miércoles, 4 de mayo de 2022

CUANDO ME FUI DE BRUCES LEYENDO A VALLEJO - POR ÁNGEL GAVIDIA RUIZ


 

 

CUANDO ME FUI DE BRUCES LEYENDO A VALLEJO

Escribe Ángel Gavidia Ruiz

Llevaba en mis decires y en mi corazón estos dos versos de Vallejo. Iban conmigo como un recurso, como una opción para volver a la tierra en cualquier momento, cuando lo deseara y era casi siempre: “Fue domingo en las claras orejas de mi burro,/ de mi burro peruano en el Perú (Perdonen la tristeza)”. Supongo que me bastó solo con estos dos versos para escuchar los alaridos de mi propia canción como diría alguna vez Bernardo Rafael Álvarez en un “antiprólogo” entrañable. Supongo que por eso no continué leyendo el poema. Estos dos versos bastaban para imaginar a esa criatura paciente, orejeando en la puerta de la cantina, sin apuro, sin rencor hasta que su dueño, ya bien regado de “capris”*, emprendiera el retorno. Por eso es que no me cuadraba la traducción de donky para el burro vallejiano. Es que este es muy especial. No sé si el donky del habla anglosajona recibiría las campanadas domingueras con esos ojos comprensivos y tiernos. Y por eso digo, si para Jaime de Ojeda “ ‘Alicia’ es uno de los fenómenos literarios que no admiten trasplantes y pese a todo el cuidado que se ponga en guardar intacto su significado vernáculo en ese naufragio irreparable y doloroso que es toda traducción, (…) es prácticamente imposible trasladar a la mente del lector castellano todo el contenido de vivencias sabrosas, de evocaciones misteriosas y de introspección cultural de que está lleno este precioso libro”, cuánto más naufragio será traducir a Vallejo. Y esa frase en la que termina el segundo verso, “Perdonen la tristeza” ya redondea el firme tejido espiritual del burro peruano, más específicamente santiaguino y el hombre y su entorno. Tengo una fotografía de un campesino arreando su burro por una cuesta pedregosa, probablemente la “Salesipuedes” que va del Huaychaca a Santiago. Caminan los dos en silencio y a veces aletea en esa foto la tristeza y otras la paz.

Y no es un caballo el de estos versos, es un burro. Los arrieros saben que cuando se cansa un caballo ya no hay nada más que hacer: a descargar o desensillar y a quedarse allí toda la noche. Pero cuando se cansa un burro hay que parar un rato, permitirle que trisque unas matas de la hierba que siempre crece al borde del camino y ya está, listo para seguir de nuevo.

Todo esto, además de la emoción que me produce la lectura de los versos que les digo, me hizo quedarme allí. Pero hace poco leí una exégesis del poema que subrayaba una palabra, para mí, calumniosa: “burrada”, y como si hubiera alguna duda, dicha por partida doble por el poeta santiaguino. En el análisis, el intérprete echa ají a la connotación peyorativa de burros y burradas . Y, créanme, no hay animal más juicioso que el jumento. Quise contradecir al autor de tal interpretación pero no encontré cómo, donde agarrarme. Y me quedé aquí mascullando los versos que seguían: Mas hoy ya son las once en mi experiencia personal,/experiencia de un solo ojo, clavado en pleno pecho,/ de una sola burrada, clavada en pleno pecho,/de una sola burrada clavada en pleno pecho,/ de una sola hecatombe, clavada en pleno pecho.

Termino retomando los versos iniciales: “Perdonen la tristeza”

*Hubo un aceite marca “Capri”, que se vendía en una botellas especiales de vidrio de más de un litro. No sé por qué razón, quizás porque tenía boca ancha, fueron adoptadas como envases para la chichas de los pueblos serranos de La Libertad.

Trujillo, 4 de mayo del 2022.


 

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