo y la nevasca que sobre él se cernía, y que no podían ser otras que las manos de Dios. ¡Fue en vano! Era demasiado honda su pena. Y a la herida de sí mismo se sumó otra herida: la herida de lo divino.
Tocado por Dios y sus hondos e inabarcables enigmas, demasiado asustado por los pozos negros de las cosas para ser conducido sin tropiezos en este mundo, no pudo ya sosegar su angustia sino con otro dios terreno y mundano que destruye acerbamente, cuál es el licor.
Y con él deambuló sin fin por los laberintos del lenguaje, los meandros de lo sagrado y de taberna en taberna, aún con su sotana o hábito de monje hacia donde escapaba a medianoche de la celda de los conventos que lo acogían, sea en Trujillo, en Lima, en Arequipa o el Cuzco.
 
4. El pajarito
y nosotros
 
Herido porque las cosas desaparecen y se esfuman, o se tuercen. Herido por la vida de un pajarillo, Rinono, que un día desapareció del árbol frente a su casa en el cual se cobijaba. Herido por lo que se sabe, pero más por lo que no se sabe y solo se presiente o simplemente nos hiere:
Rinono cantaba todas las mañanas
en los árboles del frente.
No tenía lindos colores: era oscuro pero
bueno.
La Rarra lo llegó a querer
y como nosotros lo quería.
Pobre pajarito: una tarde
le contó un cuento no sé quién.
Rinono voló por donde quedan
los eucaliptus del Tingo.
Y desde entonces no volvió jamás.
Nos queríamos, el pajarito y nosotros:
así: él en su árbol, nosotros en la casa.
Toda la tarde hemos llorado con la Rarra.
Rinono ya no volverá.
 
5. El alma
blanca
 
Dios no solo no fue suficiente para apartarlo del abismo en el cual caía, sino que él bebía para condolerse de Dios, sufriendo por él.
Era entonces testigo y peregrino del absoluto, en quien palpitaba el desconcierto bajo el ritmo acompasado, los sones y tambores broncos del dolor.
Quien escondía su temblor, su vibración y conmoción interior en el rezo y el alcohol. Por ello, le rondó la pobreza en todo sentido.
Su vida fue escueta, parca, simple. Hundido más en visiones, delirios y mansos crepúsculos que se apagaron a sus 42 años; edad en la cual acabó con su vida que fue un lento suicidio y el día que murió el suicidio definitivo.
Pero antes se fue consumiendo de pena. Se fue secando de añoranza. Se fue agostando de soledad, de nostalgia y melancolía. Ernesto More escribió:
"Valle, que parecía destinado al ara y al misal, terminó sólo con el cáliz. Murió fiel a la sangre de Cristo y fiel también a la Doctrina del Maestro: sin un centavo y con el alma blanca".
 
6. Sones
de arpa
 
Es sus versos es parco y sobrio, conciso y simple como fueron sus padres y sus ancestros, y la gente de su aldea.
Tienen sus versos un giro hacia lo simple y prosaico. No se deja tentar por lo sonoro ni mucho menos por lo rimbombante.
En ellos recuerda su calle, la lluvia y los tejados de su aldea pobre.
Y desde allí desprende una manera de decir, de mirar y contemplar imprevistos, como si descubriéramos el hechizo en el borde del rebozo de un ser querido al interior de una casa.
Son versos sueltos, si es posible descarnados, lacónicos; mondos y lirondos; a palo seco. Hechos con una música libre, de rara belleza. De fragancia matinal, desvencijada.
Donde el lenguaje es suelto, desaliñado; es otro lenguaje, otro acorde, otra música. Con sones de arpa, destemplada. Pero, hay algo inexplicable por lo cual se siente estar ante un gran poeta.
 
7. Guitarrita
muda
 
Estaba en la mesa,
en busca de migas,
a la hora del almuerzo
la señora hormiga.
La encontró Juancito
al coger su copa
y apostó con ella
a tomar la sopa.
Casi no le oía
cuando la hormiguita
después repetía
con su voz finita:
“Guitarrita muda
toca ahora, toca,
que un niñito bueno
acabó la sopa.”
 
8. Aparente
sencillez
 
Él era un ser en quien la inocencia hizo carne y llaga; flor y espina; aureola y lastimadura; plenitud y resquebrajadura. Expuesto a un mundo atroz, esa llaga se convirtió en abismo y caída.
De allí que su poesía sea el resuello de un lamento, el vaho de un quejido. O más precisamente, el hálito de una agonía.
Siempre estuvo herido de muerte, porque era mucha la inocencia que brotaba de su alma. Y era amarga la destrucción desde afuera a ese candor intrínseco de su naturaleza y su destino. Y de cómo es la vida en las ciudades, y de cómo es en el mundo andino de donde él venía.
En lo urbano donde el invasor estruja todo lo bueno y hace que prevalezca todo lo inicuo. Pero, además, porque la poesía hay que padecerla, cuando el estigma es complacernos de ella y hasta gozarla.
De allí que bajo su aparente ternura ruja la muerte. Bajo el aparente candor se cierna el vacío. Bajo la aparente sencillez teja su urdimbre lo aciago, intrincado y violento que hay en la vida y el universo:
 
9. Llorando
contra el suelo
 
Me cuentan:
– Fue en junio, una mañana, murió Alfredo
el hijo de don Ninfo el Molinero.
Hacía muchos días
que faltaba a la escuela.
Él vivía
en Llacuabamba, en su molino, lejos.
(El molino de don Ninfo era una casa oscura
a orillas del río cristalino.)
Y todos los niños de la escuela fueron
en formación, a Llacuabamba,
hasta la misma casa del difunto.
Llevaban flores de saúco, algunos rosas...
Don Ninfo, en el entierro, daba pena:
ebrio, bamboleante,
desviados los ojos,
pasaba y repasaba ante las filas
de los escolares mudos y llorosos,
repitiendo:
¡Qué se va a hacer!... ¡Qué se va a hacer! Doña
Simona, su mujer, se daba
llorando contra el suelo...
 
10. Penas
de amor
 
No se registra en su biografía ningún amor de mujer. Sin embargo se enamoraba perdida y locamente de ellas.
Pero habitaron su mundo de imágenes y sueños, mujeres que el idealizaba.
Sobre este punto le pregunto a don Arturo Jiménez Borja, quien fue su amigo entrañable.
– ¿Fue amado por alguna mujer? 
– No. Jamás. ¡Nadie!
– ¿Y, por qué ninguna?
– Ninguna estuvo cerca de él en su vida.
– Pero, se puede saber ¿por qué?
– Porque las mujeres son personas muy prácticas.
– Yo lo sé, pero también sufren penas de amor.
– Pero se enamoran de personas que puedan protegerlas, darles bienestar y seguridad. Y un ser como Luis Valle Goicochea no cumplía con esos requisitos. Él no era práctico para nada.
 
11. Flecha
o espada
 
Sin embargo, Luis Valle Goicochea se batió a duelo con Julio Fernando Quevedo Iturri, en Trujillo defendiendo el honor y el amor romántico que le nació al instante por una cantante chilena que actuó un solo día en el Teatro Municipal de esa ciudad norteña.
Él mismo había cogido la flecha de sus ojos para incrustárselos en su pecho y sangrar agonizando de amor. Y retó a Quevedo Iturri quien hizo una referencia en el periódico que Luis Valle consideró inaceptable, y públicamente lo desafió a batirse en duelo a muerte.
Ella desapareció tal como había llegado, sin siquiera enterarse jamás que alguien estaba arriesgado en su nombre la vida. Que alguien estuvo decidido a morir por ella una noche tenebrosa en las ruinas de Chan Chan, adonde se trasladaron los ocasionales rivales para batirse a duelo.
Solo Ciro Alegría supo, porque él las cambió, que las pistolas con balas mortales no eran tales, sino otras de fogueo. Sin embargo, en el ánimo de los duelistas quedó que sus vidas habían estado en vilo. Y que habían disparado a matar.
Así vivió Luis Valle Goicochea en la punta de la flecha o espada de la pena que solo por existir todos llevamos incrustada en el fondo de nuestro corazón.
 
 
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