domingo, 17 de junio de 2012

TERCER DOMINGO DE JUNIO DÍA DEL PADRE - PLAN LECTOR: SEÑOR DEL FOGÓN - POR DANILO SÁNCHEZ LIHÓN


CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA
Construcción y forja de la utopía andina

2012, AÑO
DE LA DEFENSA DEL AGUA PARA LA VIDA Y
CONSTRUCCIÓN DE LOS ANDENES NUEVOS

JUNIO, MES DE LOS NIÑOS,
DEL MEDIO AMBIENTE, DE ARICA
Y DE LA IDENTIDAD ANDINA

PRÓXIMAS ACTIVIDADES
DE CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA
POR LOS 120 AÑOS DEL NACIMIENTO DEL POETA
Y 90 AÑOS DE LA EDICIÓN DEL POEMARIO TRILCE

MIÉRCOLES 20 DE JUNIO. 3 PM

PARTICIPACIÓN
EN EL FESTIVAL VALLEJO
COLEGIO PERUANO SUIZO
SANTA CLARA. ATE, VITARTE
LOCALIDAD: HIJOS DE APURÍMAC
COORDINACIÓN: MANUEL FLORES

TELÉFONO: 997I66035
 
DELEGACIÓN DE CAPULÍ:

- RAMÓN NORIEGA
- VICKY CHAMORRO
- ERIBERTO GALINDO
- FREDY SOTOMAYOR
- LUCERO DÍAZ, TRES VECES CAMPEONA
EN DECLAMACIÓN VALLEJIANA

Teléfonos Capulí:
420-3343, 420-3860
y 997-739-575
 
CALENDARIO
DE EFEMÉRIDES

TERCER DOMINGO
DE JUNIO

DÍA
DEL
PADRE
 

PLAN LECTOR,
PLIEGOS
DE LECTURA

SEÑOR
DEL
FOGÓN
 

 
Danilo Sánchez Lihón

1. Espumaba
la leche
 
Todos tenemos una imagen que evocar respecto a nuestros padres. La mía y como imagen de entrecasa en relación a mi padre es el cuidado que él tenía respecto a la vida y milagros del fogón, al acto de encender y avivar el fuego.

De allí que cuando mi madre le pedía ayuda porque algo se demoraba en hervir, era como solicitar la intervención de quien era omnipotente en esos menesteres.

Entonces empezaba mirando la hornilla, removiendo aquí y allá los carbones, introducía uno o más pedazos de leña precisos.

Y entonces las llamas titubeantes primero detenían su extinción. Al ratito ya lamían las panzas de las ollas y empezaban luego a crecer chisporroteando en lo alto.

Eran unas lenguas amarillas, ágiles, robustas y vivas que se alzaban tanto que lengüeteaban encima del borde de las ollas de barro, por donde espumaba la leche o bien las habas, el mote o los choclos.

Era como si quisieran congraciarse con su amo, dueño y señor, rindiéndole pleitesía.

2. Un castillo
vistoso

Pero la afición de mi padre empezaba antes, desde mucho más atrás. Y era la inclinación y encanto que tenía por la leña.

Un entusiasmo y una emoción muy especial lo embargaban por ella.

Participaba muy de lleno en todas las actividades vinculadas con la presencia de ese recurso en la vida cotidiana del hogar.

Él era quien esperaba la leña, mirando desde la ventana donde trabajaba, cosiendo alguna prenda nuestra.

Y cuando había que adquirir una carga, él mismo salía a apreciarla, la escogía, la compraba, y comentaba luego de todo ello con nosotros en la mesa.

Le encontraba mil característica y sabiendo desde hacía cuántos días se secaba al sol.

Gustaba cargarla y arreglarla en su sitio, armando un castillo vistoso que parecía un ramillete de flores en el corredor.

3. El filo
del hacha

Y, bueno, la tarea que él escogía hacer siempre era rajarla en trozos delgados para hacer arder el fogón.

Para eso, cogía un hacha y se dedicaba a partirla en pedazos pequeños a fin de mantener viva la candela.

Cruzaba un leño a modo de cabecera, acomodaba el trozo por rajar, miraba a su alrededor, como apartando con la vista lo que pudiera correr peligro de ser golpeado y daba el primer hachazo al pedazo de madera.

Ella se partía dejando una abertura como si quisiera ofrecer la esencia de su cuerpo o de su entraña recién desflorada.

Pero otras veces, al dar un mal golpe, hacía que la raja salte en el aire peligrosamente.

En ese caso miraba el filo del hacha, pasaba los dedos por ella como si le dijese algo y volvía a dejarla caer con más precisión.

4. Como si acunara
a un niño

Rajar leña era una tarea que él hacía en el callejón, que permanecía casi siempre desierto.

Su piso era de tierra y no había peligro de que un impacto mal dado acabara en una piedra, malogrando el filo del hacha.

Además, ese lugar permitía concentrarse en los golpes que se daban y, como era apartado, era difícil que por allí se acercara alguien.

Al terminar, colocaba el hacha en su sitio, ordenaba en un rincón la leña trozada y recogía hasta las más pequeñitas astillas que se habían esparcido.

Y la alzaba en los brazos, como si acunara a un niño tierno, sudoroso por la faena, el cuerpo erguido, la mirada luminosa.

Y cruzaba el patio con el hato contra su pecho.

5. Una lumbre
de oro

Lo colocaba cerca al fogón como un conjunto de naipes dispuestos para jugar la gran partida de quemarse vivas.

Y era su placer y su encanto al otro día encender el fuego.

Para ello hacía una pequeña techumbre horizontal dentro de la hornilla, separando carbones y ceniza.

Tenía a la mano un tarro de kerosén en donde untaba unas pelotillas de retazos de tela amarrados con un pabilo.

Lo sumergía y luego levantaba para que cayeran las últimas gotas y lo colocaba debajo de ese techo de astillas menudas.

Tiraba un fósforo encendido y en el ambiente nublado de la madrugada en la cocina surgía una lumbre de oro y de diamantes que era el fuego.

6. Las ollas
maternales

¿Qué cosa más pura y hermosa puede haber –digo yo– en el mundo que contemplar el fondo, los bordes y el infinito interior del fuego que hemos sido y desde donde hemos nacido?

Pero eso no ocurría todos los días, porque él también se ocupaba, avanzada la noche, en apagar las últimas brasas.
Y cuidaba que los miles de rubíes prendidos a los carbones, o sueltos ya de ellos, se durmieran apacibles entre el abrigo protector de las cenizas.

Para revivirlos en la mañana siguiente, con más ímpetu en la claridad del nuevo día, a fin de que restañaran luego en el vientre oblongo de las ollas maternales.

Ahora bien, toda esta actividad no la dedicaba exclusivamente a su hogar sino también a su escuela, donde era el más entusiasta en preparar el desayuno del Refectorio Escolar.

7. Su reino
inconmensurable.

Para cumplir con ello había que ir muy temprano al local del centro educativo a encender el fogón, atizarlo y hacer que se inflamen las llamas como el día en que se creaban las estrellas y los mares.

Para ello, siempre participaba un grupo de tres o cuatro alumnos entusiastas que llegaban hasta la casa cargando costalillos llenos de panes recién salidos del horno de doña Raquel Aguilar y que, ya en la escuela, gozaban arrancándole a la leña no sé si notas de júbilo o feroces refunfuños que ellos celebraban.

La mayoría de niños llegaba a la hora en que el sol ya doraba las malvas del patio, cuando ya espumaba, hirviendo, la leche en polvo, que antes se deshacía en baldes.
Y ahora se hinchaba en las inmensas ollas que, al igual que en su casa, constituía el ámbito donde don Pascual Danilo, mi padre, establecía su señorío, su reino y hasta su imperio inconmensurable.

Texto que puede ser reproducido
citando autor y fuente

Teléfonos: 420-3343 y 420-3860

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