martes, 26 de julio de 2016

26 DE JULIO: NACE CÉSAR CALVO - FOLIOS DE LA UTOPÍA: LA POESÍA COMO FE Y MILITANCIA - POR DANILO SÁNCHEZ LIHÓN


 
   
CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA
Construcción y forja de la utopía andina
 
 
CAPULÍ ES
PODER CHUCO
 
 
*****
 
26 DE JULIO
 
 
NACE
CÉSAR
CALVO
 
 
FOLIOS
DE LA
UTOPÍA
 
LA POESÍA
COMO FE Y
MILITANCIA
 
 
Solía escribir
con su dedo grande
en el aire
César Vallejo
 
 

Danilo Sánchez Lihón
 
1. Gesta
heroica
 
César Calvo escogió el Perú para vivir siempre, él que pudo muy bien radicarse en cualquier país europeo. Y no solo escogió para vivir el Perú de la capital sino el Perú profundo: Ayacucho, Cuzco, Iquitos, Pucallpa. Al respecto dijo alguna vez:
“Amo este país -el Perú-, y creo que lo amaría igual si hubiera nacido en otro”.
Radicado definitivamente en el Perú lo hace ligado al mundo andino, amazónico y costeño. Pero costeño de ancestro y antepasados esclavos, de tierra dolida, de entraña que duele y tiembla; uniéndose con la gente sencilla y humilde, revalorizando lo nativo.
Identificándose con el hombre que sufre, abrazándose solidariamente con el desheredado, con la realidad honda y bravía que se entreteje hacia adentro, fusionado con las montañas tutelares, con sus apus extasiados y sus pacarinas embarazadas con un fruto tierno.
Su libro El cetro de los jóvenes se ubica en ese contexto cantando la gesta heroica del año 1965, las guerrillas románticas, ilusas y místicas del MIR encabezadas por Luis Felipe de la Puente Uceda; y las del Ejército de Liberación Nacional de Héctor Béjar y tantos otros.
 
2. Redimir
la historia
 
En este libro entona la epopeya de la inmolación pura y sacrosanta, el sueño de una patria hermosa como una espada en el aire; y alentada en el corazón de quienes escogieron las montañas para iniciar el camino de construir gloriosamente oro Perú en nuestro suelo y en este tiempo.
De allí que El cetro de los jóvenes está dedicado a tres luchadores sociales muertos en combate y prácticamente en su juventud: Javier Heraud, Luis de la Puente Uceda y Edgardo Tello.
Es en este libro donde César Calvo plasma de modo principal su emoción por asumir y redimir la historia del Perú a través del canto a la lucha de insurgencia que brotó heroicamente el año 1965 y que fuera arrasada al finalizar el año, al liquidarse los tres frentes guerrilleros:
La columna “Pachacutec” de Mesa Pelada, comandada por Luis Felipe de la Puente Uceda, el frente “Javier Heraud” en el departamento de Ayacucho, del Ejército de Liberación Nacional dirigido por Héctor Béjar, y el frente guerrillero “Túpac Amaru” de las provincias de Concepción y Jauja, también del MIR, donde actuaron y murieron Guillermo Lobatón y Máximo Velando.
 
3. Flor
que se abre
 
Sin embargo, pese a que sucumbieron constituyen el hito más alto de heroicidad de la izquierda peruana en el sueño de instaurar una patria socialista que redima al ofendido, al humillado y al postrado en la miseria. César Calvo canta esa hazaña en El cetro de los jóvenes que es un himno de fervor y adhesión hacia aquellos que subieron a esas cumbres con el pecho, la frente y la mirada en alto y descubierta. Es así como dice:
(Después de aquella vida que en la ciudad vivimos
como una muerte a medias, esta otra que avanza
sobre el hilo de los disparos en la noche,
alta en el corazón, nos reconforta.
¡Oh vida amenazada, golpeada
por los vientos, al aire, siempre al aire
y delante de sí misma siempre! Tal,
en pos de nosotros, avanzamos, somos
nuestro destino, la patria de los tiempos.
Y desde estas llanuras que son otras, entre
los altos bosques o relámpagos, nos miramos
llegar, nos saludamos).
¡Saluda, tierra, nuestro paso
que tuyo es: callado
como el peligro, fértil
con tus leyes, revelado milagro! ¡Salúdalo
en la sangre, en la flor que se abre o en la tumba
que se cierra como una flor sin nadie!
 
4. Eslabón
de oro
 
Estos versos forman parte del poema “Diario de campaña” dedicado a Héctor Béjar comandante de la guerrilla “Javier Heraud” del Ejército de Liberación Nacional que se alzara en armas en enero de 1965 en la provincia de La Mar en Ayacucho, gesta que tuvo diversos enfrentamientos, tal vez el más significativo el que ocurriera en la comunidad de Chapi.
¿Cuántos compañeros constituían ese ejército de gigantes cuya gesta para nosotros es tan legendaria como la de los argonautas que enrumbaron a Calcos en busca del vellocino de oro, en donde todos eran héroes? Eran nada más que 13 compañeros, casi todos poetas. ¡Y este es el honor de la poesía en el Perú!
Entre ellos estaba Edgardo Tello que fue muerto en combate en Tincoj el 17 de diciembre después de un año de dormir o velar a campo traviesa en las montañas de Ayacucho. ¡Siempre ha sido la poesía la que ha portado en sus manos la bandera o el laurel en su frente de los grandes hechos en nuestra patria heroica y martirizada!
Edgardo Tello tenía como seudónimo de combate el de Cúyac, que quiere decir en quechua “el que ama”, porque era un ser noble y puro, con cuya muerte terminó la gesta heroica de las guerrillas en el Perú; de allí que él sea el eslabón de oro, la herencia de fuego que asume Calvo, una luz hermosa por ser de diamante; herencia que no se puede olvidar porque agujereado por la metralla encontraron en su pecho esos poemas candorosos como de un niño
 
5. El corazón
jazmín
 
Y donde revela que cada paso y cada recodo del camino con la mochila y el fusil al hombro era recordar a su novia lejana a quien le dice:
Entre cristales
escucho
tu voz y tus pasos
marchando
al encuentro de los míos
Pienso en ti
esperando en secreto
la hora del combate.
Y en el poema “Diario de campaña” César Calvo lo evoca casi en el mismo sentido y modo de quedarse mirándolo:
La soledad es larga entre estos ríos, y a veces
nada sino el recuerdo
de lo que ha de venir nos alimenta. Hoy
los fusiles reposan
como plantas, un campesino trajo una guitarra,
y el corazón jazmín que se deshoja
                                                 sólo el peso
de una canción soporta (Amor lo cubre
como una hoja roja, dulcemente).
 
6. Un país
hermoso
 
¿No se siente entre estos dos poetas como un diálogo de poemas, de versos y de sueños? Como una empatía profunda de almas de un amigo que vela sentado en una silla frente a una ventana en una ciudad enrevesada, y de otro que vela bajo las estrellas titilantes de la montaña?
A esta herencia diáfana y pura como un relámpago debemos recurrir, como cuando Edgardo Tello (que ni siquiera era andino sino un muchacho de Miraflores, fino, espigado y altruista, quien de niño ganó el concurso “Quien estudia triunfa”. Y solía escribir unos manuscritos que llevaba junto a su corazón, que tituló Las puertas de la esperanza), en donde anotaba lo siguiente:
Dejaron
la novia de ojos de miel,
la de pechos profundos
para buscar
en su país, un país hermoso.
De allí que yo proteste que consideremos que el Perú sea un país de políticos fantochescos o de funcionarios corruptos y miserables. Es –creo que con más derecho que ninguno otro– la patria de Melgar, de Vallejo, de Arguedas, de Heraud, de Edgardo Tello, quien escribió con toda naturalidad en ese diario o poema, apuntes como este:
 
7. Al alba
partiremos
 
Al primer llamado
salió de su casa
para escribir con su sangre
el amor
que defendió en sus versos
Con ese hilo de sangre o arco iris de sueño conecta César Calvo cuando escribe, y  pese a que Edgardo Tello ya está muerto, expresándose del camarada como de un vigilante en desvelo permanente:
Bajo la luna, Edgardo no dejes de mirar. Nosotros
soñaremos esta noche en tu nombre, y acaso
pasearemos de memoria las playas que te extrañan.
No dejes de mirar...
Al alba partiremos. Demás está decir, hermanos
que os extraño, que entre las luces
de la emboscada o del descanso, recuerdo
aquella nave de la ciudad, las noches
prolongadas hasta el agua.
Si no vuelvo a miraros, si mis ojos
-en paisajes sin viento ni reposo-
humedecen los vuestros, quiero decir tan solo
que al alba partiremos.
 
8. El más
puro amor
 
                                                 Otra vez
en el pecho húmedo de los bosques
reclinaremos nuestra frente, teñiremos de lluvia
nuestras manos lavadas por la sangre.
Sea mañana el júbilo en nosotros.
nunca el odio florezca bajo nuestros pasos.
Qué más coincidencia, para corroborar el amor, que soñar juntos? Pero aquí hay una coincidencia mayor: la de las lágrimas en los ojos, es decir la coincidencia de llorar juntos, que en este caso es un llorar heroico, cuando dice: “Si mis ojos... / humedecen los vuestros, quiero decir tan solo / que al alba partiremos”.
Edgardo Tello era entrañable amigo de César Calvo y de Javier Heraud. No sé por qué se lo olvida. Él viajó al lado de Javier desde Arica a Cuba persiguiendo el sueño de una patria redimida. Estuvo con él en Puerto Maldonado cuando lo mataron. Estuvo preso en Bolivia y entró en viaje clandestino al Perú para seguir luchando, no por odio sino por amor, lo dice él mismo cuando escribe a la mujer que ama en una de esas noches de luceros de la serranía:
Tú sabes
que el fondo de nuestro odio
encierra
en infinitos, el más puro amor
 
9. Canciones
de combate
 
Diario de campaña de César Calvo tiene pasajes memorables. Es hermosísima la evocación de la fraternidad, la consustanciación entre el alma del poeta y la del guerrillero, el lazo indiscutible de amor que atraviesa la vida y la muerte.
El arco que se traza y que une ambos mundos en la mente y el corazón de los que viven y de los otros que cayeron a través de un vínculo indisoluble cual es los sueños, los ideales no doblegados, las banderas que flamean en la ilusión y la esperanza de los que se hermanan en el anhelo de una patria hermosa como una “espada en el aire”, por la cual ¿es justo o no llorar juntos?
César Calvo, hizo preparación militar de guerra subversiva y destacó en ese campo y cuando reclamó por qué no le llegaba la orden de marchar a combate Juan Chang “el chino” (quien integró el Ejército de Liberación Nacional y muriera después al lado del Che Guevara en Ñancahuazú en Bolivia) le expresó que la orden del comando era que, pese a su excelencia militar, de lo necesitaba más que nunca como enlace en la ciudad y para escribir canciones de combate.
De allí que sea exacto, por su identificación con lo genuinamente popular, el poema canción que César Calvo compusiera en esta circunstancia y que se titula “Para un charango”, porque en ella se evoca al charango como un arma de guerra que fortalece el alma.
 
10. Si
soy herido
 
Porque es en el descanso del combate surge este soldado o este compañero de armas. Y finalmente porque es la belleza, el arte, el canto y la ilusión la razón de la lucha que se hace evidente cuando surgen las notas de este instrumento pequeño pero de voz poderosa y combatiente indestructible:
Charango, viento solo
de las montañas:
como un sol perseguido
nos acompañas.
Los señores te escuchan
tierra callada,
y sus fusiles tiemblan
como las cañas.
.....
En redor de una hoguera
cuando la calma,
suena en nuestra sangre,
cantando aguardas.
Charango guerrillero,
danos confianza
bajo la luna roja
de la emboscada.
Si soy herido
no detengas tu canto
canta conmigo.
 
11. Con el paria
y el mendigo
 
Así como en otro poema, titulado “El recuerdo”, traza César Calvo su arco de herencia y ancestro con el Tahuantinsuyo, y se adhiere a los vencidos, contándose entre uno más de los que fueron masacrados y reducidos a despojos.
En él se une e identifica sentimental e ideológicamente con los runas silentes de piedra. Él, a quien el destino le ornó con tantos atributos de distinción y refinamiento. Mucho más que a otros que hacen lobby en los hoteles, merodean tras los cargos, el éxito y las comodidades que lo utilizan para privilegiar a una literatura frívola. En su caso él se inclinó a solidarizarse con los que sufren, con el paria y el mendigo, a quienes se une fraternalmente:
Manco II, taytachay, contigo
.....
marchamos hacia el Cuzco.
No arriaste el corazón, la cólera, el Imperio,
cuando la infame muerte
–por mil moscas azules precedida–
golpeó nuestros ojos en busca de los tuyos.
No hubo mano ni amor que detuviera
tu hermoso cuerpo entrando hacia la tierra,
y cien mil veces fuimos, sin tregua, asesinados.
Dejamos de ser libres. Dejamos de ser dueños.
Dejamos de ser dioses.
Las antorchas bajaron la voz hasta dar sombra.
Sólo la fría hierba creció sobre los campos,
cubrió los corazones, el sol, los altos muros,
el viento, las edades.
 
12. La gesta
guerrillera
 
Muchos años después de haber sucumbido aquellos alzamientos y aparentemente habiéndose borrado aquellos sueños, él declara que sigue creyendo en lo mismo, al decir:
Creo firmemente en el advenimiento de un mundo justo y digno, sin explotadores, sin hambres ni penumbras.
Creo en un mundo donde se enseñe a nuestros hijos que es más importante tener un amigo y no un televisor, tener una conciencia limpia y no un automóvil último modelo. Donde se enseñe que las cosas son verdaderamente nuestras solamente cuando son compartidas, solo cuando no han nacido de las hambres ajenas, de las penurias ajenas, sino de las mutuas alegrías y los empeños generosos. Y creo que ese mundo lo haremos ahora, y lo haremos con armas invencibles, escribiendo y amando, y cantando. Y lo haremos aquí, en esta tierra dura y no en algún sedoso paraíso celestial...
Sin embargo, se quiso empañar la trayectoria de vida de César Calvo poniendo en duda el compromiso de su participación en la gesta guerrillera de la década del 60.
No se le perdonó que él viviera, pensando que si Javier Heraud y Edgardo Tello habían muerto a él también le correspondía morir.
 
13. Tiempo
nuevo
 
Sin embargo, Héctor Béjar, salió al paso de tales infundios dando un testimonio de mucha firmeza en el sentido de que César Calvo arriesgó la vida como cualquiera de los que fueron muertos. El mismo poeta, en la sinceridad de la poesía que no admite falsedades, cuando la voz es sincera y así se la siente, dice:
– Señor, yo sí soy digno
de los que por mí fueron y cayeron
sobre su pecho abierto, allá junto a la piedra.
Por eso al morir César Calvo, el 18 de agosto del año 2000, ha bajado hasta su morada eterna en hombros de los combatientes obreros, campesinos y estudiantes que forman una larga columna. Y luego, en aquel sitio adonde ha llegado su heroico catafalco ha sido cargado por los grandes de nuestra patria que lo han acogido emocionados como hermano de batalla.
Y allí va en hombros de Mariano Melgar, de Javier Heraud, de César Vallejo, de José María Arguedas. Cargan también su ataúd José Carlos Mariátegui, Túpac Amaru, el maestro José Antonio Encinas y José María Eguren.
Y, después de ser sepultado en el humus más fértil, que forman nuestras entrañas telúricas, dando un grito de libertad resurge por cada huaca, pacarina o apu, para elevarse luego como sale el sol de amanecida. Para ser con Manco Cápac, y todos nosotros juntos, el fundador de un tiempo nuevo.
 
 
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El texto anterior puede ser
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