viernes, 3 de abril de 2009

PEDRO PABLO ATUSPARIA - LA REVOLUCIÓN DE HUARAZ

Pedro Pablo Atusparia - Foto: Wikimedia


Autor: Carlos Mejía Gamboa
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Los levantamientos de indígenas en contra del sistema impuesto en los territorios de ultramar por la corona española y los intereses europeos, fueron numerosos. Las motivaciones son obvias; desde la llegada de los invasores se impusieron sistemas de opresión y control, así como de explotación y tributo, sin mencionar el rosario de mecanismos que conducían a la eliminación del orden ancestral constituido. El proceso de conquista está manchado, por ello mismo, con la sangre inocente de millones de aborígenes. Fueron perseguidos y eliminados no sólo sacerdotes, maestros, artistas, políticos, militares, sino gobernantes y responsables de la administración de esos pueblos que vivían organizadamente. Como elemento de persuación se hizo abuso de la astucia, como instrumento de gobierno la tiranía, como el de disciplina la humillación, como el de castigo la muerte, para convencer que lo advenedizo resultaría siendo lo mejor.

Así es como la historia en esta parte del mundo está llena de mártires y héroes que la historia oficial no ha rescatado por no desenmascararse. O por no ceder un resquicio que confirme la razón a quienes siempre la han proclamado sin mucho éxito. La verdad es que esos levantamientos no sólo fueron contra el proceso de conquista y coloniaje, sino que continuaron contra la República, la misma que arrastraba los problemas de la política virreynal, siempre subyugada al poder de la metrópoli europea. El hecho de que Bolívar decretara la eliminación de los cacicazgos, remanentes administrativos de casta aborígen, confirma la idea de que la cacareada independencia no significó nada nuevo para los pueblos nativos de Sudamérica; explica, más bien, el punto neurálgico tratado en Guayaquil por los mal llamados Libertadores. No hay que olvidar que San Martín, así como Miranda y Belgrano, consideraba la necesidad de erigir un Inca, útil para la perspectiva integradora de estos pueblos. La participación efectiva de gruesos de la población andina en esa lucha libertadora, demuestra el deseo de liberarse de la estructura virreynal; pero, desgraciadamente esas fuerzas fueron usadas para otro fin y lo que consiguieron, sin preveerlo, fue la consolidación de los grupos de poder en ese sector del continente. Es decir, de ese modo, sin quererlo reforzaron los esquemas de explotación y postergación, creando una situación que no se ha podido revertir a pesar de todos los esfuerzos destinados a eliminarla.

En Perú, la agitación social continuó con la sublevación de los negros contra la esclavitud, en la costa; mientras que, en la sierra, las comunidades indígenas continuaron rebelándose contra la servidumbre y la tributación exagerada -se exigía tributar dos soles de plata sin tener en cuenta los míseros cinco centavos que se ganaba por día; agravada por la devaluación equivalían a veinte-, así como contra la recomposición del feudalismo andino. Se mantenía, además, la obligación de prestar servicios personales gratuitos como las repúblicas, faenas, mitas y la conscripción vial, instrumentos que originaron grandioso malestar. La guerra del Pacífico había destartalado la economía del país y, como consecuencia inevitable, se recurrió a acentuar la explotación al indígena, al extremo de considerarlo bien semoviente del latifundio.

EMERGE ATUSPARIA
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Cuando en 1885, en Huaraz, era Prefecto Javier Noriega, la situación había empeorado. Éste resucitó las repúblicas, que no venían a ser sino trabajos gratuitos que emulaban a la mita de la época colonial; estableció el tributo en especies que era entregado a las autoridades los días sábado; materializó despojos de tierras a las comunidades... Entonces, los indios de Huaraz en asamblea decidieron reclamar, formal y respetuosamente, mediante la elaboración de un memorial que pedía se aboliece o se redujese el tributo y las repúblicas; para ese efecto, nom-braron como delegado a Pedro Pablo Atusparia, alcalde la comunidad de Marián, y lo respaldaron cincuenta alcaldes indios. Atusparia hizo entrega del documento y la reacción brutal no se hizo esperar. Noriega ordenó su detención y tortura. Ante eso los demás acudieron solicitando su liberación. Para entonces el prefecto se encontraba en Aija, disfrutando de sus buenas relaciones con lo más rancio de ese escondido pueblo, y fue José Collazos quien se encargó de enfrentarse a la protesta. Respondió con prepotencia y recurrió a la humillación: ordenó cortar las trenzas de los alcaldes. Esto constituía una afrenta al símbolo ancestral de nobleza y autoridad. La rebelión no se hizo esperar.

El 2 de marzo de 1885, ocho mil indígenas descendían de las alturas hacia la ciudad de Huaraz, armados de machetes, huaracas, rejones y algunos fusiles, logrando reducir a la gendarmería y haciendo que huyeran los tiranos, pero no sin antes haber demostrado sus fuerzas en la toma del legendario Castillo de Pumacayán, el día anterior. Después de dos días, Atusparia y los ocho mil comuneros controlaban la ciudad. El día ocho los vecinos de la ciudad llegan a solidarizarse con el movimiento revolucionario y se celebra la misa de gracias por el triunfo obtenido. Este acto, no sirvió sino para reducir el ímpetu de lucha. Una vez más, la iglesia jugaba un papel neutralizador.

EL CONCEJO REVOLUCIONARIO DE HUARAZ
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Mientras el coronel Vidaurre y el gobernador Collazos huían, el Prefecto pretendió regresar de Aija a Huaraz, pero en Recuay, ciudad intermedia, casi lo linchan. No le quedó otra cosa más que huir rumbo al Callao. Entre tanto, Atusparia, el 12 de marzo, instalaba el Concejo Municipal Revolucionario de Huaraz a cargo de Manuel Mosquera y Luis Felipe Montestruque. Este último se convertiría, después, en célebre redactor de la revista Sol de los Andes, medio que agitaba en favor de la reinstauración del Imperio de los Incas. Al mismo tiempo, el movimiento se expandió por los distritos y provincias vecinas con mucho éxito. El 16 de marzo, Pedro Cochachin, conocido como Uchcu Pedro, carhuacino y lugarteniente de Atusparia, invadía Carhuaz e instalaba su cuartel general en Mancos. En otro flanco, José Orobio intentaba ingresar a Yungay sin éxito inmediato. El dominio de ese sector del Callejón de Huaylas contó con las simpatías de otros grupos, incluso desde Ayacucho, Junín, Huánuco y Cajamarca, enviaron delegados a apoyar el movimiento insurreccional. De ese modo la actitud de Atusparia y sus huestes conmovían los cimientos de la República peruana.

En Lima, Miguel Iglesias, gobernante de facto, proclive a los intereses chileno-británicos, ordenó acabar con Atusparia y el 4 de mayo Huaraz era ocupada; pero, el 11, Uchcu Pedro y cincuenta mil indios intentan recuperarla. Sigue una secuela de represión, fusilamientos, torturas, violaciones, en la que los milicianos chinos y zambos tienen participación. El 13 de mayo, un destacamento del ejército desembarca en Casma, y avanzando por ese valle se enfrenta contra las fuerzas de Uchcu Pedro, en Chacchán, siendo repelidos con mucha efectividad. Entre el 12 y 25 de mayo, Atusparia apacigua a sus huestes, pero Uchcu Pedro continúa hasta ser fusilado el 29 de setiembre.

En junio de 1886, Atusparia viaja a entrevistarse con Andrés Avelino Cáceres, flamante Presidente de Perú, quien le ofrece un cargo público, satisfecho de conocer al luchador indígena. Éste no acepta. Entonces, Cáceres, lo perdona y ofrece garantías a su descendencia, tan así que se hace cargo de la educación de Manuel Ceferino Atusparia Itauri, hijo del líder ancashino. Cuando Atusparia llegó a Huaraz, de regreso, siente que le han perdido confianza. Desde entonces "le acompañó un profundo abatimiento"; quién sabe hubo comprendido que su lucha no rindió los frutos que había deseado. Su pueblo continuaba en la misma situación. Aislado vivió en Marián, hasta que el 25 de agosto de 1887 murió envenenado. Sus restos reposan en el Cementerio de Belén de Huaraz, a la espera de un homenaje a la altura de sus acciones..


Huaraz - Foto: Ancash.com


Fuente:
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Blog PERUANO CORAZÓN de EMAR.
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